Por Gustavo Montenegro Cardona

Al parecer, una buena parte del mundo sigue pensando que los problemas, los desencuentros, los disensos se resuelven a trancazos, a punta de golpe, yéndose a las manos. Los colombianos cargamos con la huella fatídica de asumir como hecho natural que las trompadas son la mejor manera de resolver nuestros asuntos. Como imagen mítica y un icono establecido se preserva el cuadro donde se retrata la gresca entre Pantaleón Santamaría contra José González Llorente, que representa lo sucedido aquel 20 de julio de 1810, fecha que marcó el punto de arranque de la gesta de independencia.

Desde antes, sin duda, y después del acontecimiento patriótico, los golpes se han constituido en la manera de denotar poder, de responder a las ofensas y defender lo que se considera propio. De niños, recuerdo, la motivación para asistir a los gimnasios de los años 80 y 90 consistía en la necesidad de desarrollar el cuerpo para contar con la adecuada masa muscular que le permitiera a los muchachos defenderse en las peleas callejeras.

Años antes cantaba Escalona, en el Villanuevero

ese era un tipo gritón, como señor Celedón,
muy bueno pa´ las trompá,
como el Tite Socarrás;
y con las damas cumplido,
lo mismo que su padrino

Fíjense ustedes, en una estrofa reunidos todos los estigmas con los que se debía forjar la masculinidad. No en vano la afición por el boxeo y la idealización forjada alrededor de las figuras que marcaron historia en el deporte de las narices chatas. De ahí el brote de frases que se convirtieron en leyes de comportamiento social como aquella de que “el que pega primero, pega dos veces” o como la que se usa con redundancia en el coaching transpersonal: “en la vida, como en el boxeo, es mejor dar que recibir”.

Para la memoria histórica quedó registrada la llamada de Álvaro Uribe Vélez, quien siendo Presidente de la República, con un tono envalentonado, le advertía a Luis Fernando Herrera, un fotógrafo de su más alta confianza: “estoy berraco con usted, y si lo veo, le voy a dar en la cara, etc”. Diez años después, el mismo Uribe se disculpaba, recordaba el asunto y la gente que lo rodeaba lo secundaba con risas, pues el asunto se tornó, en últimas, en una divertida anécdota.

Como valiente y bien fajado se muestra Rodolfo Hernández, candidato presidencial y exalcalde de Bucaramanga, porque tuvo la “valentía” de solucionar su tensión política con el concejal Jhon Claro a madrazos y manotazos. Claro, luego vino la multa y la sanción, pero quedó el imaginario que ha servido para todo tipo de memes, chistes y una evidente naturalización de los hechos antes que la marca del reproche colectivo.

Por eso no resulta extraño que se asuman posiciones tajantes de quienes argumentan que la mejor manera de defender una causa sea subiéndose al ring de las afrentas y golpear a quien sea y como sea. Se nos enseñó, desde la masculinidad más afinada, que a las mujeres no se las golpea, pero que su honra se defiende a puño, machete y bala.

No sorprende tampoco, pues, que recién comenzado el conflicto entre Rusia y Ucrania, Elon Musk retara a un desafío a Vladímir Putin, para demostrar un afán proteccionista a favor de los ucranianos, como si la dignidad de los pueblos tuviera que ser resuelta en un combate a puños entre un excéntrico millonario y un soberbio mandatario.

El golpetazo que le propinó Will Smith al humorista Chris Rock recoge desde la mirada global todo aquello que ha significado la creencia de que a los golpes todo se soluciona para no tener que enredarse en asuntos diplomáticos, desde la conversación, el silencio mismo o la resistencia pacífica. El humorista cometió una falla, todo apunta a que sí. ¿Había razón real para que la respuesta de Smith fuera el golpe? No. Sin duda, no. El llanto posterior a la ofensa es igual de detestable a la vergonzosa manera en que Uribe terminó excusándose por su desatinada “amenaza”.

La normalización de los trancazos trae como consecuencia que de puño en puño, de pelea en pelea, solamente en Bogotá, durante la noche del 25 de diciembre de 2021, se hayan registrado 1300 riñas, 51 detenidos y 4 homicidios. Según la estadística delictiva de la Policía Nacional, en 2021, 2.716 personas murieron a causa de riñas. Más de dos mil personas perdieron la vida en medio de una pelea, a causa de los trancazos y la exaltación de los ánimos que termina con el descontrol de los bárbaros.

Ser tolerantes con cualquier manifestación violenta, con el pequeño golpe o el ligero manotazo, implica darle largas al eterno ciclo de la confrontación que nos condenará a cargar, por mucho tiempo más, el peso de la muerte evitable, de las discusiones innecesarias y de los llantos sin mérito.

Foto: Johann Walter Bantz @ Unsplash


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