Por Edwin García Maldonado

Con el inicio de un nuevo período presidencial abundan los balances sobre el gobierno que termina y las proyecciones sobre el que comienza. Habrá tiempo para lo segundo. Por ahora prefiero detenerme en lo primero.

Lo que sigue no pretende negar los errores del gobierno de Gustavo Petro. Los hubo, algunos de considerable trascendencia, y en buena medida respondieron a decisiones excesivamente personalizadas. Si tuviera que resumir su principal debilidad en una sola idea, diría que fue la insuficiente construcción de decisiones colectivas dentro del proyecto progresista. Los personalismos terminaron imponiéndose sobre las dinámicas de dirección compartida. No es un problema exclusivo de Petro; es una limitación que desde hace tiempo acompaña a una parte de la izquierda contemporánea, permeada también por la cultura individualista neoliberal de nuestro tiempo.

Hecha esa precisión, considero innegable que el Gobierno del Cambio deja avances importantes en materia social, económica y de política exterior. El aumento sostenido del salario mínimo, la reducción de la pobreza y la diversificación de las relaciones internacionales hacia el sur global son apenas tres ejemplos.

Sin embargo, más allá de esos resultados, me interesa destacar un aspecto mucho más difícil de medir, aunque probablemente más perdurable: el aporte de Petro a la cultura política colombiana.

Durante estos años la política volvió a ocupar un lugar central en la conversación pública. En los hogares, en el transporte público, en las esquinas y en los lugares de trabajo se discutió sobre las decisiones del gobierno, unas veces para respaldarlas y otras para cuestionarlas. Esa intensa deliberación redujo la apatía frente a los asuntos públicos y promovió una dimensión esencial de la democracia: el interés ciudadano por la política.

Esa capacidad para politizar el debate nacional proviene, a mi juicio, de una característica poco frecuente: Petro es, ante todo, un creador. Tiene la facultad de introducir temas inesperados, alterar el ritmo de la discusión pública y obligar a sus adversarios a responder sobre el terreno que él mismo define. Como un buen boxeador, entra y sale del intercambio corto para marcar el compás de la pelea. Esa creatividad lo hace impredecible y explica por qué conserva la iniciativa incluso en los momentos de mayor dificultad.

Precisamente allí reside una de sus principales diferencias frente a personajes de la izquierda más tradicional, muchas veces aferrados a repertorios conocidos, incapaces de romper sus propios esquemas, enjaulados en el papel escrito. No dejan volar su imaginación y, por ello mismo, son siempre predecibles. La capacidad creadora se traduce, además, en vocación de poder. Y esa es quizá la característica que mejor distingue a Petro dentro del campo progresista. No concibe la política como un simple ejercicio testimonial ni como una permanente denuncia del orden existente. La entiende como la disputa efectiva por la conducción del Estado y de la sociedad.

Esa diferencia explica buena parte de su capacidad para desenvolverse en escenarios complejos, atravesados por intereses contradictorios, sin perder de vista el horizonte estratégico de su proyecto. Mientras algunas figuras de la izquierda parecen encontrar su lugar natural en la oposición permanente, Petro actúa como quien piensa siempre desde la posibilidad de gobernar, incluso cuando ya no ocupa el gobierno.

Por eso, al concluir su mandato, el mayor error que podría cometer el progresismo sería resignarse a una oposición convencional, limitada a reaccionar frente a las decisiones del nuevo gobierno. Quien renuncia a producir iniciativa termina aceptando que sea otro quien defina el terreno del debate político.

No es casual que, apenas iniciado el nuevo ciclo, Petro haya puesto sobre la mesa la discusión sobre las huelgas sectoriales y la huelga general como posibilidades de concreción de la desobediencia civil y como formas legítimas de acción colectiva. Más allá de que esas propuestas susciten acuerdos o desacuerdos, revelan una forma de entender la política: crear escenarios, instalar temas y obligar a los demás actores a posicionarse frente a ellos. En otras palabras, disputar la iniciativa.

Esa es una cualidad escasa en sociedades acostumbradas a reproducir esquemas antes que a producir nuevas posibilidades. La creatividad política no consiste en improvisar; consiste en abrir caminos donde otros apenas ven límites. De allí proviene, en buena medida, la capacidad de un liderazgo para conservar influencia aun cuando deja el poder institucional.

Por eso conviene distinguir dos funciones que suelen confundirse. La defensa de los derechos humanos es indispensable para cualquier democracia y exige una labor permanente de denuncia, vigilancia y control del poder. Pero esa tarea, siendo esencial, no agota el ejercicio de la política: no todo defensor de los derechos humanos es un buen político porque la conducción política exige, además, imaginación estratégica, capacidad para construir mayorías y aptitud para crear iniciativa.

Ambos papeles son necesarios y se complementan. Toda fuerza democrática necesita a quienes protejan los derechos y, sobre todo, necesita a quienes sean capaces de abrir nuevos horizontes de acción política. Confundir esas funciones termina debilitando ambas.

Si el progresismo aspira a volver a ser gobierno, deberá preservar esa capacidad creadora que ha caracterizado a Gustavo Petro. Porque, en política, la iniciativa rara vez permanece del lado de quien solo responde. Casi siempre pertenece a quien es capaz de crear.


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