Por Edwin García

Urbanización de la vida nacional

La vida nacional experimentó un proceso de urbanización a partir de las décadas de los 40 y 50 del siglo XX. Han sido suficientemente tratadas las motivaciones de esta evolución de país rural a país urbano, destacándose como causa de este fenómeno el desplazamiento masivo y continuado impulsado por la violencia, la pobreza extendida, la imposibilidad de acceso a derechos, la carencia de servicios básicos, así como una insipiente industrialización, la cual, aunque no alcanzó niveles importantes, generó la esperanza de una mejor vida para los habitantes de la ruralidad.

El proceso de urbanización de la población nacional vivió su consolidación a mediados de los años 60 de ese siglo y en los 70 el proceso adquirió carácter de irreversibilidad, cuando la población urbana alcanzó la mitad del total nacional.
«Los censos de población realizados en Colombia dan cuenta del proceso de urbanización, registrando el mayor ritmo de crecimiento de la historia entre 1951 y 1973, periodo durante el cual la población urbana incrementó su participación en veintiún puntos porcentuales, al pasar del 39,0% en 1951 a 61,0% en 1973. A partir de este momento la participación urbana continúa en aumento, pero a un ritmo menor, alcanzando el 60,0% en el año 1975, el 71,0% en 1993 y una participación del 76,0% en el 2005.» (DANE. Atlas Estadístico. Tomo I Demográfico).

Pese a la desaceleración señalada, la tendencia se mantuvo hasta el punto de tener hoy una población urbana cercana al 81% del total nacional, lo cual excede la media internacional situada en 62%.

La urbanización en Colombia se ha visto afectada por las carencias que se trasladaron del campo y se agravaron en la ciudad, arrastrando las causas del desplazamiento hasta el entorno urbano que se ha visto superado por el fenómeno, sin posibilidades de absorber los flujos de población provenientes de la ruralidad. Es decir, si las causas de este proceso fueron la violencia, la pobreza, la usencia de derechos y carencias de servicios que se vive en el campo, en la ciudad se mantuvieron dichas condiciones. No podía ser de otro modo porque la urbanización no fue planificada ni se dio bajo parámetros de previsión y
sostenibilidad.

Como consecuencia de este proceso, las ciudades enfrentan hoy las condiciones descritas sin que se haya revertido la exclusión, miseria y vulneración masiva de derechos humanos de grandes contingentes de población urbana.

Proyecciones de la ciudad en Colombia

Desde su misma génesis determinada por la municipalización, hasta la forma en que se desarrollan las dinámicas cotidianas actuales, las ciudades están determinadas por procesos colectivos. La integración, la socialización y el intercambio permanente son elementos que constituyen la naturaleza de la vida urbana. No pueden concebirse las ciudades sin este carácter, por eso en ellas surgen ejercicios y experiencias de organización comunitaria de las más variadas formas y perspectivas.

Resulta sumamente contradictorio este carácter fundamentalmente colectivo de la vida en las ciudades -el cual sugiere y requiere un contexto democrático-, con las tendencias segregacionistas y excluyentes que han orientado la planificación urbana desde la institucionalidad. La vida urbana se hace colectivamente, pero la gestión planificadora se desarrolla bajo parámetros privatizadores del espacio, los servicios y las decisiones.

Esta contradicción protuberante engendra violencia y conflictividades de todo tipo:
mientras las comunidades y habitantes a través de múltiples dinámicas buscan escenarios de participación y emergencia, existe una institucionalidad que estrecha y restringe los espacios. Las ciudades constituyen “ollas de presión” en riesgo permanente de explotar.

Estas preocupaciones y problemáticas han generado nuevas formas de abordar y analizar el fenómeno urbano. Nuevas concepciones se abren paso y se proyectan bajo el entendido de la necesidad de democratizar la vida en las ciudades, de promover formas de planificarlas y ordenarlas en consecuencia con su carácter eminentemente colectivo e integrador. En este marco encontramos, por ejemplo, iniciativas relacionadas con el acompañamiento institucional a las comunidades que habitan asentamientos humanos de origen informal; mejoramiento integral de estos entornos; adaptación al cambio climático y la gestión del riesgo a través de ciudades y centros urbanos verdes, biodiversos y resilientes; fortalecimiento de la descentralización administrativa e; incorporación de la noción de vidas urbanas como dimensión organizadora de la planificación y ordenamiento territorial.

Es necesario avanzar más en esta dirección para proporcionarle a la función planificadora el carácter democrático que requiere y ponerla en sintonía con la dinámica real de las ciudades. Si se nota bien, es un necesario retorno a la municipalización de la vida urbana, entendiendo esta categoría como forma democratizadora, amplia, plural y participativa desde la cual se debe construir el estado y las relaciones con la institucionalidad. Sobre esto último volveremos en una próxima entrega.

Foto: Kobby Mendez on Unsplash


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