Por David Paredes

Mientras lee un libro, el personaje hace lo posible por disimular el sobresalto que le producen fragmentos como este: “…su brazo rodeó a Julia. Al instante, ella pidió que se lo quitara, cosa a la que él accedió de inmediato, sonriente”. El lector, un hombre adulto, toma de manera literal el contenido de la historia y cree que está ante la “clara referencia a una especie no humana, extraterrestre […] una raza de seres capaces de quitarse partes de su anatomía a voluntad”. En torno a la confusión de este lector se desenvuelve el argumento del cuento “Algunas peculiaridades de los ojos”, del escritor norteamericano Philip Dick.

Por lo general, quien ve una película o lee una novela de ficción no sopesa la veracidad de las circunstancias y los sucesos, pues sabe que se trata de una ilusión creada y se presta para creer deliberadamente en ella. John Searle explicó el asunto con precisión: “el autor finge que hace una afirmación verdadera. Nosotros aceptamos el pacto ficcional y fingimos que lo que nos cuenta ha sucedido de verdad”. El pacto ficcional, ese acuerdo tácito entre emisor y receptor, puede ser quebrantado en, al menos, dos situaciones: cuando el receptor se niega a suspender la incredulidad y cuando la suspende del todo. El segundo caso corresponde al mal que padece el personaje del cuento de Dick, un lector capaz de comprender el contenido de la historia pero incapaz de percibir que se trata de una obra de ficción.

Searle también podría ser citado para recordar que “toda la realidad institucional es creada por representación lingüística” y que esta representación no es más que la aceptación de un relato. La confianza en la potestad de una jueza, por ejemplo, consiste en la aceptación de un relato según el cual la persona ataviada con toga es algo más que una persona ataviada con toga. Para atribuirle poderes especiales, es decir, para que la audiencia se ponga de pie cada vez que ella ingresa en la sala y para que su dictamen tenga el poder de transformar el futuro de otras personas, hace falta un poco de imaginación. La jueza representa a una institución y bajo ese supuesto habla en nombre de entidades colectivas que nos abarcan: el Estado, la Nación, objetos imaginarios que hemos aceptado sin resistencia. Se podría decir que así es como se configura lo institucional en el tipo de Estado que tenemos: delegamos a otros la construcción de discursos y luego los aceptamos, no porque seamos demasiado crédulos, pues de vez en cuando alguien se pregunta si realmente existe la pandemia, si Neil Armstrong realmente pisó la luna o si la tierra es, en efecto, esférica.

En Colombia, país de “vivos”, lo reprobable suele ser la ingenuidad, excepto si se trata de las personas que toman como verídica la historia de la creación consignada en el Antiguo Testamento y no se atreven a pensar que, dios no lo quiera, podría ser un mito, una ficción muy humana. La incredulidad es selectiva, impredecible, incongruente. Se aplaude el espíritu emprendedor de un culebrero, se culpa al incauto, aparece Iván Duque, con el ceño fruncido como si revelara algo, pronunciando una más entre sus afirmaciones supuestamente categóricas (“siempre seré un creyente de la inocencia de Álvaro Uribe”) y da por sentada, más que la inocencia del mentor, su propia condición de creyente irreflexivo. El episodio evoca a quienes siguen fervientemente a otros caudillos, a quienes dan por sentada cualquier teoría conspirativa, a Paloma Valencia, que en un encuentro virtual dejó entrever una de las paredes de su sala adornada con el cuadro de un Uribe representado como el Sagrado Corazón de Jesús.

Puesto que estamos expuestos a la incertidumbre y en mayor o menor medida la experimentamos en este mismo momento, no es pertinente juzgar a quien cree en algo que le parece creíble y experimenta por ello algún bienestar síquico, pero aquí hay un asunto particular: mensajes como el de Iván Duque contienen algo más cuestionable que la ingenuidad, pues es probable que no crea en lo que dice que cree, sino que impulse un relato para que sean otros los creyentes. Su “viveza”, pues, consiste en fingir credulidad, y en este punto, como siempre que se toque un tema relacionado con el poder, aparece el dualismo ellos-nosotros.

mensajes como el de Iván Duque contienen algo más cuestionable que la ingenuidad, pues es probable que no crea en lo que dice que cree, sino que impulse un relato para que sean otros los creyentes. Su “viveza”, pues, consiste en fingir credulidad, y en este punto, como siempre que se toque un tema relacionado con el poder, aparece el dualismo ellos-nosotros

Ellos han encontrado la manera de hacernos creer que no hay artificio y que estamos ante la realidad; dicen que existe un país, que es nuestro, que está poblado por una nación, que estas y aquellas son las fronteras, que somos libres de elegir y ser elegidos para participar en política, etcétera. Por esa vía han llegado a desdibujar una cuestión elemental: la forma de existencia del Estado tiene lugar en el plano del discurso y la ficción; y en cuanto tal, tiene un imaginador.

