
Por Andrea Martínez
Hay palabras que parecen pequeñas y que, sin embargo, han logrado ocupar un lugar en la historia. Cuando dejamos de nombrarlas, corremos el riesgo de invisibilizar las realidades que representan. La palabra “niñas” es una de ellas. Según la nueva dirección del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF), la palabra “niñas”, puede ser reemplazada tranquilamente por “niñez”, porque allí caben todas y todos. Pero las palabras no solo sirven para nombrar, también sirven para reconocer, para hacer visible, para recordar que existen realidades diferentes y, sobre todo, para señalar aquello que durante mucho tiempo se quiso mantener en silencio.
La reciente decisión de la actual directora del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF), María Carolina Restrepo, de eliminar inicialmente la palabra “niñas” y reemplazarla por “niños y adolescentes”, para posteriormente privilegiar el término “niñez” en las comunicaciones institucionales, como forma de explicar y corregir la decisión inicial, ha generado una discusión que va mucho más allá de la gramática.
La directora sostiene que “niñez” incluye a niños y niñas sin excluir a nadie. Sin embargo, cuando una institución cuya misionalidad es la de proteger derechos decide dejar de nombrar explícitamente a las niñas, cabe preguntarse: ¿Por qué incomoda que las niñas sean nombradas?
Porque sí, las niñas son parte de la niñez. Pero las niñas viven violencias particulares por el hecho de ser niñas. Son víctimas de violencia sexual, matrimonio infantil, explotación, feminicidio, acoso y múltiples formas de discriminación atravesadas por el género. Nombrarlas no significa excluir a los niños; significa reconocer que no todas las infancias habitan el mundo de la misma manera.
En una sociedad patriarcal, aquello que no se nombra corre el riesgo de invisibilizarse. Y lo que no se ve, difícilmente se convierte en prioridad de una política pública.
Recordemos que el propio ICBF ha reconocido anteriormente la necesidad de hablar específicamente de las violencias contra las niñas. En 2023, la institución conmemoró el Día Internacional de la Eliminación de las Violencias contra las Niñas, las Mujeres Adolescentes y Jóvenes junto a Resistencia Chiquita, una colectiva que utiliza el arte, la cultura, el teatro, la danza y la música para cuestionar las violencias y los estereotipos que las afectan.
Y aquí aparece una segunda escena que resulta imposible ignorar.
Durante una visita a la sede del ICBF, la directora cuestionó una intervención artística en una pared donde aparecía la expresión “Resistencia Chiquita”. Su reacción fue considerar que se trataba de una forma de ideologización de los niños y niñas. Llegó incluso a preguntar qué podía saber una niña o un niño sobre la palabra “resistencia” y sostuvo que un niño “lo único que tiene que hacer es jugar”.
Pero Resistencia Chiquita no es una consigna inventada por adultos para adoctrinar a la infancia. Es el nombre de una colectiva que nació después del feminicidio de Yuliana Samboní, una niña de siete años asesinada en Bogotá en 2016. Surgió de una pregunta profundamente dolorosa: ¿Podría pasarles lo mismo a otras niñas? Desde entonces, sus integrantes han encontrado en el arte una manera de activismo y expresión; una manera de defender sus derechos y de construir espacios seguros para otras niñas.
Entonces aparece una contradicción que debería preocuparnos: ¿Desde cuándo escuchar a las niñas es ideologizarlas? ¿Desde cuándo permitirles nombrar la violencia que las afecta significa instrumentalizarlas? ¿Desde cuándo una niña pierde el derecho a resistir simplemente porque alguien adulto considera que la infancia debe limitarse a jugar? Y, sobre todo, ¿acaso las niñas no tienen voz?
Proteger a las infancias no significa mantenerlas en silencio. Al contrario, implica reconocerlas como parte de la sociedad y garantizar que puedan hablar, participar, crear, preguntar, disentir y expresar aquello que viven. Nuestra legislación reconoce a los niños, niñas y adolescentes como sujetos de derechos, no como objetos pasivos de protección. Quizá allí se encuentre el verdadero problema: en una concepción en la que los adultos hablan por las infancias, pero se inquietan cuando estas comienzan a hablar por sí mismas.
