Comunicación crítica para tiempos críticos

El país de la furia

Por Gustavo Montenegro Cardona

Tener a mano algunos datos para comprender la calidad de vida en Colombia puede resultar útil a la hora de lograr la foto panorámica que nos dé cuenta de la razón del fervor con el que se han vivido los días de un paro que ya resulta inolvidable, histórico por ponerle una etiqueta y desafiante para atrevernos a abrir una puerta de esperanza hacia futuro.

Para comenzar, bien podemos recordar, sin equivocación, que Colombia es uno de los países más desiguales, siendo la brecha económica, la falta de acceso a servicios de calidad en salud y educación los indicadores más significativos en los diversos análisis que trazan las métricas comparativas.

Para 2020, según el DANE, más de tres millones de colombianos ingresaron a la condición de pobreza y otros tres millones cayeron en el pozo de la pobreza extrema. En la actualidad más de 21 millones de personas alcanzan a subsistir con un ingreso mensual que no supera los cuatrocientos mil pesos, una cifra que limita todo tipo de decisiones, pues o se come o se busca habitación, o se viste o se cuida de la salud… ni pensar en temas como acceso a la educación o a servicios públicos de calidad.

Si 400 mil pesos es un monto que resulta irrisorio para que una familia pueda vivir en condiciones dignas, ¿qué decir de los más de siete millones de colombianos que apenas generan ingresos por menos de $145.000 y que se ubican en la línea de la pobreza extrema?

Ese mismo país, el que muchos bautizaron como la Colombia Profunda, la nación constituida por las regiones, las zonas periféricas y los territorios alejados de la centralidad nacional y de sus propios entornos regionales, es la que aún no cuenta con agua potable de calidad, pues la brecha del acceso al servicio está por encima del 40% en los principales casos urbanos. En regiones como el Pacífico colombiano, el 80% de su población no conoce todavía de acueductos y alcantarillados, ni de flujo regular de agua, ni de condiciones de salubridad para su ingesta.

Mientras en ciudades como Bogotá o Medellín la cobertura de redes de acueducto es prácticamente del 100%, hay regiones de Colombia que deberán esperar por lo menos 20 años o más para contar con un servicio digno para el suministro de agua potable. La desproporción es inmensa. Ese mismo país es el que ha vivido desconectado del corazón de la nación. Según el Foro Económico Mundial, Colombia ocupa el deshonroso lugar 92 entre 140 países evaluados según su desempeño en vías de interconectividad que favorezcan el crecimiento económico interno y facilite procesos de importación y exportación.

Por otra parte, el estudio Pulso del DANE permitió conocer que hoy 2,4 millones de hogares colombianos ingieren menos de tres porciones diarias de alimento; 2,2 millones de familias en el país comen dos veces al día; 179.174 hogares se alimentan solo una vez y 23.701 hogares a veces no tienen un plato diario de comida, ni mesa, ni solución pronta para resolver su necesidad básica.

Es de ese país, de esa Colombia muchas veces oculta y silenciada, de donde hoy surge una generación cansada, hastiada, desesperada, colmada de una furia que tiene, sin dudas, todas las razones y justificaciones para salir a las calles, elevar la voz, gritar y encender todo aquello que simboliza el poder que ha permitido, sin vergüenza alguna, que en lugar de resolver los asuntos más urgentes para millones de colombianos, haya posado toda su atención en el beneficio de unos pocos y el crecimiento desmedido de unos favorecidos por la exclusividad del sistema dispuesto con todos sus recursos para satisfacer sus propios intereses.

El sentimiento que hoy hierve en las calles es el de un fuego que se ha ido incrementando en el corazón de miles de jóvenes, hombres y mujeres, que en lugar de encontrar soluciones, oportunidades u opciones cercanas a la reivindicación de lo que por derecho les corresponde bajo la firma del contrato social básico que les otorga la Constitución nacional se estrellan con obstáculos, limitaciones, condiciones, burocracia y letra menuda experta en cerrar las puertas, en decir no, en discriminar, estigmatizar y condenar.

