Por Camilo Parra

En la más reciente emisión de La Base, el programa radial que dirige y conduce Pablo Iglesias, otrora líder de la agrupación izquierdista Podemos, hubo un segmento dedicado a repasar los titulares con que la prensa escrita colombiana estaba dando cuenta del escenario de segunda vuelta presidencial, encontrándose un patrón común: el candidato Gustavo Petro se describe siempre como un “izquierdista”, pero el candidato Rodolfo Hernández, su opositor no solo en la contienda sino en el espectro ideológico, es descrito apenas con un ambiguo y tímido epíteto de “populista”.

Se preguntan entonces Iglesias y cía. qué se requiere para que alguien sea tildado de ultraderechista o fascista. ¿Que salga quizás expresando públicamente su admiración por Hitler? Pues el señor Rodolfo no solo se ha declarado admirador de Hitler sino que lo ha elevado a la categoría de “gran pensador alemán”. Pese a ello, para los medios tradicionales colombianos Rodolfo sigue siendo un “populista”, un “outsider”, un “antisistema” (¡!), un personaje chabacano y estrafalario, pero jamás un fascista o un ultraderechista. Pienso que esa actitud de “no es para tanto” ha sido lo que en nuestro país ha terminado por normalizar la violencia y sus apólogos.

Pero entonces surgen otras preguntas: ¿qué podría haber evitado que Hitler difundiera sus peligrosas ideas?; ¿qué podemos hacer para evitar los peligros de la estupidez hoy?; ¿qué hace que las comunidades sean más inteligentes y que cada individuo esté menos a la defensiva y más abierto a las ideas?

En esta nota quiero intentar responder a esas cuestiones a la luz de la teoría de la estupidez de Bonhoeffer, un contemporáneo de la época de la Alemania nazi. Dice Bonhoeffer que las personas estúpidas son más peligrosas que los malvados, pues ante estos últimos podemos protestar o atenernos a lo que representan, pero ante las primeras estamos indefensos. Bonhoeffer advertía ya desde entonces lo que puede suceder cuando otorgamos poder a la ignorancia.

En su contexto reflexionaba acerca de cómo los poetas y pensadores de su país fueron desdibujados de su intelectualidad para darle validez a unas ideas que se expandieron y terminaron siendo muy peligrosas. Y me devuelvo entonces a lo nuestro… que un pensador mágico como William Ospina esté asesorando a R.H. es la evidencia de que la raíz de nuestro nuevo problema no es la maldad uribista sino la estupidez que se viene promoviendo. El problema radica en que ante la estupidez no hay hechos que puedan contradecir el prejuicio de una persona, ni siquiera hechos irrefutables, ya que se dejan de lado como intrascendentes, como incidentales, haciendo que la persona se sienta satisfecha de sí misma.

“Si queremos -dice Bonhoeffer- saber cómo sacar lo mejor de la estupidez, debemos tratar de comprender su naturaleza. La estupidez es en esencia no un defecto intelectual sino moral”. No es mi intención, por supuesto, usar la palabra “estupidez” como un insulto, sino como una consecuencia de la manipulación y la identificación con lo que somos. Y nuestra historia parece reproducir las mismas características de los políticos que elegimos. La frase: “tenemos el gobierno que merecemos” se ha convertido en un lugar común que describe los rasgos típicos de nuestra población.

Existe un término en la tradición india: “mukti», que significa liberación; liberación de la ignorancia y del ego. La liberación o superación de la estupidez no pasa por brindar datos y fuentes que contradigan las creencias, sino por la vía de contrarrestar emociones con emociones: ante una emoción de odio tan fuerte como esa se antepone una emoción igual de fuerte, y esa es la política del amor, la que ante un coscorrón responde con un “te quiero mucho”.

La pelea de las emociones será clave para restarle fuerzas a R.H y asegurar la victoria que venimos preparando hace décadas contra los elitistas, esos peligrosos explícitos del uribismo -que no ha muerto- y ahora los peligrosos solapados de R.H. A los ojos de la teoría de la estupidez, la identificación de la sociedad, o una parte de ella, con un candidato machista, xenófobo, elitista, violento se debe a que esa misma sociedad es igualmente machista, xenófoba, elitista y violenta. Ante esto, debemos nosotros y nosotras, anteponer una práctica de la tolerancia y el respeto, de la diferencia. Así como las gotas de lluvia terminan por romper la piedra después de insistir e insistir, así nosotros lograremos vencer con la fuerza de un “te quiero”.


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