En Colombia los problemas pretenden resolverse con la expedición de leyes, incluyendo las más estúpidas e inservibles. Esta conducta parte de una concepción idealista (ateniéndonos al significado amplio de esta corriente filosófica) que antepone la idea, en este caso la ley, a las realidades concretas; es decir, se pretende encuadrar forzosamente las realidades sociales, políticas y económicas en una “idea-ley”, con lo cual se cree resolver los diversos asuntos: ¡si la realidad no encuadra en la ley, peor para la realidad!
Cuando un portavoz del gobierno nacional habla en nombre de “los colombianos” ¿incluye en esa categoría a sus detractores, a excombatientes, a presos políticos, a miembros de grupos guerrilleros y, en general, a disidentes de toda laya? No lo hace. El Ministro de Defensa o la Vicepresidenta dicen “los colombianos”, pero hablan en nombre de sus copartidarios y sus electores, que por ser muchos no llegan a ser equivalentes a la categoría “nación”. Tampoco llegan a serlo las miles de personas que siguen un partido de la selección colombiana de fútbol, pero el narrador del partido dice “toda Colombia unida para alentar a este onceno de gladiadores”. En estas exageraciones hay una confusión ontológica no sólo entre un sector y la totalidad de la población sino entre la realidad y la ficción.
Mientras lee un libro, el personaje hace lo posible por disimular el sobresalto que le producen fragmentos como este: “…su brazo rodeó a Julia. Al instante, ella pidió que se lo quitara, cosa a la que él accedió de inmediato, sonriente”. El lector, un hombre adulto, toma de manera literal el contenido de la historia y cree que está ante la “clara referencia a una especie no humana, extraterrestre […] una raza de seres capaces de quitarse partes de su anatomía a voluntad”. En torno a la confusión de este lector se desenvuelve el argumento del cuento “Algunas peculiaridades de los ojos”, del escritor norteamericano Philip Dick.
Por lo general, quien ve una película o lee una novela de ficción no sopesa la veracidad de las circunstancias y los sucesos, pues sabe que se trata de una ilusión creada y se presta para creer deliberadamente en ella. John Searle explicó el asunto con precisión: “el autor finge que hace una afirmación verdadera. Nosotros aceptamos el pacto ficcional y fingimos que lo que nos cuenta ha sucedido de verdad”. El pacto ficcional, ese acuerdo tácito entre emisor y receptor, puede ser quebrantado en, al menos, dos situaciones: cuando el receptor se niega a suspender la incredulidad y cuando la suspende del todo. El segundo caso corresponde al mal que padece el personaje del cuento de Dick, un lector capaz de comprender el contenido de la historia pero incapaz de percibir que se trata de una obra de ficción.
En la actualidad, hablar de violencia o siquiera mencionar la palabra en su marco histórico genera en los receptores una prevención notoria, propiciada las más de las veces por un significado superfluo y confuso, asociado a comportamientos que se consideran agresivos y lesivos para la convivencia. Dice George Lakoff que cuando se oye una palabra se activa en el cerebro su respectivo «marco», que son estructuras mentales que conforman nuestro modo de ver el mundo; los conceptos incrustados en nuestra sinapsis -los cuales estructuran nuestro modo de pensar- difícilmente cambian por un nuevo hecho. Es decir, que si los hechos no encajan en determinado marco, este se mantiene, los hechos rebotan y preferimos ignorar lo que no encaja con nuestra visión del mundo.
En el contexto actual, la palabra «violencia» está asociada, entre otras cosas, a las acciones que llevan a cabo muchos sectores sociales a la hora de tomarse calles y plazas; a la vez un estigma y un descalificador. Es por esto que creemos necesario desglosar el concepto de violencia para redirigir su concepción a una forma válida de la protesta en un contexto determinado, dando forma a una reflexión de la acción violenta política espontánea y también la organizada.
Hablo en estos días con varios amigos y amigas: ninguna sabe exactamente qué día es hoy; todos y todas debemos primero mirar las pantallas de nuestros dispositivos para saber en qué momento del año estamos, pero de primeras nadie está seguro: tanto si es miércoles como si es domingo, si estamos a 25 o a 30 de abril, si es la Víspera de Año Nuevo o -lo más seguro- la víspera del Día del Juicio. Ausentes de nuestras rutinas y costumbres, nuestra manera de medir el tiempo se ha trastocado. Una amiga me envía un meme perfecto: un Bill Murray cansado y ojeroso certifica que hoy se ha vuelto a repetir el día de ayer, así como ayer se repitió el de anteayer, trasantier el de antier… ¡Bienvenidas a Punxsutawney!
