
Por Edwin Manuel García Maldonado
Ya comentamos, en otra ocasión, lo bien lograda que fue la primera temporada de la serie de Netflix Cien años de soledad. Destacamos varios aspectos de un trabajo que, a nuestro modo de ver, merecen elogio: desde su concepto fundamental, pasando por la producción y la actuación, hasta el entendimiento cabal de la esencia garciamarquiana de quienes asumieron el inmenso reto de llevar a la pantalla la obra maestra de la lengua castellana.
No se extralimitaron ni exageraron la representación de la novela escrita. He ahí, quizá, el mayor mérito de quienes materializaron la serie. Literatura y televisión se relacionaron guardando la debida distancia, dejando incólume la majestad de la primera y aprovechando la posibilidad didáctica de la segunda. La novela fue desacralizada, pero no irrespetada. Por eso podemos decir que Cien años de soledad está a salvo y, al mismo tiempo, más cerca del público contemporáneo.
Lo que más admiro en los buenos novelistas es esa capacidad de decir muchas cosas sin mencionarlas. Es la rúbrica del buen arte: no siempre necesita explicitarse para expresar. En ese sentido, quiero detenerme en dos aspectos que la segunda temporada permite percibir con particular claridad.
El primero es quizá el más disruptivo: Cien años de soledad narra desde el Caribe y no desde el centro del país. García Márquez desplaza el lugar desde el cual Colombia suele ser contada. En un país marcado históricamente por el centralismo, mirar la realidad desde el Caribe supone una inversión de la lógica dominante. Nada resulta más disruptivo para el supremacismo centralista que descubrir que Colombia también puede ser interpretada desde otras geografías, otras sensibilidades y otras formas de entender la vida.
Ahí empieza una de las subversiones más profundas de Cien años de soledad: en Macondo, la idiosincrasia imperante es la del Caribe. Por eso, lo raro pasa a ser lo andino.
Esto que a los ojos del lector y del público del interior del país puede parecer menor, pintoresco o simplemente exótico, representa para quienes hemos crecido en el Caribe una reivindicación y, por qué no decirlo, un alivio. El mundo no se explica desde el centro para ser llevado hacia la periferia: ocurre exactamente al contrario. El Caribe se convierte en el lugar desde el cual se mira, se interpreta y se narra Colombia.
Desde esa lógica, Fernanda del Carpio aparece como una representación extraordinaria —y de un humor finísimo— de aquello que resulta foráneo y extraño en un mundo Caribe. Ella, la única que puede presumir sus once apellidos peninsulares, no encaja en un pueblo donde la sencillez y la naturalidad forman parte de la atmósfera. Amaranta, refiriéndose a la “Reina de Madagascar”, lo resume en una sentencia que pesa un mundo: ¡es de las que confunde el culo con las témporas!
¿Podrá existir mayor desubicación que la de Fernanda en la casa Buendía? ¿Acaso no se representa allí, satíricamente y con cierta crueldad, la distancia entre el país Caribe y el andino?
Sin embargo, la beata logra imponerse mediante una maldad que llega hasta el engaño absoluto —con el que crea realidades alternas— y el homicidio. Es la hipocresía hecha personaje: reza y peca hasta la saciedad. Los Buendía, cuyo único interés parece ser vivir, inmersos en el desprendimiento como buenos caribes, descuidan por completo el dominio sobre la casa y terminan relegados y sometidos a la voluntad de la rezandera. La frialdad del cálculo perverso le gana a la candidez.
Cualquier parecido con la realidad…
Pero el Caribe no está hecho solamente de territorio, lenguaje, costumbres y formas de mirar el mundo. También está hecho de mujeres.
Y aquí aparece el segundo elemento que quiero destacar: siguiendo el rastro de sus mujeres, en las páginas y capítulos de Cien años de soledad puede percibirse la fuerza de la mujer Caribe, con su sensualidad demoledora y su capacidad de desbordar cualquier molde. Son personajes fascinantes y diversos, profundamente reconocibles para quienes hemos crecido en esta cultura: Úrsula Iguarán, la indiscutible matriarca; Pilar Ternera, coautora del éxodo y de la fundación de Macondo; Amaranta, quien anuncia su propia muerte, con fecha y hora, y teje su mortaja; la inocente Remedios, “La Bella”; la encantadora e indómita Petra Cotes.
Todas ellas existen con profunda libertad y pasión, entregadas obsesivamente a aquello que las excita, las define o las sostiene: desde el sexo, como Pilar Ternera, hasta la ingenuidad, como Remedios; desde la familia, como Santa Sofía, hasta la soledad, como Rebeca; desde la vida, como Meme, hasta la muerte, como Amaranta; desde el amor cómplice, como Petra, hasta la firmeza de carácter, como Amaranta Úrsula.
Puedo decir que las conozco a todas personalmente, porque en mi familia, como en tantas familias del Caribe, existe cada una de ellas. Se entregan a lo que desean con una fuerza semejante a los huracanes que desparraman nuestro mar. Hasta en el aparente sometimiento son ciclónicas. Hasta en el cuidado son exageradamente potentes.
Aquí se juntan los tres elementos que atraviesan esta obra: subversión, reivindicación y pasión.
Con razón Cien años de soledad salió de una casa familiar colmada de mujeres, pero también de esos otros universos vitales —los burdeles, los puertos, las ciudades tumultuosas— en los que García Márquez supo escuchar, observar y aprender. Su genialidad no consistió solamente en inventar un mundo, sino en tener la capacidad de recoger la vida allí donde ocurría, en lugares aparentemente inconexos, y convertirla en literatura.
Quizá por eso Macondo resulta todavía tan poderoso: porque parece inventado y, al mismo tiempo, reconocemos en él demasiadas cosas de nosotros mismos.
Y quizá por eso Cien años de soledad siga siendo tan peligrosa y hermosa.
Como el Caribe.
Como sus mujeres.
Foto: Erick Salas Agudelo @ Pixabay
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