Por David Paredes
Cualquier persona puede acusar a otra por la comisión de un delito. Como bien sabemos, si la acusación no está sustentada por pruebas, debe haber una retractación. Pero hay casos en los que la acusación es encubierta y, aunque haya un perjuicio en contra de la persona acusada, no hay lugar para rectificaciones.
Las acusaciones sin pruebas y sin juicio legal se transforman fácilmente en estigma. Es frecuente –como sugería Foucault hace medio siglo– estigmatizar a una persona o a una colectividad etiquetándola como “peligrosa”. Por lo general, esto no comporta una acusación directa. No equivale a acusar a nadie de ningún delito. Es, por así decirlo, un señalamiento a medias, que se sitúa en un lugar muchas veces no alcanzado por la justicia. Quien señala la supuesta peligrosidad de otra persona no tiene que retractarse públicamente como tendría que hacerlo si dijera –sin pruebas ni respaldo jurídico– que esa persona es, digamos, contrabandista. Pero el hecho de afirmar que alguien es peligroso tiene repercusiones sociales y políticas.
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