«Para empezar a privar a la muerte de su mayor ventaja sobre nosotros, adoptemos una actitud del todo opuesta a la común; privemos a la muerte de su extrañeza, frecuentémosla, acostumbrémonos a ella […] No sabemos dónde nos espera: así pues, esperémosla en todas partes. Practicar la muerte es practicar la libertad. El hombre que ha aprendido a morir ha desaprendido a ser esclavo».
Montaigne (citado por rimpoche en el libro tibetano de la vida y la muerte)
El virus comenzó su recorrido en China, se instaló luego en Europa y Estados Unidos, y ha llegado, finalmente, a Suramérica, a Colombia, a Bogotá. Tarda un poco más en llegar hasta el sur del país, hasta Pasto. Hace días llegó a Cali y ahora dicen que viene ya por Popayán…
Construir un nuevo mundo es una premisa que se asume en el camino de las transformaciones sociales; sin embargo, buscar dentro del proceso de cambio la subversión de ámbitos personales, emocionales, sociales, políticos, culturales, es un reto y desafío que las mujeres enfrentamos en el ejercicio de reconocernos en el bello mundo de los feminismos.
Decía Marcela Lagarde en su libro Claves feministas para la negociación en el amor que la batalla feminista nace en medio de la disputa entre el contexto tradicional y moderno en el cual nos movilizamos las mujeres. Es decir, vivimos una constante lucha para vencer los conservadurismos propios, las cadenas de una sociedad patriarcal que nos ha educado y que se visibiliza en actitudes, expresiones, relaciones socioafectivas que permiten la reproducción de distintas formas de violencia.
En el contexto actual de construcción y búsqueda de la paz en Colombia se hace necesario una reflexión más profunda y esclarecedora acerca de lo que realmente está en juego. Con regularidad se tiende a asociar la paz con la firma de los Acuerdos de La Habana, la terminación del conflicto armado, las reformas políticas, sociales y económicas, al igual que las condiciones y garantías necesarias para su implementación. Pero eso no basta.
La política se ha visto limitada. O, por lo menos, aquella política desprovista de pasiones y emociones, aquella que niega y desconoce la dimensión afectiva de lo político. Pensar que la paz es un proceso netamente racional, un valor que responde a los cálculos de costos y beneficios o a la maximización de utilidades e intereses, nos impide comprender la compleja configuración de sentidos, sentimientos, afectos, metáforas o representaciones contenidas en el concepto de paz.
Por Olver B. Quijano Valencia Profesor Universidad del Cauca, Colombia oquijano@unicauca.edu.co
Hace ya dos décadas escribí una reseña crítica a un libro de autoayuda convertido no solo en best seller sino también en un panfleto trivial de gran posicionamiento en el mundo empresarial, educativo y político, el cual. Según raros testimonios de numerosos hombres y mujeres de negocios y de teólogos de la gerencia, dicho panfleto había servido para salvar carreras, matrimonios, empresas, empleos e incluso vidas, lo que dejaba entrever su intencionalidad como discurso tranquilizador y despolitizador, propio del paisaje de relajación, distracción y disipación de mentalidades neoconservadoras soportadas en terapias místicas, esoterismos y literaturas de autoayuda, desde las cuales se trivializa la lucidez y se legitima la tontería y el relax en tiempos del imperio neo y neuroliberal.
Publicado en inglés en 2011 y traducido al español en 2012, llega a mí este libro reimpreso en Colombia a inicios de este año. Su autora: Eva Illouz (Marruecos, 1961), formada en Literatura y Sociología en Francia y luego en Estados Unidos y Jerusalén, donde actualmente trabaja como profesora. De ella conocía Erotismo de autoayuda (2014), un libro que me hizo leer de otra manera el fenómeno lector femenino alrededor de Cincuenta sombras de Grey, y en donde muestra las más profundas contradicciones en las luchas feministas del momento actual.
Illouz abre su libro con una advertencia: se dirige a las mujeres heterosexuales que aspiran a tener pareja e hijos; sin embargo, el libro termina siendo extensivo a todos: heterosexuales y homosexuales que aspiran o no a tener hijos, pero que sí desean tener una pareja “estable” (o que quieren saber por qué no la desean). Leer más