Ese fuego pareciera tener los mismos leños con los que se alimentó la hoguera de El Bogotazo, y con el que se cocinó un conflicto armado interno que durante seis décadas se convirtió en el mejor pretexto para reafirmar una narrativa de buenos y malos, que dibujó todo tipo de enemigos y salvadores y que, por las furias acumuladas, permitió todo tipo de desmanes, atrocidades y violencias que arrasaron con todo y contra todos hasta dejar el trágico saldo de más de 8 millones de víctimas que aún no terminan de encontrar en el Estado una solución a tanto dolor.

Sin embargo, quienes hoy se ubican en todas las líneas de promoción y defensa de la movilización social, nos han demostrado que la suya no es una lucha para favorecer desgastados mesianismos o instaurar un modelo de pensamiento político o para implementar un esquema de desarrollo económico; no, lo de ellas y ellos es una antorcha encendida por la angustia del hambre, por el desespero del no futuro.

Los pueden tildar de vándalos, facinerosos, infiltrados de la guerrilla, malandros, tira piedra, lo quieran; ellas y ellos lo que desean es ser escuchados, por las buenas o por los malas, pues ya estuvo bien de seguir creyendo en la representatividad como mecanismo legítimo para el diálogo: la democracia también los defraudó, hicieron del modelo una privada sala de espera.

Esta muchachada ya no quiere ganarse el cielo, quiere vivir con dignidad en la tierra. No creen en la institucionalidad y tienen todas las razones para desconfiar de quienes le mintieron a sus abuelos y a sus padres. No les interesa saber ni de Bolívar, ni de Belalcazar, ni de Nariño; quieren comer, trabajar, estudiar, salir a la calle sin miedo, tocar puertas y que les abran sin necesidad de andar arrodillándose para que les garanticen lo que por derecho les corresponde: salud, educación, dignidad.

No entienden la represión y si hay que salir a pelear tienen todas las ganas para hacerlo; al fin y al cabo, andan guerreando desde que nacieron. Si los provocan tienen con qué responder, pues se cansaron de “comer callados”, de rendir culto a todas las figuras que les recuerda el establecimiento del poder: profesores inquisitivos, iglesias retrógradas, credos efímeros, politiqueros mentirosos, banqueros bandidos, gobernantes ineficientes, hipócritas guardianes de la moral y las costumbres coloniales.

En su simbología de manifestación, esperan que quienes se solidaricen con su causa, alcancen a entender lo que significa que no llegue el alimento, que no haya gas, que no caiga agua, que no se asome la luz, que lluevan balas, que les caigan todos los puños encima por atreverse a desafiar a quienes aún ostentan la calidad de dueños de la finca, amos de su cuerpo y alma, patrones de su tiempo, capataces de su dignidad.

Se cansaron de ser pisoteados, ninguneados y menospreciados. Llevan veinte días gritando, lanzando fuego, sacudiendo su furia, la ira que los inspira para no decaer ante la arrogancia de una clase dirigente que se acostumbró a creerse dueña del país, heredera de la nación, todopoderosa e irremplazable, defendida por la gente de bien, por los que con una mano señalan y disparan, y con otra se persignan y cargan la camándula; por los que gozan del privilegio de ver el agua salir de sus grifos a chorros de indiscutible placer, por los que comen hasta siete veces por día, por los que pudieron pisar todas las aulas de todas las universidades, por los que creen que las cosas se solucionan con justicia ciega, con bala indiscriminada y comprando todo lo que se pueda transaccionar; los que gozan de carreteras de cuatro carriles, los que pueden viajar a la finca, los que pueden volar y soñar con seguir volando, los que se indignan por los vidrios rotos o las estatuas caídas, los que saben de medicina pre-pagada, como saben también del amor a cuotas.

Ante la indolencia, furia; ante los oídos sordos, más furia: ante la estigmatización, los señalamientos, las condenas anticipadas, la persecución y los odios no fingidos, más furia. Así el país comienza a ver llamas nuevas, fuegos recientes, gritos a todo pulmón que, al menos por ahora, se resisten a ser callados y se han convertido también en baile, en danza, en pintura, en letras vivas, en poemas recuperados, en maromas circenses, en batucadas que retumban con los corazones agotados de creer que además de ser condenados por la pobreza, ahora tengan que ser condenados por salir a la calle a contar gotas de furia incontenida.


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