Y la cuestión del lenguaje vuelve a aparecer. Después de las críticas por la eliminación de la palabra “niñas”, el ICBF explicó que “niñez” incluía a todas las infancias. Pero el comunicado que buscaba aclarar la controversia fue dirigido a “trabajadores y colaboradores” de la institución. Es difícil no advertir la paradoja: mientras se reivindica una supuesta neutralidad del lenguaje, se reproduce una fórmula que vuelve a colocar lo masculino como supuesto universal.
No se trata de exigir que cada frase deba contener todas las identidades posibles. Se trata de comprender que la inclusión no consiste únicamente en encontrar una palabra que supuestamente abarque a todo el mundo. La inclusión consiste en saber cuándo necesitamos nombrar una experiencia particular; consiste en apropiar la perspectiva de género a la vida, al quehacer colectivo y a las decisiones institucionales.
Decir “niñez” puede ser pertinente. Decir “niños y niñas” también. Y hablar de “niñes” puede ser necesario cuando queremos reconocer a quienes no se identifican dentro del binario de género. La riqueza del lenguaje está en su capacidad para responder a las realidades humanas, no en obligarnos a reducirlas para que encajen en una única palabra.
Pero hay algo más que resulta difícil pasar por alto. En su publicación más reciente en su cuenta de X, la directora del ICBF escribió: “Me cansan las feministas de cartel. Las que creen que el feminismo es una pañoleta, un color o una consigna. Trivializan la historia y la convierten en una pose. El feminismo no es una utilería ni una moda ideológica”. Precisamente por eso vale la pena tomar en serio sus palabras. Si el feminismo es una lucha histórica por la equidad, entonces ¿cómo se construye esa equidad si nos negamos a reconocer las desigualdades concretas que viven las niñas y las mujeres?
La igualdad no consiste en fingir que las diferencias no existen, ni en utilizar una palabra aparentemente neutra para dar por resuelto el problema de la discriminación. La equidad exige reconocer las desigualdades estructurales y actuar frente a ellas.
Me gustaría entonces, contarle a la directora del ICBF, que los feminismos nacieron porque las mujeres no podían votar, estudiar, decidir sobre sus vidas, acceder a determinados espacios ni participar en igualdad de condiciones. Y muchas de esas luchas fueron posibles porque hubo mujeres que se atrevieron a nombrar aquello que otros preferían no nombrar. De esta forma, resulta paradójico hablar de los feminismos mientras se cuestiona la necesidad de nombrar a las niñas.
Por eso esta discusión importa. Importa porque ocurre en una entidad cuya labor es proteger a las infancias. Importa porque ocurre en un contexto político en el que los discursos conservadores han convertido el lenguaje en un terreno en disputa, donde se cuestiona qué palabras pueden circular, qué identidades merecen reconocimiento y qué luchas son legítimas. Lo preocupante es que, en esa disputa, las primeras en pagar el precio pueden ser justamente aquellas cuya voz históricamente ha sido silenciada.
Las niñas no necesitan que los adultos decidamos por su capacidad de resistir. Necesitan que dejemos de subestimarlas. Y quizá por eso resulta tan potente el nombre de aquella colectiva: Resistencia Chiquita. Porque no hay nada contradictorio entre ser niña y resistir. Una puede jugar y resistir. Puede bailar y resistir. Puede pintar y resistir. Puede reír y resistir. Puede tener miedo y resistir. Puede ser pequeña y tener una voz enorme.
En momentos difíciles para las niñas, las mujeres y las diversidades en Colombia la pregunta más incómoda de la discusión quizá no sea por qué insistimos tanto en decir “niñas”, sino por qué, en ciertos momentos políticos, nombrarnos vuelve a parecer peligroso. Y cuando nombrar a las niñas se vuelve peligroso, tal vez lo verdaderamente peligroso no sea la palabra, sino aquello que la palabra nos obliga a mirar.
Foto: Charlein Gracia @ Unsplash
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