
Por Camilo Parra
He visto todos los videos hechos con IA de los nombramientos ministeriales del gobierno entrante en Colombia y algo en ellos me produjo una náusea profunda, una incomodidad que no lograba ubicar del todo (y no es precisamente el prontuario corrupto y delincuencial de los nombramientos). No era solo la perfección artificial de las imágenes, sino algo más sutil: la sensación de estar mirando un lugar que pretende ser familiar, pero que resulta extraño, vacío, como si fuera una maqueta sin alma. Entonces recordé la reciente película Backrooms (2026), ese fenómeno de terror dirigido por Kane Parsons que explora espacios liminales generados con una estética que se ubica entre lo hiperrealista y lo grotescamente imperfecto.
En Backrooms encontramos pasillos interminables, oficinas anodinas y habitaciones claustrofóbicas pobladas por objetos y figuras que parecen humanas, pero no lo son: muebles que se funden con las paredes, cuadros cuyas figuras se desdibujan, personas con dedos de más o de menos, rostros que se desvanecen antes de ser reconocibles. Como dice un personaje en algún pasaje de la cinta: «Es como pedirle a alguien que nunca ha visto un perro que dibuje uno. Podrás explicarlo con detalle, y tal vez acierte en algunos aspectos, pero nunca será como la experiencia de ver un perro». Todo está a medio hacer, todo está atorado, como si el mundo hubiera sido construido por alguien que conocía la superficie de las cosas, pero no su esencia.
Esa imperfección no es un error técnico; es la esencia misma de la obra. La película no muestra un mundo alterno, sino un mundo que no pudo ser terminado y que se sigue reproduciendo así, y precisamente por eso produce náusea, ansiedad y miedo. No es el miedo a lo monstruoso, sino a lo incompleto, a lo que debería ser familiar pero resulta extraño, a lo que promete cobijo pero se convierte en trampa.
Esa misma sensación me generaron los videos de los ministros: repulsión de una IA atroz que ya colonizaron en campaña. En ellos, la Casa de Nariño y los paisajes colombianos aparecen representados con una pulcritud artificial, con una luz demasiado perfecta y una composición impecable. Pero al mirarlos con atención, algo no encaja: las sombras no caen donde deberían, los fondos parecen pegados, los rostros tienen una tersura que no es humana. Como en los pasillos de Backrooms, esos escenarios son inhabitables e invivibles. Son espacios que imitan la realidad pero no la logran, que pretenden ser Colombia pero no la conocen. En ese desajuste, en esa imperfección disfrazada de perfección, habita lo macabro.
Porque lo macabro de esta estética no está en lo grotesco, sino en la distancia que revela. Una imagen generada por IA no es una ventana al mundo; es un vidrio polarizado a través del cual se ve el país, pero sin tocarlo, sin olerlo, sin sentirlo. Detrás de esa representación no hay un ojo que haya recorrido los territorios, ni una mano que haya habitado los espacios. Solo hay un prompt, un algoritmo que ha aprendido a combinar píxeles, pero no a comprender el peso de una montaña, la textura de una pared vieja o la luz de un atardecer en la sabana. Esa distancia no es neutral: es una declaración de cómo se concibe el poder, como un escenario que puede ser simulado, no habitado.
Desde una aproximación a la teoría del arte, Byung-Chul Han ha señalado que las imágenes generadas por inteligencia artificial no son representaciones sino sustitutos; no nos remiten a un original, sino a una base de datos. Cuando esa lógica se aplica a la comunicación política, lo que se produce no es un mensaje, sino una simulación de mensaje. Una puesta en escena que, por su propia imperfección —dedos que faltan, fondos que no cuadran, luces que no obedecen a ninguna fuente real—, revela su naturaleza espectral. Como en la película, esa imperfección no es un defecto técnico, sino una advertencia: estamos ante un poder que ya no necesita habitar el mundo, sino solo simularlo. Lo macabro consiste en reemplazar la realidad por la simulación pero, a la vez, en comprender que eso es, precisamente, lo que quiere más de la mitad de Colombia.
Por eso, mi repulsión es estética y epistemológica. Me repugna no lo que esos videos muestran, sino lo que ocultan: la ausencia de un cuerpo, de una mirada, de una historia detrás de la imagen. Me repugna que el país sea representado como un decorado, y que quienes lo gobiernan aparezcan como figuras insertadas en un escenario que no conocen. Esa estética demasiado perfecta pero inhabitable es, en el fondo, la confesión de una distancia: la de quienes ven el país desde un vidrio polarizado —o antibalas—, sin pisar el barro, sin rozar la pared, sin habitar el espacio. En esa distancia, lo terrorífico no es lo que se ve, sino lo que no se ve: el territorio real, con sus grietas, sus olores, sus luces verdaderas, sus gentes de carne y hueso.
Photo by Dynamic Wang on Unsplash
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