Por Camilo Parra

A pocas horas de elecciones, cuando Colombia se vuelve un ring de micrófonos y consignas de esperanza y odio, conviene recordar una palabra que el escritor Eduardo Galeano encontró en las costas de nuestro país y supo convertir en brújula: sentipensar. Galeano aprendió de los pescadores de la costa colombiana que la vida no se vive divorciando la razón del corazón. El sentipensamiento es atar la emoción con el pensamiento, pensar con el corazón y sentir con la cabeza, buscando una nueva educación porque “la educación nos descuartiza: nos enseña a divorciar el alma del cuerpo y la razón del corazón”. Por ello, antes de saber elegir, hay que sentipensar, hay que sentir con la piel pegada a la tierra de este país de treinta y dos departamentos heridos, para que todo análisis no quede en un ejercicio frío de escritorio. Porque, como él mismo escribió, “el mundo no está arriba de la mesa, está abajo, muy abajo, y hay que agacharse para verlo”.

Y en lo que esta sobre la mesa, lo primero que se ve es el espectáculo. En esta campaña, la política colombiana ha parecido más un circo que una asamblea de ciudadanos. Los otrora outsider ahora pasan a llamarse “El Tigre” y que además, acompañada del ridículo de la IA, ruge en las tarimas, prometiendo destripar a sus adversarios. ¿Acaso creen que el poder se demuestra con colmillos y garras bajo vidrios polarizados? Galeano decía que “al sur se le permite el espectáculo, que eso no se le niega a nadie. Y a nadie molesta mucho, al fin y al cabo, que la política sea democrática, siempre y cuando la economía no lo sea”. Ese es el núcleo de la cuestión: la política convertida en espectáculo vacío, en ruido, en una brutal pérdida de tiempo que busca disfrazar la falta absoluta de contenido.

Esa supuesta fiereza, ese rugido de ventrilocuo que algunos candidatos intentan vender, no infunde respeto: da una vergüenza ajena que, en su potencia, debería despertar la indignación ciudadana. Un país no se gobierna con metáforas bestiales, con burlas a la tortura de animales, a la violencia sexual, ni con el afán de parecer más animal que el vecino para disimular la ausencia de ideas. Y este ridículo circo no es una rareza, es el síntoma de un candidato y sus seguidores que viven su realidad por encima de la mesa. 

Pero dejando el ruido animal, hay que ir abajo. Porque una cosa es rugir, y otra muy distinta es tener algo que decir. Aquí la diferencia es tan abismal que corta la respiración.

Iván Cepeda –filósofo, defensor de derechos humanos y luchador incansable por la paz – y la alianza por la vida, en su programa de gobierno de 433 páginas, nos demuestra que lejos de presentar un mamotreto inútil para impresionar a académicos: es el resultado de años de caminar el país, de vivir en el, de escuchar a las víctimas, de poner el cuerpo donde otros ponen el show mediático, de ser el anticandidato por negarse a seguir los guiones prefabricados que los medios y la mercadotecnia electoral imponen. En un contexto donde los debates se han convertido en un circo de respuestas de “sí, no”, Cepeda sigue hablando de derechos humanos, de verdad, de memoria y de un proyecto de nación robusto y estructurado.

Abelardo de la Espriella, su antagonista, defensor de mafiosos y que fácilmente puede seguir viviendo en Italia si pierde las elecciones presentó un programa de gobierno de tres páginas. Tres páginas para gobernar Colombia. Y no es un error de tipeo: es la materialización de la ausencia total de proyecto, de sustancia y de respeto por la inteligencia del electorado. La desproporción es tan obscena que duele: tres páginas que son reflejo del estudiante vago, que rellena con fotos y viñetas su tarea frente a cuatrocientas treinta y tres. A pesar de esto, no trato de fetichizar el tamaño, porque lo importante es la calidad y la concreción de las ideas; pero aquí, la calidad también está del lado de la propuesta seria. Las 433 páginas contienen reformas concretas, planes integrales para la paz, estrategias de desarrollo y justicia social, que son reflejo de sus contables lecturas en sus eventos públicos y que diferencia la necesidad de cada uno de nuestros departamentos. Las tres páginas de Abelardo son un collage de slogans autoritarios, ocurrencias vacías y un puñado de insultos disfrazados de política.

