Columna Abierta

Comunicación crítica para tiempos críticos

Archivos (página 13 de 22)

¿El mejor oficio del mundo?

Por Gustavo Montenegro

Con el periodismo tuve la misma relación que con la poesía: a los dos oficios los he considerado un asunto de nivel superior a la hora de ejercer la comunicación y la escritura. En los comienzos de mi formación profesional aprendí a mirar el periodismo con respeto, desde una cierta distancia, creo que incluso con algo de temor, con un cierto tufo de miedo que con el tiempo me hizo desistir de tomar esa vía a la hora de decidir por el énfasis profesional.

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Entre la irreverencia y el abuso

Por Cristina Martínez

La foto que acompaña esta nota fue tomada hace unos meses en un evento denominado «sunday service», especie de misa evangélica organizada periódicamente por el megalómano Kanye West. En ella, el músico afroamericano aparece junto a los también artistas Justin Bieber y Marilyn Manson. ¿De qué se tratan esas misas en las que todo el mundo se viste íntegramente de blanco? Ni idea, pero las imágenes son, como mínimo, inquietantes. La respuesta más obvia sería que se trata de uno más de los acostumbrados delirios místicos de un hombre que pretendió ser presidente de los Estados Unidos y se percibe a sí mismo como una especie de dios. Un pendejazo de aquí a la Luna, vamos, aunque por desgracia no el único: cada vez son más los billonarios con proyectos faraónicos y estúpidos en la cabeza.

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El brillo de la pólvora

Por Gustavo Montenegro

La calle olía a incendio. Los rincones de las viviendas quedaron con un sabor amargo, metálico, estruendoso. Aún en la mañana del primero de enero de 2022, la atmósfera de la ciudad parecía envuelta en una nube densa, gris, como si la fumarola volcánica hubiera descendido hasta el valle. En las voces de los saludos del primer día de 2022 se alcanzó a percibir un tono ronco, una molestia gutural. Las aves que suelen cantar antes del amanecer estuvieron calladas, su silencio se rompió ya entrada la mañana.

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Monedas sin valor

Por David Paredes

Trabajan en bloque para descontextualizar y deshistorizar las palabras. Ellos, los que se refieren a sus contendientes políticos como “populistas” y a sí mismos como “perseguidos políticos” cuando avanza una investigación en su contra; los que en su momento quisieron imponer la categoría “homicidios colectivos” en lugar de “masacres” y justificaron estas últimas diciendo que eran inherentes a la “autoridad con criterio social”. Ellos, los que desde hace un tiempo empezaron a hablar de “corrupción”, “justicia” y “paz”. Ellos dicen haber “desmontado el paramilitarismo” hace más de quince años (en un proceso tan espurio que, por las investigaciones y las consiguientes acciones judiciales, el Alto Comisionado de Paz de la época aún sigue en condición de prófugo, buscado por la Interpol).

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Soy un triste payaso

Por Gustavo Montenegro Cardona

El comediante, título de película en el entorno de Netflix, de entrada abre la expectativa de poder enfrentarse a una cinta para pasar el rato, para la distracción nocturna y sumar algunas horas de diversión antes de cerrar el día. Rueda el archivo y a medida que el tiempo pasa la narración adquiere cuerpo y sentido. El título se constituye en un anzuelo con buena carnada y cumple con la función de atrapar al espectador que busca, sin saber con qué se puede encontrar.

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Cuadernos de viaje de La Habana

Por Paula Andrea Marín Colorado

Cuba te confronta con todo lo que has pensado de ti mismo. Cuba te confronta con lo que tú creías que era Cuba. Con lo que creías era Libertad y Pobreza. Pero también te confronta con el tiempo detenido y con la idea de tranquilidad. Cuba no se parece a ningún otro país, porque Cuba, para quien no haya vivido ahí en el último medio siglo, es indescifrable.

Daniel Ferreira, Samizdat de La Habana.

Le debo a una buena amiga que vive en México la posibilidad de tener este libro de Daniel Ferreira (San Vicente de Chucurí, Colombia, 1982), editado en 2020 por la Universidad Veracruzana (la misma de la primera edición de Los funerales de la Mamá Grande y de las primeras obras de Elena Garro, entre muchas otras proezas editoriales). Ferreira, quien publicó la cuarta novela de su Pentalogía (Infame) de Colombia en 2018 (la portentosa El año del sol negro, Alfaguara), recoge en Samizdat de La Habana (la palabra es un término soviético referido a un cuaderno que circula de forma clandestina, por su contenido crítico frente al gobierno) dos cuadernos de viaje: uno de 2012, cuando va a la Feria Internacional del Libro de La Habana como ganador de un premio de novela; y otro de 2015, cuando asiste al mismo evento en calidad de jurado del mismo premio del que fue ganador antes. El libro recoge, además, su “diario” de lectura de libros sobre escritores cubanos o que vivieron en la isla (el legendario Hemingway). Así, el libro de Ferreira procura responder a dos preguntas: ¿Cómo entender la compleja realidad cubana? Y ¿qué se necesita para ser escritor? Estas dos preguntas articulan la lectura y convierten una experiencia personal en una social.

