Por Paula Mogollón García

En este artículo pretendo hacer una interpelación al enfoque analítico sobre el trabajo de cuidado, el cual se viene instalando desde instituciones nacionales y organizaciones no gubernamentales cuando hacen referencia a la “economía del cuidado” como “una contribución del trabajo doméstico no remunerado de veinte puntos porcentuales (20%) en el PIB nacional”. Específicamente, esta mirada promueve la redistribución y reducción de este trabajo –a manos del Estado– porque constituye una recarga sobre las mujeres y/o los cuerpos feminizados, de modo que profundiza la dependencia económica y se fomenta la feminización de la pobreza. Si bien el análisis parte de una caracterización del problema que sitúa a la división (hetero)sexual del trabajo como el bastión del ordenamiento social, se centra en el acceso al dinero por parte de las mujeres y no sobre el lugar relacional que tiene el cuidado para el sostenimiento de la vida.

Para exponer la interpelación quiero partir por definir que “trabajo de cuidado” es una propuesta categórica para interpretar al cuidado como un conjunto de prácticas vitales para la existencia, las cuales requieren de unos cuerpos que emplean su tiempo y energía. Así, es posible abordar al cuidado desde un enfoque multidimensional, es decir, como todas aquellas prácticas que garantizan a los cuerpos –y a los territorios– las condiciones materiales, emocionales y psicodinámicas para el sostenimiento de la vida.

El trabajo doméstico (cocinar, limpiar, organizar, etc.), el acompañamiento emocional y afectivo de las personas, el autocuidado (tener tiempo para bailar, jugar, reír, etc.), la preservación de bosques y semillas nativas, entre otras, resultan ser prácticas de cuidado que procuran la continuidad de la existencia, sin que ésta se acote a los procesos de persistencia material, sino también a la vitalidad emocional y a la interacción relacional entre seres humanos y otras formas de vida de la tierra.

Históricamente, al contrastar la descripción de la categoría del “trabajo de cuidado” con el “acceso al dinero” (como símbolo de capacidad adquisitiva y por tanto de riqueza) se hace una lectura de que este trabajo se estructura en una “condición de esclavitud” (Mariarosa Dalla Costa y Selma James, El poder de la mujer y la subversión de la comunidad), debido a que no existen condiciones propias de subsistencia ni remuneración salarial para aquellas personas que lo realizan. Además, desde una lectura feminista marxista, este trabajo se determina por el ordenamiento social sexo-genérico, pues es la división (hetero)sexual del trabajo el acuerdo que naturaliza los roles de género y designa el cuidado a las mujeres y/o cuerpos feminizados, llevándoles a condición de “esclavitud moderna”.

A partir de éste análisis y de una lectura histórica sobre la instalación del capitalismo en Europa, Silvia Federici afirma que el trabajo de cuidado doméstico ha sido el garante para que los obreros puedan insertarse en las fábricas, pues provee las condiciones para la estructuración y reproducción de la clase obrera y capitalista, es decir, de la “fábrica social” (Calibán y la Bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria). No obstante, esta mirada se sitúa desde la oportunidad del intercambio de un trabajo de cuidado por un salario, mientras que desconoce “el carácter relacional y de (inter)dependencia del cuidado” (Pascale Molinier, Subjetividad y materialidad del cuidado: ética, trabajo y proyecto político), puesto que no se percata de que las personas involucradas en esta práctica construyen vínculos materiales, afectivos y psicodinámicos que no pueden describirse en términos de intercambio, o sea, no son simplemente oferentes y/o demandantes de cuidado.

