
Por Edwin García Maldonado
Ninguno de quienes nos alertaron sobre el imperialismo sospechó los niveles de brutalidad a que ha llegado el fascismo yanqui-sionista, con la complicidad europea. Coincido en que estamos ante el mayor retroceso histórico de la humanidad. Penden de un hilo los pactos civilizatorios de la posguerra, los derechos humanos y la democracia liberal de la que tanto se ufanaba Occidente. Ahora el neocolonialismo se justifica abiertamente. Se sepultan los acuerdos básicos de las sociedades supuestamente modernas. El genocidio se aplaude a plena luz del día. Leopoldo y Hitler vienen a ser “prohombres” de un imperialismo voraz, mientras Mandela y Arendt son proscritos por terrorismo ideológico. Y todo esto se transmite en tiempo real ante espectadores pasivos de todo el mundo.
En este marco desesperanzador, recientemente se conoció un acuerdo entre los gobiernos de EE. UU. y Venezuela, según el cual el primero asegura para sí, a muy bajo costo, una gigantesca cantidad de reservas petroleras del subsuelo venezolano. Con este negocio, los norteamericanos aseguran potencialidad energética y bélica, así como estabilidad económica para seguir mandando a nivel mundial.
Esto ha servido para que algunas amigas y amigos, desde diferentes latitudes, reafirmen la tesis de la traición y entrega del gobierno encabezado por Delcy Rodríguez a las pretensiones yanquis. Otros, por el contrario, no han dudado en afirmar que esta concesión permitirá respirar al pueblo venezolano y flexibilizar un poco las duras sanciones impuestas a ese país durante dos décadas. Unos y otros buscan justificar sus posiciones recurriendo a acontecimientos pasados y a planteamientos teóricos abstractos.
Las experiencias históricas, tanto como los manuales, pueden servir de referencia para la acción, pero solo como referencia. La historia no se repite. Pensar lo contrario equivaldría a incurrir en el más vulgar de los errores antidialécticos. Por muy similares que parezcan ciertas circunstancias, siempre hay detalles que hacen diferentes unas situaciones de otras. Un pequeño detalle puede abrir diferencias enormes.
Aunque el saqueo imperialista se ha dado en toda América Latina y en el mundo, la situación de Venezuela es inédita. Por eso, es el pueblo venezolano, y solo él, quien tendrá que encontrar las soluciones. Ese pueblo sabrá si debe lanzarse a una confrontación en la que combatirá solo o si debe buscar otros mecanismos, a costa de su independencia, para resolver la compleja problemática que afronta.
Tanto la guerra como la paz tienen sus tiempos. Para que una u otra sean justas, deben decidirlas los pueblos, sin aguzamientos externos. Si de algo estoy seguro es de lo que haré ante otra agresión militar a Venezuela: ¡¡absolutamente nada!! Como tampoco he hecho nada ante el genocidio contra Palestina o el bloqueo a Cuba.
Por eso, por respeto, evito los adjetivos para referirme a una u otra posición política de los hermanos venezolanos. Cada pueblo enfrenta al imperialismo como mejor puede hacerlo, de acuerdo con sus condiciones específicas, y no conforme a cómo lo resolvieron otros hace un siglo o a lo que dicen los teóricos externos y los manuales. Los norcoreanos, después de una cruenta guerra, decidieron armarse y mantenerse al margen de los conflictos internacionales; los cubanos han decidido resistir heroicamente y denunciar el bloqueo sin caer en las provocaciones; los iraníes decidieron responder militarmente a las agresiones imperiales; etc. Cada forma es respetable y válida.
En el fondo, la preocupación no debe ser cómo el pueblo venezolano, o cualquier otro pueblo, enfrenta al imperialismo. Esa es una decisión autónoma. La preocupación debe ser el imperialismo en sí mismo: el poder omnímodo de sus legiones salvajes y la falta de solidaridad que padecen los pueblos y Estados que sufren sus agresiones, una falta de solidaridad derivada del miedo al imperialismo.
Ahí está Cuba, sola ante el bloqueo; e Irán, solo ante la agresión sionista. Así estuvo Venezuela ante el ataque yanqui: ¿o cuántos portaviones llegaron al Caribe para respaldar a Caracas? El problema no es tanto si los pueblos ceden mucho o poco ante el poder imperial. El problema es la crisis civilizatoria a la que nos aboca dicho imperialismo y la falta de unidad y solidaridad efectiva para enfrentarlo. También yo quisiera que Venezuela y América Latina fuesen la tumba del imperialismo. De seguro lo serán. Pero eso no se dará por mi voluntad ni por mi deseo ferviente. Me temo que hará falta más que eso. Para empezar, creo que hará falta algún tiempo todavía para que nuestros pueblos se apropien de su destino.
Mientras tanto, sigamos luchando por el bienestar de nuestra gente, por la unidad de América Latina y contra ese monstruo insaciable que es el imperialismo yanqui. Luchando desde donde podamos, con las fuerzas que podamos ofrendar. Y, asimismo, respetemos a los demás que, desde donde pueden y como pueden, luchan por el bienestar de sus respectivos pueblos y contra el imperialismo.
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