Por Edwin Manuel García Maldonado
Siguen sorprendiéndome algunos de los principales representantes del Gobierno nacional. No tanto por lo insensato de ciertas decisiones como por el oscurantismo que revelan. Lo ocurrido recientemente con obras de arte y exposiciones del Museo Nacional, así como los intentos de borrar de la memoria colectiva figuras que les resultan incómodas, responden a una misma tendencia: imponer una manera particular de interpretar el mundo, incluso a costa de desconocer la realidad.
A estas expresiones se suman la criminalización de la vida universitaria, la pretensión de encarcelar el lenguaje, la satanización de las opciones sexuales y la entronización sectaria de una creencia religiosa. Todas comparten un rasgo fundamental: la aversión a lo diferente.
Quienes actúan de esta manera no soportan que en Colombia existan múltiples formas de interpretar nuestra historia, comprender la realidad y concebir la vida. Les incomoda que haya un mundo por fuera de sus creencias y privilegios. Por eso, cuando pretenden proscribir expresiones como «niños y niñas» o excluir de la memoria nacional a figuras como Carlos Pizarro, no están simplemente cuestionando palabras o personajes. Están intentando negar realidades que existen, independientemente de que les gusten o no.
Carlos Pizarro representa una de las expresiones políticas más significativas de una manera de sentir e interpretar el país. Se puede discrepar de sus ideas, de su trayectoria o de sus decisiones; lo que no tiene sentido es pretender que esa experiencia desaparezca de nuestra historia porque incomoda a determinados sectores. Las realidades no dejan de existir porque alguien decida ignorarlas. Negarlas es sustituir la comprensión del mundo por los prejuicios de quien pretende imponer su visión.
Esta conducta es contraria a los principios más elementales de la democracia, incluida la democracia liberal. Pero sus implicaciones van más allá de la política: representa un retroceso frente a los avances de la civilización moderna y una negación de la diversidad que caracteriza a nuestra especie. Nunca ha existido una única forma de ser, sentir o percibir el mundo. La historia de la humanidad, su evolución y su desarrollo cultural dan cuenta de esa pluralidad.
Resulta paradójico que, en una época en la que el conocimiento científico amplía continuamente nuestra comprensión de la naturaleza humana, todavía haya quienes pretendan someter la realidad a sus convicciones particulares. El problema no consiste en tener creencias, ideologías o principios, sino en convertirlos en dogmas que se consideran superiores a los hechos y que, por tanto, no admiten discusión.
Cuando algo contradice las propias convicciones, se censura; cuando una expresión incomoda, se proscribe; cuando una figura histórica no encaja en el relato que se quiere imponer, se intenta borrarla. La realidad deja de ser el punto de partida del pensamiento para convertirse en un obstáculo que se busca eliminar. Así opera el oscurantismo: no intenta comprender aquello que cuestiona sus certezas, sino hacerlo desaparecer.
Pero la negación de la diversidad conduce también a la negación del diálogo. Y aquí el problema adquiere una dimensión más profunda, porque el diálogo y la argumentación no son simples recursos para resolver desacuerdos: son expresiones de nuestra inteligencia y de nuestra capacidad de construir una vida en sociedad.
El ser humano ha desarrollado en el lenguaje una de sus facultades más extraordinarias. Mediante él comunica experiencias, transmite conocimientos, examina sus propias ideas y confronta sus interpretaciones del mundo con las de los demás. La argumentación lleva esa capacidad a un nivel superior: nos exige ofrecer razones, someter nuestras afirmaciones a examen y reconocer que nuestras convicciones pueden ser cuestionadas. No basta con hablar; es necesario explicar, escuchar y estar dispuestos a revisar lo que pensamos.
Argumentar es, en ese sentido, una expresión de nuestra condición humana. Allí se encuentran el lenguaje y la inteligencia, el pensamiento y la relación con los otros. De esa capacidad surge la posibilidad de deliberar sobre los asuntos comunes, fundamento de la política en su sentido más elevado y condición indispensable de la democracia. La política no debe ser la imposición de una voluntad sobre las demás, sino el ejercicio mediante el cual una sociedad confronta sus diferencias y busca formas de convivir sin tener que anularlas.
Por eso, renunciar a la argumentación no significa únicamente empobrecer el debate público. Significa abandonar una de las facultades que nos permiten reconocernos como seres humanos capaces de razonar, comprender y construir vínculos más allá de nuestros intereses inmediatos. Cuando se sustituyen las razones por la mentira, el diálogo por la estigmatización y la deliberación por la imposición, no solo se degrada la política: se renuncia a ejercer de manera plena la propia humanidad y en su lugar aparece la bestialización del ser.
La ciencia, el arte y la democracia expresan, cada uno a su manera, esa capacidad humana de explorar, interpretar y confrontar el mundo. La ciencia busca comprender la realidad mediante el conocimiento y la investigación; el arte expresa la diversidad de la experiencia humana y abre nuevas formas de percibirla; la democracia hace posible que distintas concepciones de la sociedad se encuentren en el espacio público. Las tres requieren libertad para crear, preguntar y disentir. Cuando se las somete al dogma, no solo se restringen actividades particulares: se estrecha el horizonte de nuestra propia condición humana.
Por eso, la oposición a estas tendencias no puede reducirse a un desacuerdo coyuntural con el Gobierno actual. Lo que está en juego es la defensa de una sociedad en la que ninguna autoridad política, religiosa o cultural pueda arrogarse el derecho de decidir cuáles formas de pensar, sentir y existir merecen reconocimiento y cuáles deben ser expulsadas del espacio público.
No estamos, entonces, ante la simple confrontación entre dos opciones políticas. Estamos ante el riesgo de que se pretenda eliminar la posibilidad misma de elegir entre múltiples opciones, para entronizar una sola manera de ver el mundo, de percibirlo y de habitarlo. Una visión que, al imponer la uniformidad, apaga la luz y el color de la experiencia humana. Esa es, precisamente, la esencia del oscurantismo.
Colombia necesita avanzar en la dirección contraria. Somos un país de profundas diversidades regionales, políticas, sociales, económicas, religiosas y sexuales. Nuestra riqueza consiste en reconocernos como parte de una misma sociedad sin renunciar a nuestras diferencias. No basta con admitir que el otro existe: es necesario reconocer su derecho a ocupar un lugar en el mundo común, sin pretender uniformarlo.
En últimas, el negacionismo de la diversidad revela un profundo temor a la libertad humana y a la posibilidad de que las propias certezas sean cuestionadas y derrotadas mediante el diálogo. Quien confía en sus ideas no necesita borrar las ajenas; quien tiene argumentos no necesita silenciar al contradictor. La intolerancia aparece cuando se teme que la confrontación abierta de las ideas revele la fragilidad de las propias convicciones.
Por eso, las tendencias fascistas encuentran en la negación de la diversidad uno de sus rasgos más peligrosos: antes que reconocer al otro como parte de la humanidad, pretenden someterlo, excluirlo o destruirlo. Su incapacidad para aceptar la diferencia puede llevarlas incluso a preferir la guerra permanente antes que admitir la posibilidad de ser derrotadas por la fuerza de un argumento.
Defender la diversidad no es una concesión a quienes piensan distinto. Es defender nuestra condición humana y la democracia: una sociedad en la que las convicciones se sostengan con argumentos, las diferencias se tramiten sin violencia y nadie tenga que renunciar a su identidad para ser reconocido. Frente al oscurantismo, la respuesta no puede ser otra que más conocimiento, más arte, más diálogo y más democracia.