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Margarita García Robayo. Foto: Romina Santarelli

Paula Andrea Marín Colorado*

Dice la karateka Leila Guerriero que en sus textos solo usa la primera persona cuando la experiencia que quiere narrar es intransferible. Cuando leo Primera persona, el más reciente libro de cuentos de la escritora colombiana (radicada desde 2005 en Argentina) Margarita García Robayo, no me quedan dudas: lo que hay allí es una experiencia intransferible, solo narrable a través de esa primera persona. Una de las formas de publicitar el libro ha sido decir que los cuentos reunidos (publicados por primera vez en diversas revistas del continente) hacen parte de la autobiografía de la autora; entonces, recuerdo conversaciones con amigas y colegas acerca de que gran parte de la literatura escrita por mujeres ha sido relacionada con ese mismo aspecto autobiográfico y que, por esto, ha sido subvalorada.

¿Me molesta? Creo que no. La misma Robayo lo cuenta en alguna de las varias entrevistas que ha dado en los últimos meses por la publicación de este libro: su escritura parte de una necesidad personal por indagar, reflexionar, descubrir qué y cómo piensa y siente, necesidad que –por supuesto– debe trascender lo meramente anecdótico. Sus cuentos son una amalgama de experiencias propias de las que echa mano para construir una historia –como lo hacen todos los escritores en mayor o menor medida–. Si a la mujer, históricamente, se le ha negado la participación en la vida pública, la escritura es, primero, una manera de exteriorizar su mundo interior y designar, desde allí, una identidad.

¿Por qué una escritora del siglo XXI elige la indagación de la intimidad como su problemática estética y vital? El espacio literario actual –como el de hace cien años– pareciera estar dividido entre aquellos escritores que eligen inquirir, reconstruir, cuestionar la realidad y la historia de su sociedad, y otros para quienes lo necesario literariamente es volcarse hacia la indagación en el lenguaje mismo y en las relaciones entre diferentes tipos de discursos; elegir la indagación de la intimidad, de los lazos familiares, de pareja, de amistad y consigo mismo pareciera ser una vía alternativa, entre ambos mundos: al querer profundizar en sus experiencias íntimas, García Robayo examina y cuestiona el funcionamiento menos visible de esa sociedad y lo deja expuesto.

Todos los cuentos de Primera persona hacen eso de una manera animalesca, brutalmente honesta, directa: la persona que nació en una ciudad del trópico con mar, pero que le teme a sus aguas y a través de ello pone en crisis toda identidad; la atracción por los hombres mayores y el recuerdo infantil y placentero del padre; la disfuncionalidad familiar por la depresión materna y la necedad de negarla para mantener un orden superficial; los mitos sobre la maternidad que se deshacen entre noches sin dormir, llantos que no paran y miedos a no poder, a no ser; la identidad que se construye en contra de los lugares fijos; la ambigüedad de todo vínculo familiar y sobre todo de aquel que se elige en forma de hijos, marido, esposa; la culpa sexual instalada desde la niñez, como un dispositivo efectivo, por el colegio, la familia, los vecinos y la ciudad entera.

Quizá lo mejor de estos cuentos de García Robayo sea su elección por un lenguaje que se aleja de lo políticamente correcto, pero que no resulta políticamente incorrecto solo por parecer una eterna “chica mala” (o los lugares comunes de los “rebeldes” per se). El lector –yo– siente que su única búsqueda obedece a escribir, decir, expresar sus pensamientos y sentimientos de la manera más clara y escueta posible, aunque sus palabras muchas veces enuncien eso que pensamos pero que no nos atrevemos a decir en público. Su pudor solamente aparece en el último cuento del libro: “Educación sexual. Folletín adolescente”. Quizá toda adolescencia sea folletinesca –y quizá muchas adulteces se queden allí, a nuestro pesar– y tal vez incluir esa palabra en el título funcione como una advertencia para sí misma, una licencia que le permite hablar de esa educación sexual recreando la voz de la adolescente que fue. Y, sin embargo, lo que hay en ese cuento es una elaboración de las causas de la fragilidad sentimental de muchas y tantísimas mujeres en este país y en este continente.

Con el tiempo, el olfato literario se (me) va afinando (¿limitando?) más. Abro un libro y leo la primera línea, el primer párrafo, y si mi sensación es la de irme de inmediato a un café o al sillón de colores de mi sala o a mi cama con el libro en la mano, sé que voy a comprarlo y que no pararé hasta terminarlo. En esta ocasión, también hay que sumar que la edición de Laguna Libros es un libro que dan ganas de abrir (y que se puede realmente abrir) y sostener en las manos y en los ojos. Curiosamente, no guardo de él muchas citas para mi bitácora lectora; no hay grandes frases memorables en Primera persona, sino un tono que se mantiene a lo largo de todos los cuentos, como si fuera una gran cita que habría que releer toda, que habré de releer toda. Quien se quiera ir a vivir a otro país, que lea este libro; quien desee hacer un recuento de sus amantes, que lea este libro; quien quiera repasar la relación con sus padres, que lea este libro; quien sea, quiera ser o no quiera ser madre-padre, que lea este libro; quien esté casado, rejuntado, soltero o separado, que lea este libro; quien quiera mirar con rabia y consideración su pasado adolescente, que lea este libro.

Estoy en un aeropuerto de una ciudad de este país. Tengo tiempo y adoro los aeropuertos, y no puedo ser más feliz. Busco un lugar para comer y tomar algo, para sentarme. Hay sol, montañas; busco extender ese momento tanto como me sea posible. Me gusta inimaginablemente el camino que recorro entre el aeropuerto y la ciudad, pero hoy quiero sentarme a leer y a terminar el libro de Margarita García Robayo. En los televisores hay fútbol, pero hay forma de alejarme de ellos. El sol y las montañas y este libro que vuelve a tocarme en el centro mismo de la pregunta por la escritura, por la mujer, por la interioridad: la mía, la de todos.

Referencia: Margarita García Robayo, Primera persona, Bogotá: Laguna Libros, 2018 (primera reimpresión).

*Investigadora en literatura y edición colombiana


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