"El revés de la trama"

Resignificar el tiempo

Por Wladimir Uscátegui

Hablo en estos días con varios amigos y amigas: ninguna sabe exactamente qué día es hoy; todos y todas debemos primero mirar las pantallas de nuestros dispositivos para saber en qué momento del año estamos, pero de primeras nadie está seguro: tanto si es miércoles como si es domingo, si estamos a 25 o a 30 de abril, si es la Víspera de Año Nuevo o -lo más seguro- la víspera del Día del Juicio. Ausentes de nuestras rutinas y costumbres, nuestra manera de medir el tiempo se ha trastocado. Una amiga me envía un meme perfecto: un Bill Murray cansado y ojeroso certifica que hoy se ha vuelto a repetir el día de ayer, así como ayer se repitió el de anteayer, trasantier el de antier… ¡Bienvenidas a Punxsutawney!

Por supuesto, decir que el tiempo se ha trastocado es lo mismo que decir que nuestra vida entera se ha salido de su quicio. Algunos amigos y amigas confiesan que sus horarios de sueño o comida se han modificado: almuerzan a las 4 o 5 de la tarde, deambulan de un lado a otro de sus casas, apartamentos o habitaciones en pijama y son comunes las conversaciones a las 3 de la mañana, cuando el vocabulario y las imágenes parecen evadir la autocensura. Mientras las bolsas de valores de todo el mundo caen a mínimos históricos, el ocio cotiza al alza: aumenta el número de youtubers, instagramers, tiktokers, pero también de escritores/as, artistas, analistas y, cómo no, creadores de memes (Dios los bendiga siempre). Al igual que el personaje de Murray, muchos se han abocado a tomar clases de piano, de idiomas, de fotografía… Pocos, pocas, parecen estar dispuestas a vivir un ocio pleno e improductivo, feliz.

Así, pues, al parecer tenemos hoy más tiempo que antes, pues encerrados en nuestros hogares (un privilegio de clase, que no se nos olvide) hemos podido ganar algunas horas/día: las que a diario nos roba el tráfico de las ciudades, la infame e ineficiente burocracia oficinesca o las (a veces) inútiles convenciones sociales. Sin embargo, no son pocas las personas que confiesan, contrariadas, que el tiempo les alcanza hoy menos que antes. Entrenados como estamos para una vida disciplinada y productiva, marcada por el tempo de la era industrial, ignoramos cómo administrar (y disfrutar) de ese bien tan escaso y preciado: el ocio, la quietud. Tiempo y movimiento son conceptos recíprocos, como ya lo había descubierto Aristóteles (“medimos el tiempo por el movimiento, pero también el movimiento por el tiempo”, parafrasea Ferrater Mora); de ahí que nos resulte difícil medir o administrar el tiempo en un contexto de aislamiento y quietud, de rutinas estacionarias.

Entrenados como estamos para una vida disciplinada y productiva, marcada por el tempo de la era industrial, ignoramos cómo administrar (y disfrutar) de ese bien tan escaso y preciado: el ocio, la quietud. Tiempo y movimiento son conceptos recíprocos, como ya lo había descubierto Aristóteles; de ahí que nos resulte difícil medir o administrar el tiempo en un contexto de aislamiento y quietud, de rutinas estacionarias

En su libro La vida, el tiempo y la muerte, los médicos Fanny Blanck-Cereijido y Marcelino Cereijido explican que todos los organismos biológicos disponen de una suerte de reloj “autosincronizable” gracias al cual garantizan (o facilitan, al menos) su interacción con el medio y, por ende, su supervivencia. Esta percepción del tiempo, de los ciclos internos y externos, es equiparable a uno de nuestros sentidos, con la excepción de que no podemos prescindir de él sin caer inevitablemente en la locura. La vista, el oído o el olfato no parecen tan importantes; ni siquiera la pérdida de la movilidad lo parece. Sin duda, su ausencia hace que nuestra percepción de la realidad cambie, pero aún así es posible llevar una vida más o menos corriente, a veces incluso extraordinaria, como lo atestiguan los casos de músicos sordos, artistas ciegos, científicos parapléjicos…; sin embargo, “cuando una persona pierde su sentido temporal, pierde también la cordura” (Cereijido dixit). Es esta percepción de que el tiempo cambia, que avanza, aquello que nos permite pensar que la vida tiene una finalidad.

El Capitalismo, claro está, ha pretendido vendernos la idea de que nuestro fin en el mundo es producir algo, cualquier cosa (ojalá algo que perdure en el tiempo) y castiga con severidad a quienes optan por el ocio y el vagabundeo puros. “Trabajen, vagos”, es el nuevo emblema de la religión capitalista. Quizá no sobre recordar que, en latín, la palabra “negocio” se construye con una preposición negativa antecediendo a la palabra “ocio”: nec otium.

También esto parece estar en conformidad con lo expuesto por los citados Cereijido. El equilibrio no existe en la naturaleza, afirman; o, mejor, existe solo a condición de que la energía, la producción, tenga altos y bajos: “Tan importante es el suministro de energía como el decaimiento a un nivel más bajo”. El crecimiento continuo y perpetuo solo conduce a la muerte acelerada de un sistema, sea biológico o de cualquier otra índole. No otra cosa es el cáncer: una producción ilimitada de células que terminan por hacer colapsar a un organismo.

El crecimiento continuo y perpetuo solo conduce a la muerte acelerada de un sistema, sea biológico o de cualquier otra índole. No otra cosa es el cáncer: una producción ilimitada de células que terminan por hacer colapsar a un organismo

Dice el Ferrater Mora que los griegos tenían dos palabras para referirse al tiempo: la primera, aión/eón, “designaba (…) el tiempo de duración de una vida individual”; la segunda, khrónos, hacía referencia al tiempo externo, abstracto, absoluto. Los días en el calendario avanzan, seguros, inmutables; pero nuestra vida parece haberse quedado varada en un presente continuo, cíclico. (En gramática, el presente continuo se caracteriza por el uso de verbos en gerundio, los cuales denotan una acción que se está llevando a cabo en el mismo momento en que se la evoca). “Ahí voy”, suele responderme una amiga cada vez que le pregunto cómo está. Es una buena manera de expresar la singularidad de vivir este presente eterno que ya había intuido Spinoza en un famoso escolio del libro V de su Ética: “sentimos y experimentamos que somos eternos”.

Al personaje de Murray le tomó, según dicen, 10 mil años romper el hechizo que lo conminó a vivir el mismo día, una y otra vez. Nuestro confinamiento durará algo menos, probablemente. Y, en todo caso, no hay afán. Un mes, dos meses, no son nada comparados con los 100 siglos que duró la maldición de Phil Connors y estos no son nada comparados con un kalpa, unidad de medida temporal que en la cosmología budista equivale a 4.320 millones de años (coincidencialmente, la edad del planeta Tierra está calculada en poco más o menos 4.500 millones de años).

El tiempo, nos damos cuenta hoy, es menos un concepto físico que una experiencia íntima, una intuición. Ante la brutal incertidumbre de nuestro futuro más inmediato, nos queda la plenitud del hoy, del aquí y ahora. Que no es poco. Nadie supo expresarlo mejor que el poeta surcoreano Ko Un:

Intenta sentarte
no sólo un Kalpa
sino durante diez Kalpas.

Ninguna iluminación llegará.

Simplemente diviértete
con tus angustias e ilusiones.

Entonces levántate.

Foto: Curtis MacNewton – Unsplash


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