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Carnavales y fiestas tradicionales: Entre la alegría y el miedo

Por Wladimir Uscátegui

Entre tantas otras cosas, la pandemia Covid proscribió la celebración, en 2021, de las consabidas fiestas de fin e inicio de año en todo el mundo, lo cual suponía un duro golpe a la ya diezmada salud emocional de la gente. Aunque muchas personas terminaron encontrando la manera de engañar al virus y poder celebrar así Navidad, Año Nuevo y demás tradiciones familiares, no pudieron hacer lo mismo con respecto a las también tradicionales fiestas, festivales y carnavales populares. A inicios de 2022, sin embargo, estas celebraciones masivas volvieron a organizarse, a pesar de la amenaza latente (patente en algunas regiones) de la variante ómicron.

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2021: Antesala del cambio

Este 2021, que está a pocas horas de acabarse, quedará en la memoria como el año de la indignación. Como no se había visto nunca en nuestra historia reciente, el pueblo colombiano se volcó a las calles de manera masiva y contundente para manifestar su rechazo a un gobierno lesivo e indolente, incapaz de conectar con el sentimiento y necesidades de una población angustiada por el hambre, el desempleo, la violencia y muchos otros males que no hicieron más que agudizarse en tiempos de pandemia. La respuesta del gobierno a la movilización ciudadana estuvo signada por la violación sistemática e institucional de los derechos humanos, de lo que han dejado constancia sendas investigaciones llevadas a cabo por organismos no gubernamentales, pero también organismos multilaterales como la ONU.

Las protestas y manifestaciones ciudadanas, por un lado, y la respuesta antidemocrática y desmedida del gobierno por otro, dejaron claro dos cosas:

1. Que el pueblo colombiano ha recuperado su rol como agente de cambio, logrando algunas victorias institucionales importantes y dejando sentadas las bases para un cambio político en 2022;

2. Que en Colombia se instauró una dictadura de facto evidenciada en la captura política de los entes de control, la violación sistemática de los DDHH y el retorno a un régimen de terror que ha conbrado la vida de cientos de líderes, lideresas sociales y ambientales y otros tantos ciudadanos y ciudadanas comunes.

El sentimiento de hartazgo es generalizado, tal como lo demuestran los sondeos de popularidad y aceptación del gobierno y la desconfianza en las instituciones, lo cual permite augurar un cambio más que necesario y soñado en 2022. Sabido es que la política continental se mueve en ciclos y, después de una década de hegemonía de la derecha en Latinoamérica, la región parece empezar a dar un “giro” hacia el progresismo que podría favorecer ese mismo viraje en Colombia, único país de la región en donde el progresismo no ha tenido la oportunidad de gobernar.

2022 será un año definitivo para nuestra democracia, será un año de cambio, un año en el que las luchas y sacrificios de tantos y tantas compatriotas que aguantan día a día sean finalmente recompensadas con la llegada al poder de nuevos actores políticos y sociales, justamente aquellos y aquellas forjados al interior de los movimientos sociales que fueron protagonistas en este 2021: los y las jóvenes que aportaron su conocimiento y su esperanza; las mujeres que nos vienen enseñando nuevos modos de ser y de actuar; los campesinos y campesinas que nos mostraron que la solidaridad es un buen antídoto contra la injusticia; los hombres y mujeres negras que exigen que reconozcamos su enorme aporte a nuestra cultura; lxs artistas y los ciudadanos y ciudadanas comunes y corrientes que este año dieron lecciones de dignidad, de resistencia y sembraron la semilla que brotará del duro asfalto de las calles para convertirse en esa primavera tantas veces anhelada y que hoy, por fin, parece al alcance de nuestros sueños.

Feliz 2022.


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Julia Ducournau: El cuerpo como metáfora

Foto: The Guardian

Por Wladimir Uscátegui

Concedamos por un momento que todo arte -toda ficción al menos- es alegórico. Las obras que contienen elementos fantásticos suelen ser muchas veces expresión soterrada de algo más o sirven de vehículo para (d)enunciar aspectos sociales, políticos o morales. Sin embargo, cabe también la posibilidad de que algunas obras no tengan más intención que la de sumergirnos en un mundo de horror que apela, siquiera de un modo involuntario, al sustrato más pantanoso de nuestra conciencia (lo cual, por otra parte, también tiene algo de alegórico), justo ahí donde habitan nuestros miedos, fobias y vicios más inconfesables.

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La Gran Resaca

Por Wladimir Uscátegui
@Edit_Galactica

Vivo en depresión desde hace algún tiempo. Unos 40 años, más o menos. Pero al parecer no soy el único: varios amigos, amigas, me confiesan que últimamente también se sienten deprimidas o, al menos, con una sensación de resaca; guayabo, como decimos en este país lleno de folclor y muerte. El Paro Nacional que empezó el 28 de abril de este año y se prolongó por varios meses (algunos optimistas aún hoy convocan marchas uno que otro miércoles) se vivió con una intensidad inédita. Fue un momento de efervescencia social cargado de emociones fuertes, muy fuertes: la alegría desbordada de las marchas; la brutal confrontación después; el dolor por los muertos y desaparecidos, al final. Y así, cada día, durante meses. Para quienes participamos de las marchas y movilizaciones sin que el oprobio de la muerte a manos del Estado nos tocara, la revolución era, tal como lo había anticipado Bateman, una verdadera fiesta.

Pero en algún momento la fiesta se acabó. Y vino entonces la resaca.

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