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Photo by Steve Johnson on Unsplash

A propósito de El beso de la mujer araña de Manuel Puig

Por Wilmer Rodríguez

Manuel Puig escribió en 1976 la que quizá sea su obra más conocida y emblemática: El beso de la mujer araña. Puig, declarado abiertamente homosexual, se atreve a escribir una novela sobre la represión, la marginación, la violencia de Estado y, por supuesto, la homosexualidad en el contexto de la dictadura argentina. Como era de esperar, la obra fue prohibida y censurada en el país y el autor perseguido y confinado al exilio. La novela conjuga la pasión por el cine, el amor por los boleros, la experiencia de vida en la cárcel y las reflexiones sobre la homosexualidad. El resultado es una historia cruel, despiadada pero a la vez romántica e impactante. Una experiencia que nos lleva a conocer de cerca los sentidos y significados de la represión política y sexual de una sociedad que ha alcanzado los límites de la violencia. Puig se atreve a contar una historia que incomoda, que viola las convenciones sociales, los patrones culturales dominantes y la moral católica. Da voz a lo que la sociedad no quiere oír ni ver, y muestra otra de las caras ocultas de la violencia de Estado: la violencia de género.

Los dos protagonistas principales comparten celda en una prisión argentina: el primero es un preso político de la dictadura; el segundo, un homosexual condenado por corrupción de menores. Valentín Arregui es un militante comunista acusado de liderar e incitar la rebelión y protesta de los sindicatos obreros; es un tipo serio, rudo, con una convicción profunda de sus ideales marxistas, víctima constante de torturas físicas y psicológicas por parte del Estado. Valentín ronda aproximadamente los 26 años, aunque su historia personal, que sale a flote a intervalos o emerge como resultado de la desesperación, es difusa. La represión restringe su voz, fragmenta su historia; lo que conocemos de Valentín son piezas sueltas de un rompecabezas complejo.

Luis Alberto Molina, por su parte, es un homosexual condenado por corrupción de menores; es una persona sensible, cariñosa, amante del cine (sobre todo el cine de Hollywood) y los boleros. Se convierte en un espía del gobierno a cambio de la libertad condicional; su misión es sacarle información secreta a su compañero de celda. Su esperanza, que poco a poco va cambiando de horizonte, es volver a casa a cuidar a su madre enferma. Molina se enamora de Valentín y se sumerge en una historia con un final inesperado.

En la celda, la convivencia entre Molina y Valentín es pacífica: se empieza a cultivar una intimidad en medio de la represión y la violencia. Para pasar el tiempo, Molina le narra a Valentín las historias de las películas que dejaron huella en su memoria. Le cuenta la historia de la mujer pantera, una mujer que al besar a los hombres se transforma en un felino salvaje. También le narra una historia de amor en el Tercer Reich: un militar alemán, alto dirigente de la cúpula nazi, se enamora de una hermosa cantante en la invasión a Francia. Los rebeldes franceses terminan por asesinar a la traidora; el amante se erige como un héroe que seguirá con el proyecto de expansión y revolución nazi, a pesar de haber perdido a su amada. También le cuenta la historia de una cantante mexicana, esclava de un magnate, que decide dejarlo todo por seguir al amor de su vida: un periodista caído en desgracia por las peripecias de este amor.

Lo que comienza como una simple distracción se convierte, con el paso del tiempo, en una forma de comunicación activa entre los dos presos. A través de las historias de cine, Molina va contando su vida, sus sentimientos y experiencias; provoca en Valentín reflexiones sobre la violencia del Estado, las representaciones y símbolos del nazismo, las dictaduras y el totalitarismo, las contradicciones del amor romántico y, por supuesto, la construcción de las identidades de género. Los dos protagonistas se sumergen en una relación sexual, caótica: amor, pasión y agradecimiento entre dos hombres que develan, en la peripecias y experiencias de la prisión, la cruda realidad de la violencia de Estado y la estigmatización social.

La novela es una crítica directa y profunda a las estructuras de dominación y represión heteropatriarcales en la dictadura argentina. Puig no sólo pone en evidencia la violencia encarnada en las prácticas y representaciones sobre la homosexualidad sino que también cuestiona los valores y normas de la sociedad argentina en su conjunto, incluido, por supuesto, la discriminación de género de la militancia comunista. Política y sexualidad en Puig no constituyen dos ejes diferenciados y excluyentes. Al contrario, la política no solo es práctica y ejercicio del poder ni proviene únicamente de las relaciones sociales, sino que nace de lo más profundo del ser, es decir, del organismo, las representaciones y usos del cuerpo humano. La sexualidad, por lo tanto, es un ejercicio político fundamental y el género una disputa por la libertad.

