Por Edwin García Maldonado

La noticia de que Gustavo Petro asumirá la presidencia del Pacto Histórico constituye una oportunidad para recuperar la iniciativa política después de la reciente derrota electoral. A pesar de las críticas que puedan formularse a su gobierno, resulta difícil desconocer que Petro continúa siendo el dirigente político más importante del progresismo colombiano. Ningún otro líder reúne hoy la capacidad de interpretar las coyunturas nacionales, conectar con amplios sectores populares y conducir el debate público con la misma audacia.

Esa condición no surgió de manera espontánea. Petro logró canalizar el descontento social acumulado durante décadas y convertirlo en una propuesta política que encontró especial eco entre los jóvenes movilizados durante los años 2020 y 2021. Del mismo modo, comprendió las oportunidades que abrió el Acuerdo de Paz de 2016 para ampliar el horizonte democrático del país. Su principal virtud ha sido leer con precisión el momento político y transformar cada coyuntura en una oportunidad para fortalecer el proyecto transformador.

Su capacidad de comunicación también explica buena parte de ese liderazgo. Petro consigue traducir debates complejos en un lenguaje cercano y comprensible para amplios sectores de la ciudadanía. En su reciente intervención pública del 20 de julio volvió a demostrar esa habilidad al explicar con claridad una propuesta que nadie había logrado desarrollar públicamente. En esta ocasión aclaró, desde una perspectiva política y constitucional, el sentido de la desobediencia civil pacífica y de la huelga general como mecanismos legítimos de participación y defensa democrática, logrando reactivar el entusiasmo en sus bases sociales.

Esta capacidad confirma una lección que el progresismo no debería olvidar: la comunicación política no depende exclusivamente del marketing, las plataformas digitales o la imagen del dirigente. Lo decisivo sigue siendo la capacidad de conectar con la ciudadanía mediante un lenguaje comprensible y políticamente significativo.

Pero quizá una de sus mayores fortalezas ha sido otra: la disposición para construir alianzas sin renunciar a sus convicciones fundamentales. Sobre este particular la experiencia reciente ofrece una lección que merece ser analizada con serenidad: la campaña presidencial de Iván Cepeda puso de manifiesto las dificultades que enfrenta un proyecto político cuando la construcción de mayorías no logra trascender su núcleo de apoyo más cercano. En cambio, Petro ha entendido que la política democrática exige articular intereses diversos, ampliar mayorías y establecer acuerdos con sectores que no necesariamente comparten una misma visión ideológica. Esa flexibilidad táctica no implica abandonar principios, sino encontrar caminos para hacerlos políticamente viables.

Precisamente por la dimensión de ese liderazgo, el principal reto que enfrenta el Pacto no consiste en encontrar un conductor, sino en construir una organización política que pueda sostener un proyecto histórico más allá de las cualidades de una sola persona.

Algunos errores cometidos durante el gobierno de Petro se explican por su gestión excesivamente personalista y por la ausencia de una organización capaz de tomar decisiones colectivas. Esa misma dinámica se presenta en el interior del Pacto Histórico donde conviven proyectos genuinamente colectivos con prácticas políticas marcadas por el personalismo.

Con frecuencia, las aspiraciones individuales terminan imponiéndose sobre la lógica partidaria. No resulta extraño que quien facilita cargos u oportunidades laborales termine rodeándose de un círculo de apoyos incondicionales. Esa relación de dependencia (a veces sumisión) poco aporta a la consolidación de una organización democrática.

La construcción de liderazgos sustentados en cuotas burocráticas, redes clientelares o lealtades personales ha dificultado la consolidación de una cultura política donde prevalezcan el debate de ideas, la deliberación democrática y el interés general del proyecto. Un partido político que se precia de transformador no puede reproducir, en su funcionamiento interno, las mismas prácticas que históricamente ha cuestionado.

A esa dificultad organizativa se suma otra, menos visible pero igualmente decisiva: la composición social de buena parte de la dirigencia progresista continúa siendo insuficientemente representativa de los sectores populares que constituyen la mayoría del país. Durante los últimos meses he sostenido que una parte importante de las limitaciones electorales del progresismo tiene relación con esa distancia. No basta con defender políticamente los intereses de las clases populares; también es necesario que estas encuentren una representación más amplia dentro de las instancias de dirección, deliberación y toma de decisiones del propio proyecto político. Un progresismo que aspire a convertirse en mayoría nacional debe parecerse cada vez más a la sociedad que pretende representar.

Por ello, la eventual presidencia de Petro en el Pacto Histórico debería convertirse en la oportunidad para fortalecer la democracia interna, abrir mayores espacios de participación y consolidar mecanismos de decisión colectiva. Las transformaciones profundas nunca han dependido únicamente de grandes personalidades. Los líderes pueden abrir caminos, interpretar las demandas sociales y acelerar los procesos históricos, pero son las organizaciones las que garantizan su continuidad.

En este sentido, la presidencia de Petro en el Pacto Histórico no debe medirse únicamente por su capacidad para enfrentar la coyuntura inmediata, sino por la huella que deje en la construcción de un progresismo más democrático y colectivo.

En últimas, el verdadero reto del progresismo colombiano consiste en transformar un liderazgo ampliamente reconocido en una organización política capaz de aprender de sus errores, debatir con madurez y representar con mayor profundidad la diversidad social del país. Las bases del Pacto Histórico deben exigir e impulsar esa transición para que este partido deje de ser una suma de individualidades y se consolide como una colectividad política con capacidad para convertir sus aspiraciones en instituciones, organización y cultura democrática.

Foto: cuenta oficial de Flickr de la Presidencia de Colombia


Síguenos en nuestras redes:

Facebook: columnaabiertaweb
Instagram: columnaabierta/
TikTok: @columna_abierta