Por Edwin García Maldonado

Más allá del marketing electoral: representación política y conducción popular

Toda derrota electoral importante debe abrir un período de reflexión política. Sin embargo, cuando el análisis se concentra exclusivamente en los instrumentos de campaña, existe el riesgo de ignorar las causas más profundas que explican el comportamiento de una sociedad. El reciente revés del progresismo colombiano ofrece precisamente la oportunidad de ir más allá del marketing electoral para discutir un problema de representación política.

Después de la segunda vuelta presidencial han sido escasos los espacios colectivos de evaluación. Las bases fueron convocadas con intensidad durante la campaña, pero no con el mismo empeño para examinar las razones de la derrota. Sin reflexión crítica no hay aprendizaje político; y sin aprendizaje resulta difícil corregir errores y redefinir el rumbo estratégico.

Buena parte de los análisis ha atribuido el resultado a deficiencias comunicacionales. Aunque esos factores tienen importancia, considero que esa explicación es insuficiente. Las campañas pueden amplificar una representación política, pero difícilmente pueden sustituirla. Ninguna estrategia comunicacional logra fabricar la autenticidad que nace de una experiencia compartida entre dirigentes y pueblo.

A mi juicio, la principal limitación del progresismo no es comunicacional, sino política. Se relaciona con una creciente distancia entre una parte de su dirigencia y los sectores sociales que constituyen su principal base electoral. Mientras buena parte de los esfuerzos parece orientarse hacia los estratos medios, los estratos 1 y 2 representan cerca del 74 % del censo electoral y continúan siendo la principal base potencial de un proyecto transformador.

Esta dificultad encuentra explicación en la composición social de una parte de la dirigencia. Muchos de sus referentes provienen de sectores medios y medios-altos. Ello no descalifica su compromiso democrático; sin embargo, la extracción de clase influye en la manera de interpretar la realidad, establecer prioridades y construir vínculos de confianza. Durante décadas, el movimiento obrero fue severamente debilitado por el terrorismo de Estado, entendido como el uso sistemático de la violencia contra organizaciones sociales y sindicales. Ese proceso alteró profundamente la composición social de las dirigencias populares.

Los sectores populares no solo respaldan programas; también buscan reconocerse en quienes los representan. Podría hablarse entonces de los “líderes-pueblo”: dirigentes cuya legitimidad descansa en una experiencia social compartida que les permite interpretar con autenticidad las aspiraciones de las mayorías. El pueblo conecta con quienes sienten como él porque han vivido, en buena medida, las mismas privaciones, incertidumbres y esperanzas. Esa conexión no puede improvisarse en una campaña ni construirse únicamente mediante técnicas de mercadeo. Cuando existe, el propio pueblo impulsa y fortalece a sus dirigentes; cuando se debilita, también se resiente la capacidad de representación del proyecto político.

La democratización del progresismo constituye, por tanto, una necesidad estratégica. No se trata de excluir a quienes hoy ejercen responsabilidades, sino de ampliar la participación efectiva de las clases trabajadoras y de los sectores populares en los espacios de dirección. Las mayorías no deben ser únicamente destinatarias del proyecto: deben convertirse en sus protagonistas.

Esa democratización exige también superar los personalismos. Cuando hablo de individualismo burgués no aludo a una descalificación moral, sino a una lógica que subordina la construcción colectiva a la promoción individual. Ningún proyecto transformador puede consolidarse si los intereses personales terminan desplazando el objetivo común.

Esta reflexión nace precisamente de una convicción contraria a la descalificación estéril. Su propósito no es cuestionar la legitimidad del progresismo, sino contribuir a fortalecerlo mediante una autocrítica más profunda. La democratización del proyecto no constituye una consigna nostálgica, sino una condición estratégica para construir una mayoría nacional y enfrentar con éxito opciones políticas de rasgos autoritarios y tendencias fascistas. Esa, a mi juicio, es la autocrítica pendiente del progresismo colombiano y uno de los desafíos que hoy comparten diversos proyectos de transformación democrática en América Latina.

Foto: Jose David Cortes


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