Por Andrea Martínez

Una estética cuidadosamente diseñada se despliega en redes sociales. Mujeres jóvenes con vestidos inspirados en la moda de los años cincuenta sonríen mientras realizan labores domésticas en hogares iluminados por una luz cálida. De fondo, una música instrumental acompaña la escena. Así se presenta el movimiento “tradwife” (traditional wife o esposa tradicional), una tendencia global que acumula millones de reproducciones en plataformas digitales, vendiendo la sumisión femenina como una decisión libre y deseable. Sin embargo, detrás de esa imagen construida se esconde un proyecto político que busca reinstalar los roles de género más rígidos y redefinir la manera en que actualmente entendemos la libertad, la equidad y los derechos de las mujeres.

A primera vista el fenómeno parece inofensivo: una elección” individual” en la era del agotamiento contemporáneo. Sin embargo, esconde una sofisticada estrategia política: romantiza la pérdida de autonomía económica, civil y reproductiva de las mujeres. Bajo el discurso de la «libre elección», desdibuja décadas de luchas feministas que hicieron posibles conquistas como el derecho al voto, al divorcio, al trabajo digno, a la educación y a decidir sobre el propio cuerpo. Lejos de representar una alternativa, es una estrategia profundamente funcional al capitalismo y al patriarcado, pues el trabajo doméstico ha sido indispensable para sostener la fuerza laboral sin remuneración ni reconocimiento.

Renunciar a la independencia económica es un riesgo histórico, un “salto al vacío”. La dependencia financiera ha sido uno de los principales factores que históricamente han perpetuado la violencia de género. Cuando el dinero, la vivienda y el sustento quedan bajo el control exclusivo del llamado «proveedor», disminuyen las posibilidades reales de tomar decisiones, abandonar relaciones abusivas o construir proyecciones de vida autónomas. A ello se suma un profundo sesgo de clase y raza: la imagen de la perfecta ama de casa está sostenida por privilegios económicos. Para millones de mujeres empobrecidas, el trabajo del doméstico jamás ha sido una opción estética, sino una doble o triple jornada precarizada e invisibilizada.

Este fenómeno tampoco puede entenderse únicamente como una moda digital. Su crecimiento ha estado acompañado por organizaciones conservadoras, sectores religiosos y figuras de la derecha estadounidense que, durante los últimos años, han impulsado una agenda orientada a restringir los derechos sexuales y reproductivos, desacreditar al movimiento feminista y reivindicar una noción jerárquica de la familia. Las redes sociales han permitido que estos discursos circulen con rapidez y encuentren nuevas formas de legitimidad: la propaganda política se presenta como un estilo de vida.

No es casual que, junto con el modelo de “esposa tradicional”, algunos de estos sectores también cuestionen la ciudadanía política de las mujeres. Voces influyentes han llegado a poner en duda el sufragio femenino o a proponer modelos de «voto por hogar», donde el hombre represente políticamente a toda la familia. Más allá de lo inviable que hoy pueda parecer una propuesta de este tipo, el mensaje resulta profundamente complejo: si las mujeres pierden su autonomía económica y también su voz política, dejan de ser ciudadanas plenas para convertirse nuevamente en sujetas representadas por la autoridad masculina. El derecho al voto no fue una concesión, fue una conquista histórica que permitió a las mujeres incidir directamente en las decisiones que afectan sus vidas. Renunciar a ese derecho significa un retroceso democrático de enormes proporciones.

Este idilio digital de sumisión coincide con un escenario político internacional donde distintos sectores conservadores buscan desesperadamente devolver a las mujeres al rincón de la obediencia. Este contexto encuentra ecos preocupantes en Colombia, tras la reciente victoria de la ultraderecha con la elección de Abelardo de la Espriella, donde han cobrado fuerza discursos abiertamente machistas, homofóbicos y anclados a una defensa idealizada de la «familia tradicional». Así, lo que el movimiento “tradwife” promueve desde la estética, estos proyectos políticos lo convierten en políticas de control social, buscando desmantelar los avances en materia de derechos de género y diversidades sexuales, bajo el pretexto de restaurar los «roles naturales». La misoginia ya no solo susurra desde las pantallas, sino que ruge desde los atriles presidenciales.

Vale la pena preguntarse entonces: ¿qué significa hablar de la «familia tradicional» en un país atravesado por décadas de conflicto armado, desigualdad estructural y pobreza?; ¿cómo hablar de mujeres confinadas al hogar cuando han sido precisamente ellas quienes han sostenido la economía popular, defendido los territorios y reconstruido el tejido social en medio de la guerra? Desde las lideresas indígenas y campesinas, hasta las que sostienen la economía o tejen redes comunitarias en los barrios populares, las mujeres han sido el motor público y político de la vida comunitaria.

El verdadero riesgo no radica en que algunas mujeres decidan libremente dedicarse al hogar. El feminismo siempre ha defendido la libertad de elegir el propio proyecto de vida. El problema surge cuando esta se convierte en una estrategia cultural destinada a convencer a millones de mujeres de que la desigualdad constituye su destino natural y cuando ese discurso continúa legitimando proyectos políticos que buscan restringir derechos ya conquistados para las mujeres y diversidades sexuales y de género. Los proyectos anti derechos no pueden convertirse en la excusa para justificar la brecha salarial, la violencia basada en género y la exclusión de las mujeres en la sociedad.

La estética del hogar perfecto no resuelve la precarización, la desigualdad ni el autoritarismo. Tampoco alivia las crisis económicas ni las cargas de cuidado que los Estados continúan atribuyendo a los cuerpos de las mujeres. Mientras las redes sociales nos venden obediencia, miles de mujeres continúan construyendo políticas públicas y redes comunitarias por los derechos de las demás. La historia nos enseña que ninguna conquista permanece garantizada para siempre, por ello la respuesta nunca será el silencio, sino la organización, la defensa de los derechos y la convicción de que la libertad de las mujeres no se negocia ni ante los algoritmos tecnológicos, ni ante los delirios patriarcales de los gobiernos de turno.


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