Por eso, cuando se habla del “tamaño de las ideas” y no del “tamaño de tu pene”, no se está simplificando el debate con un dato cuantitativo estéril. Se está afirmando que la preparación, la ética y el rigor también se reflejan en el esfuerzo tangible que un candidato está dispuesto a invertir. Un proyecto político de tres páginas no solo es corto: es una falta de respeto a la inteligencia del país, una declaración de principios de un personaje que no tiene nada que decir porque ni siquiera se ha tomado el trabajo de pensar el país en el que no vive y que aspira a liderar. ¿Qué clase de liderazgo puede proponer alguien que no tiene ni siquiera la paciencia de explicar su plan?

Y muy abajo, donde debemos agacharnos para ver nuestro mundo, ahí es donde brilla con luz propia la figura de Iván Cepeda. En un país que ha normalizado el escándalo y la agresión, que celebra la retórica violenta y desprecia la construcción paciente, a Cepeda se le ataca bajo el teléfono rotó y precisamente porque se niega a entrar en esa lógica mediática prefabricada. Porque cuando no sabemos que responder porque no acude a debates, es por que la calidad de sus ideas no se reducen a un formato de 30 segundos; porque cuando le preguntan, responde con ideas; cuando lo atacan, responde con propuestas; cuando le gritan, responde con la memoria de las víctimas.

Y los de muy, muy abajo, sabemos que “…  vamos a ganar la paz para nunca más perderla”. Esa frase concentra todo su proyecto y acaba con la retórica del fracaso de la paz: qué no se trata de ganar o perder elecciones, de aplastar al enemigo o de imponerse con la fuerza del grito. Se trata de ganar la paz como un triunfo colectivo que no puede volver a perderse jamás. Pero “ganar la paz” es una derrota para quienes han construido sus carreras políticas sobre la guerra. Por eso atacan a Cepeda, por eso intentan ridiculizarlo. Porque es más fácil gobernar con tres páginas de insultos que con 433 páginas de memoria y verdad.

Y aquí es donde entra el pueblo. Porque la ridiculez de los candidatos que se comparan con animales no es solo un error de marketing: es un diagnóstico sobre la cultura política que han decidido representar y que buscan reproducir, porque esa ignorancia les sirve. Es el síntoma de un sistema que premia el escándalo y castiga la seriedad. Pero esa ridiculez también dice mucho sobre quiénes votan por ellos. No se trata de insultar al votante, sino de preguntarse con honestidad: ¿cómo es posible que tres páginas escritas con desprecio compitan en seriedad contra cuatrocientas páginas de un proyecto de país? ¿Qué nos ha pasado como sociedad para que el ruido parezca más convincente que la razón?

Frente a nosotros, en esta elección, no solo hay candidatos: hay dos formas antagónicas de entender la política. Una, la del rugido vacío, el show del tigre y las propuestas de tres páginas que aspiran a reducir un país entero a un eslogan autoritario. Otra, la de la palabra pensada, el compromiso de las 433 páginas y la convicción de que la paz no es una debilidad, sino la única victoria que vale la pena construir. Es la misma analogía que ya sufrimos antes: la serenidad y la inteligencia de Iván Cepeda enfrentadas a un opositor violento y antiético, del mismo modo que Gustavo Petro tuvo que soportar, en su momento, la ridiculez y la amargura de un Rodolfo Hernández que confundía la política con un berrinche. La decisión, como siempre, está en las manos del pueblo, de los que vemos muy abajo. Y el pueblo, cuando siente y piensa a la vez, no se equivoca.


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