Ahora, considerando que el Estado es un hecho social y que existe por un acuerdo colectivo que se renueva con cada acto institucional (se encuentra en constante proceso de realización), se esperaría que fuera imaginado por la ciudadanía. Pero ¿es este el caso del Estado colombiano? Aparte de un contrato colectivo y una entidad abstracta, aquello que tomamos por Estado puede ser la forma de organización que en algún momento admitió las más variadas intenciones; puede ser que la Asamblea Constituyente de hace treinta años estuviera conformada por una lista variopinta de representantes, antecedente que dio lugar a la ilusión de democracia; puede ser también que el poder público esté dividido en órganos supuestamente independientes y que el legislativo y el ejecutivo estén conformados por personas elegidas en contienda electoral, pero ¿implica todo esto la existencia de un Estado? Más aun: ¿implica que el de Colombia sea un Estado Social de Derecho cuya vocación es democrática? ¿podríamos decir que somos nosotros, todos, los imaginadores de este fenómeno social organizativo?

puede ser que el poder público esté dividido en órganos supuestamente independientes y que el legislativo y el ejecutivo estén conformados por personas elegidas en contienda electoral, pero ¿implica todo esto la existencia de un Estado? Más aun: ¿implica que el de Colombia sea un Estado Social de Derecho cuya vocación es democrática? ¿podríamos decir que somos nosotros, todos, los imaginadores de este fenómeno social organizativo?

Las evidencias parecen apuntar hacia una respuesta negativa para las preguntas anteriores. No hay novedad en eso. Desde hace algún tiempo abundan las voces que preguntan si esto en realidad es un Estado Social de Derecho, si la participación ciudadana se agota en el voto de cada cuatro años, si esto es vivir en libertad, si la democracia liberal corresponde a la forma más acabada de la organización política y social, como pretendieran algunos tras la caída del muro de Berlín. Rodrigo Uprimny, en una columna reciente, puso el tema sobre la mesa: “si se quiere saber qué tanta democracia genuina existe en un país, a veces es mejor no mirar tanto la Constitución y las leyes”, opinión que ahora podríamos tomar como indicio, uno más, de que el objeto real detrás de estos discursos no existe. En definitiva, se nos pide suspender parcialmente la incredulidad para asumir que vivimos bajo un régimen democrático.

Pero el problema no es que en nuestras vidas haya un grado sorprendente de ficción, sino que nos relacionemos con ella sin establecer un pacto ficcional. Y no parece haber problema cuando elaboramos una ficción social y la ponderamos como necesaria. El verdadero problema es que esa ficción sea elaborada por un sector que la impone, por la razón y por la fuerza, a millones de personas. Aparte, cuando los millones de personas quieren abrir la discusión en torno al Estado, las élites castigan esa actitud con campañas sucias y acciones premeditadas de brutalidad policial. Larga y escandalosa es la lista de ocasiones en las cuales, incluso confabulada con actores armados ilegales, la Fuerza Pública ha disparado a personas que no amenazaban la seguridad o el ejercicio de derechos del resto de la ciudadanía; sólo atentaban contra el estatus de las “autoridades” y la preservación del relato oficial.

El problema no es que en nuestras vidas haya un grado sorprendente de ficción, sino que nos relacionemos con ella sin establecer un pacto ficcional. El verdadero problema es que esa ficción sea elaborada por un sector que la impone, por la razón y por la fuerza, a millones de personas

Quizá no hagan falta más evidencias para concluir que el Estado colombiano, en tanto producto de un imaginador particular, ha sido puesto al servicio de intereses privados, no siempre legales y no siempre congruentes con la Constitución y el imaginario colectivo. Esta puede ser una respuesta ante la pregunta que hiciera Lenin hace poco más de cien años:

¿Es el Estado, en un país capitalista, en una república democrática, en las repúblicas democráticas más libres, la expresión de la voluntad popular, el resultado de la decisión general del pueblo, la expresión de la voluntad nacional, etc., o el Estado es una máquina que permite a los capitalistas de esos países conservar su poder sobre la clase obrera y el campesinado?

Photo: Jorge Gardner @ Unsplash


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