Por Gustavo Montenegro

“Estoy seguro que a cualquiera le gusta un buen crimen, siempre que no sea la víctima.”
Alfred Hitchcock

Como toda obra audiovisual, el documental El estafador de Tinder, producción marca Netflix que rápidamente se ha convertido en una de las realizaciones más vistas de este mes con más de 65 millones de horas de reproducción, no escapa a las múltiples y diversas lecturas que desde perspectivas, horizontes e intereses puedan hacer los espectadores. El tema ha generado memes de gran factura, discusiones sobre los embaucadores románticos, análisis psicológicos sobre el comportamiento de las víctimas y su relación con este tipo de timadores; hasta se puso en circulación un artículo de un medio nacional sobre la aparición del “Estafador de Tinder colombiano”. Nuestro interés en esta nota es resaltar un aspecto que nos parece fundamental en la construcción del relato: la labor del equipo periodístico que ayuda a develar la identidad de Simon Leviev y su método de estafa.

A los 57 minutos del documental, una de las víctimas de Leviev, Cecilie Fjellhøy, decide acudir al que ella misma llama el periódico más importante de Noruega, el VG Verdens Gang («El curso del mundo»). En 2016, las cifras de circulación de este medio se situaron en 93.883, habiendo disminuido desde una circulación máxima de 390.510 en 2002. No obstante, VG es el periódico en línea más leído en Noruega, con alrededor de 2 millones de lectores diarios. VG fue establecido por miembros del movimiento de resistencia poco después de que el país fuera liberado de la ocupación alemana en 1945. El primer número del periódico se publicó el 23 de junio de 1945. Tiene su sede en Oslo y aún se publica en formato tabloide. El propietario es el conglomerado de medios Schibsted, que también posee el periódico más grande de Noruega, el Aftenposten, así como varios periódicos en Suecia y Estonia. También participa en algunos de los periódicos regionales más importantes de Noruega.

Llama la atención que la víctima acuda a un medio masivo de comunicación, un gesto que habla de la confianza de la ciudadana en la condición de servicio público o servicio social para el que ha sido creado el periódico, de la necesidad de amplificar su situación y de la necesidad de contar con alguien que esté dispuesto a escuchar su caso.

Además de la intención (supuesta) de generar un escándalo que ponga en alerta a otras mujeres y a la comunidad en general sobre el estafador, sus formas de actuar y el daño que produce, los periodistas reconocen el derecho de la víctima, no la estigmatizan, no la señalan, no la juzgan, no anticipan una condena social o moral sobre su situación, sino que, al contrario, establecen un plan de acción que, soportado en recursos económicos, técnicos, operativos, logísticos y periodísticos, permitan dar con el paradero del responsable, del victimario.

El equipo periodístico indaga, investiga, recoge los hechos uno a uno, elabora una minuta del paso a paso, estudia los más de 400 folios provistos por la víctima con cada una de las evidencias que permiten dar cuenta del tamaño de la estafa y se ubica sobre el carril de la búsqueda de la verdad de los acontecimientos. Además de darle el crédito a la víctima y sus circunstancias, se evidencia el trabajo riguroso de ese periodismo que cruza fuentes y que considera necesario contar, también, con la voz y perspectiva del responsable y demás victimarios.

En el documental, el caso avanza paralelo al trabajo de campo realizado por el equipo periodístico, un grupo de profesionales que se pone en riesgo, que “se unta los zapatos de barro”, que viaja, que conecta las historias, que establece vínculos para conocer a otras víctimas y con la sumatoria de datos, hechos e información; sabe que se enfrenta a una carrera contra el tiempo para evitar que otras mujeres caigan en la perfecta trampa elaborada por el estafador.

La narrativa elegida por la directora Felicity Morrys corresponde a la tensión y ritmo de un thiller policiaco. En el intertexto, las labores que pudieran corresponderle a un equipo de investigación de la Interpol se asignan a los periodistas liderados por el reportero Erlend Ofte Arntsen. Y, aunque en el documental su voz es tenida en cuenta, la historia procura mantener en el primer plano al hecho noticioso y sus actores.

Cuando el reportaje sobre el «estafador de Tinder” sale al aire, se logra gran parte del objetivo: poner en evidencia al embaucador, mostrar su identidad, revelar su “secreto” y entregarle herramientas a las víctimas para que tengan recursos legales que puedan servir para sus demandas. A pesar de la delgada línea que divide la labor periodística y la investigación policial, en este caso la tarea de los comunicadores es servir de puente entre la situación de las víctimas y las determinaciones judiciales. Hasta ahí la labor periodística se cumple y se hace de manera ejemplar. Queda claro que hay una intención en la realizadora del documental, de darle valor significativo al papel cumplido por los investigadores de VG. Luego viene la desilusión. El aparato judicial termina favoreciendo al victimario y la sociedad sometiendo a las víctimas.

A pesar de la delgada línea que divide la labor periodística y la investigación policial, en este caso la tarea de los comunicadores es servir de puente entre la situación de las víctimas y las determinaciones judiciales. Hasta ahí la labor periodística se cumple y se hace de manera ejemplar

El analista de medios Álvaro Cueva atribuye el encanto del documental a que “a nivel social hay una suerte de perversión colectiva que nos invita a gozar viendo como otros caen. Que nos invita a disfrutar la estupidez de otras personas». Ahí es donde se vuelve a fallar en la lectura del relato. Se juzga a la estafada y se aplaude al estafador. Es el mismo argumento de quienes consideran que las mujeres violadas provocaron su violación, que el acoso es una provocación y no una responsabilidad del acosador; la idea de que el “vivo vive del bobo” pone en primer renglón de la supervivencia a quien sabe sacar provecho de los demás y si alguien cae en la trampa, es porque no cuenta con la suficiente astucia, inteligencia o información para evitar su desgracia.

Ahora el estafador vive de su nombre, de su imagen y de su “heroico” quite a la justicia. Gana la impunidad. Entre tanto, las víctimas siguen pagando sus millonarias deudas, buscando solidaridad y apoyo entre aquellos que puedan entender que ante los estafadores cualquiera puede ser el próximo protagonista. Para el periodismo, queda la tarea de continuar con la labor para la cual fue diseñada su misión: buscar la verdad con todos sus matices, formas y riesgos.

Foto: Yogas Design @ Unsplash


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