En la novela, la política represiva del Estado es una política contra los cuerpos, las identidades, la libertad integral del ser humano. El Estado tiene género, es masculino, pero también tiene sexo, es heterosexual. Puig desentraña las estructuras de dominación política, social y cultural pero, sobre todo, sexo-genéricas, bajo las cuales se detonan todo tipo de violencias en la sociedad. En los tiempos de la dictadura parecería que los problemas más relevantes son, valga la redundancia, políticos, entendiendo como tales: el control de los aparatos de estado, la supresión de la democracia, la desarticulación social y política del país y, por supuesto, la represión y violencia contra cualquier atisbo de disidencia u oposición política. Sin embargo, se deja de lado esas violencias invisibles, cotidianas, silenciosas, enraizadas en lo más profundo de la historia, en los cimientos de la sociedad, las violencias constitutivas de género que han violentado sin parar a los seres humanos. Las jerarquías de poder, las relaciones de dominación, el peligro del totalitarismo, no pueden ser entendidos por fuera del poder del patriarcado.

Puig complejiza los conflictos de la dictadura argentina al visibilizar otro tipo de actores afectados directamente por la represión estatal: los homosexuales. De igual forma, cuestiona los paradigmas dominantes de la sexualidad y el género y sus efectos en la construcción del poder político. Este fenómeno se hace evidente en la relación que establecen Valentín y Molina. En primer lugar, Valentín mantiene un contacto impersonal con Molina (el hecho de dirigirse a él a través de su apellido, por ejemplo); en el fondo, Valentín reproduce los estereotipos construidos por el heteropatriarcado. El homosexual es concebido como un ser anormal, desviado y, por lo tanto, ajeno a los procesos de transformación y cambio político. La revolución se convierte en un asunto de hombres, como toda disputa por el poder.

El proyecto de la militancia de izquierdas sigue reproduciendo las formas de exclusión y violencia de género. Puig quiere interpelar a los lectores y mostrar que la política tiene género y que tanto el Estado, la sociedad como la izquierda política no contemplan las diversas identidades de género. La novela, entonces, se convierte en un panfleto político y un ensayo científico. Puig, en las notas de página, empieza a reflexionar desde distintos campos de conocimiento sobre la homosexualidad. Paralelo a la historia de Molina y Valentín, nos narra cómo las ciencias biológicas, neurológicas, el psicoanálisis y la sociología han explicado la homosexualidad. Desde la teoría de los desequilibrios hormonales, los orígenes físicos de la homosexualidad, pasando por la teoría freudiana de la libido bisexual en la infancia y el mito de Edipo y Narciso en la represión sexual; así como la identificación o rechazo de patrones de conducta femeninas o masculinas en la infancia desde la sociología y las reflexiones de la libertad sexual y la búsqueda de placer en la filosofía, el autor nos acerca a los debates sobre la homosexualidad y sobre los cuales se han construido cánones de estigmatización (la homosexualidad como problema psicológico, biológico) pero también las bases para la lucha y movilización (homosexualidad como libertad y derecho humano).

Sin embargo, el efecto político más importante se construye desde la estética de la novela: la construcción de amor homosexual. Sin lugar a dudas, Puig muestra cómo la novela puede ser un artefacto explosivo de acción política y transformación social. Rompe con los cánones y representaciones dominantes fundamentales de la sociedad: el amor heterosexual. Pone a los lectores y lectoras como testigos de la construcción de amor, como representación, pero a la vez como manifestación sexual entre dos hombres. Molina y Valentín entablan una relación romántica de complicidad, pero también una relación sexual. No hay escenas de sexo explícito; por el contrario, se hace énfasis en los códigos de amor romántico. No hay brutalidad y deseo desenfrenado; hay ternura, complicidad. Se rompen los esquemas culturales dominantes. No se puede afirmar que Valentín, que tiene una historia de amor con una mujer a la que ama y recuerda constantemente, se haya transformado en homosexual. Puig juega con esta ambivalencia y muestra, a la vez, a la homosexualidad como diversidad por sí misma. Es decir, evidencia que no existe un tipo homogéneo de homosexual sino variadas manifestaciones de la homosexualidad.

Sin duda, El beso de la mujer araña es una novela explosiva, controvertida e impactante. No solo cuenta una historia sino que opera, sin serlo del todo, como un texto académico y como un panfleto político que expresa la disidencia y la militancia política desde otro frente: el campo de la literatura, como campo de disputa de las representaciones y significados del mundo. La novela es también un documento etnográfico que nos habla de los contextos, las historias, las relaciones de poder y los mundos simbólicos en los que están sumergidos los escritores, y nos adentra en un debate fundamental para entender el origen de las múltiples violencias que atacan al ser humano.