El análisis institucional estatal y onegeista que sugiere reconocer, redistribuir y reducir al trabajo de cuidado con el fin de alterar las condiciones de desigualdad monetaria que tienen las mujeres procura dos premisas interpretativas. En primer lugar, descifra al cuidado como una “práctica odiosa” que, por designación de género, se constituye en un obstáculo para que las mujeres puedan insertarse en el mercado laboral y, por tanto, acceder al dinero y a la autonomía económica; una lectura que se fundamenta en la situación de mujeres “jefes de hogar” sin empleo formal, mientras desconoce que el cuidado también ha sido una designación racial sobre las mujeres afrodescendientes, raizales, palenqueras o indígenas, y que han sido éstas últimas quienes han cumplido dobles y triples jornadas de trabajo de cuidados para acceder al dinero, sin que eso garantice su autonomía económica.

En segundo lugar, caracteriza al cuidado como una oportunidad para proveer un servicio, de modo que inserta la noción de la mercantilización del vínculo relacional y busca llevarlo a los parámetros de cuantificación requeridos para la operatividad de la eficiencia y eficacia neoliberal, lo cual hoy continua siendo un reto para economistas feministas liberales-institucionalistas.

La lectura institucional y onegeista es profundamente cómplice del patriarcado y el capitalismo, puesto que no pone en cuestión las cargas de opresión de género y raza impuestas sobre los cuerpos involucrados en la práctica de cuidado. No cuestiona las construcciones históricas y sociales patriarcales y raciales que naturalizan al cuidado como una designación de género para las mujeres racializadas, es decir, no les afecta que las mujeres –en eslabones de marginalidad y precariedad social por opresión de clase y raza– sean las personas que se encarguen de los cuidados, mientras otras mujeres se insertan al mercado laboral, y acceden al dinero y a la “autonomía económica”.

Además, no se problematiza en cuestiones como por qué el cuidado no puede ser reconocido y remunerado como un trabajo, sin necesidad de mercantilizarlo; esto porque la práctica de cuidado desborda la categoría clásica de trabajo, la misma que permite cumplir con las condiciones normativas contractuales para que se dé la extracción del trabajo asalariado y no asalariado, de forma que se promueve su cuantificación a partir de la contabilidad de las horas, ejercicio que incentiva la interpretación del cuidado como un obstáculo.

En tercer lugar, y el más importante, la mirada institucional y onegeista del trabajo de cuidado no reflexiona sobre el vínculo afectivo, emocional y psicodinámico que se constituye entre quienes practican el cuidado. Al poner ésta descripción en un segundo plano, sitúa al vínculo como un asunto secundario en las relaciones sociales y en el ejercicio de reconocimiento del trabajo de cuidado. Además, pone a todas aquellas prácticas y trabajos que garantizan la vitalidad emocional y psicológica en un lugar marginal respecto al productivo-mercantil. De la descripción compleja y multidimensional del cuidado es posible reconocer que, aquellas prácticas y trabajos (que sobresalen de la noción clásica de trabajo) destinados a preservar la vida con un carácter relacional, afectivo, emotivo, psicodinámico e interdependiente, son situados en segundo lugar respecto a los trabajos susceptibles de mercantilizarse, en favor del “sistema capitalista, colonial y patriarcal”. Entiéndase por estas prácticas y trabajos a aquellas actividades que buscan la vitalidad emocional, corporal y comunitaria, que promueven el sostenimiento de la vida antes que la obtención y acumulación de riquezas y/o ganancias.

Con esta interpelación a la mirada institucional y onegeista del trabajo de cuidado busco poner en diálogo la oportunidad emancipadora y libertaria que tiene el cuidado para sostener la vida, tal y como lo demostraron las ollas comunitarias, las brigadas médicas, los comités de DDHH, entre otras, durante la pandemia y el Paro Nacional, puesto que su práctica –entendida desde el vínculo de interdependencia– es una oportunidad para repensar el ordenamiento sexo-genérico y la jerarquización remunerada de las actividades, que confronte la conveniencia de los intereses del capital y el patriarcado, los cuales gestionan la mercantilización de las relaciones y los vínculos, para ser depuestos como mercancías o servicios.

Foto: Annie Spratt @ Unsplash


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