Por Yenny León

Hace dos días adopté a una perra: Valkiria, la primera canina de mi vida. De acuerdo con los dueños del refugio, fue rescatada de ahogarse en el río Medellín junto con varios de sus hermanos. Pasó que su madre murió y la camada de seis cachorros fue acogida por otra perra que, a su vez, cuidaba de sus siete perritos. Evidentemente, la matrona perruna hizo lo mejor que pudo, pero la inquietud y temblores infantiles de los pequeños atrajo fuertemente al peligro. Menos mal varias personas observaron lo sucedido y actuaron con rapidez para evitar una tragedia. Fue así que Valkiria llegó al refugio selenita Dejando huella. Pasados quince días, y con apenas ocho semanas, una familia se quedó con ella. Al cabo de seis meses, la devolvieron y su semblante nervioso y tímido reveló que estuvo bajo un régimen de maltrato.

Hoy quiero que enfrentemos juntas el desafío de la vida evitando, a toda costa, el maltrato intencional, pues sé que crear heridas es algo inherente al humano.

Pienso entonces en las palabras de Paula Andrea Marín, cuando le pregunté por qué eligió el amor entre los seres como tema principal de su libro. Ella afirmó con vehemencia que el encuentro amoroso entre personas desconocidas es una interacción de una extrañeza y fuerza monumentales. ¿Cómo se le permite a la ajenidad del otro entrar en nosotros y cómo nos disponemos a invadir naturalezas en nombre del amor?

Mientras acaricio las orejas de Valkiria, pienso en los terribles roles de dueñidad que personifican quienes conviven y cuidan de perros. Así también ocurre en las relaciones entre humanos. Y no me refiero a las interacciones que sobresalen por su toxicidad, sino a aquellas que se piensan sublimes y libres, y en las que, generalmente, en vez de la subordinación del propio ser ante la belleza intensa del sentimiento, pervive una cosificación del otro, de la otra, del otre. Y me remito entonces al verso de Paula: “Ahora que todo entre nosotros tiene ese olor a trampa”. Y sí, el amor, tal y como nos fue dado, es una trampa de mil y una vidas “con el tiempo y la sangre desbordándose”.

De esta manera, la metáfora que atraviesa el libro Del amor como viaje revela el desplazamiento doloroso y, a su vez, deslumbrante de los seres que se aman. Un viaje de encuentro, otro de permanencia -así sea leve-; al final, uno de vida-muerte-vida, tal como lo menciona Clarissa Pínkola Estés en su libro Mujeres que corren con lobos.

la metáfora que atraviesa el libro Del amor como viaje revela el desplazamiento doloroso y, a su vez, deslumbrante de los seres que se aman. Un viaje de encuentro, otro de permanencia -así sea leve-; al final, uno de vida-muerte-vida

Es importante resaltar que una de las condiciones inherentes de las migraciones del propio ser hacia el otro o lo otro es la vulnerabilidad. Toda apertura real implica una desnudez. Y es a partir de esta que los niveles de gozo y de dolor pueden incrementarse de formas desconocidas. Así también cabe preguntarse qué clase de hospitalidad ofrecemos cuando el amor se acerca, ese vulnerable “tesoro de dos mundos” que puede convertirse en un “sinsabor de neutralidad de salón”.

Veo cómo corre Valkiria, analizo su postura, el movimiento de su cola, las imperfecciones de su piel. Pienso en Merlín, el conejo que tuve la oportunidad de cuidar durante siete años, y leo:

Es tu vida pasando aún por la mía
transformándolo todo
desde tanta distancia
[…]
y desde esta manera de irme llevándote conmigo para siempre

Sé que Paula me dijo que este libro se trataba específicamente de la relación amorosa entre seres humanos, pero creo que no fue consciente de la amplitud de resonancias que implican las imágenes de sus poemas. Y es que el amor tiene límites absolutamente desdibujados. Tratar de definirlo es como intentar asir un significado único de la poesía, cuando sabemos que siempre vamos a estar, al tiempo, a un milímetro y a millones de millas de este: “Me lo había preguntado tantas veces/ la misma palabra de cuatro letras/ que ha consumido tantas horas”.

el amor tiene límites absolutamente desdibujados. Tratar de definirlo es como intentar asir un significado único de la poesía, cuando sabemos que siempre vamos a estar, al tiempo, a un milímetro y a millones de millas de este

Ahora bien, ¿cómo acercarse delicadamente al amor cuando este encarna mil contradicciones, asperezas, desencuentros, inconformidades, plenitudes y felicidades pasajeras? ¿Y por qué hacerlo de esta manera? ¿Tal vez porque es a través de la sugerencia que el lector puede vivir la intensidad de la necesidad expresiva de la autora? En este libro se emplean imágenes sutiles que van desde “ese pato que quedará atrapado debajo del hielo”, “un nombre irrepetible en este aquí que se resiste a ser ahora” hasta “mi sombra riéndose entre nosotros esperando que comience, de nuevo, la historia” y “esta hambre de palabras que me enseñan el origen del mundo”.

Del amor como viaje está divido en dos partes: “Del viaje” y “Del regreso”. Ambos capítulos establecen una dinámica muy orgánica de la voz poética que fluye entre el ir y el volver hacia afuera y hacia sí misma. Por eso la presencia del cuerpo confluye en imágenes matéricas (“a dónde las manos/ a dónde las bocas/ a dónde los brazos, las piernas/ los dientes/ los pezones, las caderas/ la saliva”) y sinestésicas (“los sabores de mis manos mezcladas con sal”; “a dónde los gemidos, los sonidos, el inmóvil tiempo, elongado espacio”) que evocan en el lector la multitud de desdoblamientos que supone la experiencia amatoria.

Acaricio a Valkiria. Me mira con enamoramiento absoluto. El amor del perro es genuino, o tal vez no sea el amor sino su dependencia. Sé que ambas nos necesitamos, pues tenemos heridas irreparables que tal vez mengüen con compañías que no puedan ocultarse nada. O, tal vez, como dice Paula en uno de sus poemas, esté con esta perra dorada porque ella me brinda “la necesaria oscuridad/ para quedarme aquí/ en el corazón del mundo/ en este laboratorio de universo”.

Paula Andrea Marín Colorado, Del amor como viaje. Galáctica Editorial, Pasto: 2020.


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