Por David Paredes

La senadora Andrea Padilla ha liderado una gestión ejemplar en el proceso de información, educación y transformación social a partir del respeto de la vida de los animales. El 6 de septiembre fue aprobado, en la Comisión Quinta del Senado, el proyecto de ley mediante el cual serían prohibidas, progresivamente, “las prácticas de entretenimiento cruel con animales”. Ahora habrá que esperar al debate que tendrá lugar en la plenaria del Senado. Pero despierta curiosidad el hecho de que, por el voto negativo de siete senadores de la bancada conservadora, se haya dejado a las corralejas por fuera del debate. ¿Por qué prohibir sólo otros espectáculos que suponen maltrato animal?

Si bien las corralejas no están pensadas explícitamente para que su desenlace sea la muerte del toro –como sucede con frecuencia en las corridas–, hay algo no menos intenso y significativo en el hecho de acorralar al animal, golpearlo, herirlo, lanzarle basura y restos de bebidas, o en espolearlo y jugar con su poderío y su respuesta de miedo.

Me parece que en estas prácticas hay una marcación de estatus: los participantes intentan un distanciamiento de la propia animalidad y, por tanto, simulan una victoria sobre la naturaleza, lo animal, lo salvaje, aquello que no está inscrito como sujeto en el lenguaje. Entre tanto, no puede ser gratuito el hecho de que este sea un ritual de hombres, que sean ellos quienes encierren y provoquen al toro y que, con ello, pretendan ofrecer a la comunidad una muestra de valor.

Pero puede ser tan aburrido que el toro se quede allí, azorado pero dubitativo, mientras los hombres se esmeran por hacer cabriolas y amagues tan ridículos como imprudentes, que la gente brega, ya desde la tribuna, ya desde la misma arena, para que pase algo, no importa si ello implica que mueran los hombres o el toro. De modo que, borrachos de adrenalina, atontados por la polvareda, por vallenatos a todo volumen, por la gritería de niños confundidos y señoras que se cubren un ojo para medio ver, estos hombres buscan valer negando su fragilidad y poniendo en riesgo su vida y la de otros seres vivos. La escena me hace recordar una conclusión que Elizabeth Badinter reitera en algunos de sus estudios: “la masculinidad tradicional es una amenaza para la vida”.

Por otra parte, resulta inquietante la relación que la construcción de esa masculinidad tradicional tiene con la comisión de delitos que, en mayor medida, afectan a las mujeres. En XY, la identidad masculina (1992), Badinter cita a Susan Brownmiller y a Andrea Dworkin en el momento de afirmar que “la violación es parte integrante de la sexualidad masculina, necesaria para sentar las bases de su dominación”.

Ahora encuentro una relación entre la cita y Matador (1986), la película de Almodóvar, esa ilustración del paralelo entre el torero y el feminicida, la lidia y la violación. «A las tías hay que tratarlas como a los toros, acorralarlas sin que se den cuenta», dice un torero que pretende instruir al aprendiz. Acto seguido, el aprendiz trata de demostrarse algunas cosas (que es hombre, que no es homosexual, que tiene agallas para ser torero…), y, para ello, intenta violar a una mujer, pero no puede. Sabe que no podrá, pero asume la pose de rufián. Precisamente aquí, en esta pose, aparece un elemento fundamental en la construcción del ideal tradicional de masculinidad: más que ser rufianes, los hombres se sienten llamados a aparentar que lo son.

Muchas son las variaciones de esa máscara de rufián. El vaquero, por ejemplo, figura representada en el cine casi desde sus inicios, símbolo de hombría y de las capas que interpone el hombre para ocultar su vulnerabilidad, domina a los caballos, a los toros y a las vacas. Domina a los íconos de la virilidad y de la maternidad: domestica a los fantasmas de su niñez (el tiempo de la masculinidad y la civilización no realizadas). Para ello, prodiga sufrimiento, se impone sobre los animales y sobre la naturaleza. Y se podría decir que la del vaquero es una figura sin vigencia, toda vez que este ya no es el tiempo de las enlazadas y las bestias. Pero sigue siendo, quién lo creyera, el tiempo de las corralejas y las escenas cotidianas en las cuales el hombre pretende cumplir un papel análogo al del domador.

Claudio Naranjo, quien estudiara el patriarcado con especial empeño, entendió que este paradigma debía ser comprendido en su relación con la civilización, es decir, con los esfuerzos encaminados a domesticar al ser humano y a la espontaneidad, la naturaleza y la animalidad que lo constituyen. En la figura del domador, que se alía con otros para adiestrar o linchar al animal, hay un retrato del modelo de comportamiento que caracteriza a sociedades enteras, que apabullan o reprimen al espontáneo, al disidente y al contraventor, que los ridiculizan, los aleccionan con violencia y hasta les imponen la muerte (los “neutralizan” o, dicho sin eufemismos, los matan en nombre del padre, con su bendición). Luego pregonan justificaciones –no siempre convincentes– para dar por normal y necesaria la “mano firme”. En este plano simbólico, el toro no es sólo un animal; el toro es símbolo de aquello que escapa a la razón totalizante del patriarcado.

Con frecuencia se justifica la domesticación y la explotación diciendo que son necesarias para la evolución y la pervivencia de la especie. Refiriéndose a los animalistas en una entrevista realizada al principio de este año, Gonzalo Sanz de Santamaría afirma que “en su falta de cultura creen que eliminando las corridas van a salvar al toro de morir”, y arguye que el toro iba a morir en el matadero porque el ganado bovino, nos indigne o no, es alimento de millones de personas.

Más allá de la crisis ética que se hace evidente cuando uno cree que es vano evitar un asesinato porque la víctima, de una u otra manera, iba a morir, aquí resulta pertinente volver la mirada sobre el hecho de que la producción de carne y lácteos parece haber alcanzado hace mucho tiempo los niveles que hoy son considerados peligrosos y que difieren de los estándares de responsabilidad ecológica.

No se puede creer, simplemente, que este sea el orden de las cosas y que las vacas nazcan para convertirse en nuestro alimento. Al menos no en países como Colombia y Brasil donde amplias zonas de la Amazonía son arrasadas a diario para extender los campos de pastoreo. De hecho, JBS, empresa brasileña que, según Terrence McCoy, es considerada la mayor productora de proteínas del mundo (el año pasado vendió 320.000.000 de libras de carne sólo a empresas estadounidenses), ha sido acusada de acaparar tierras, utilizar mano de obra esclava en Brasil y deforestar la Amazonía, siendo multada sólo por esta última infracción, al igual que sus productores afiliados. Y, por si eso no fuera tan cuestionable, un reportaje de The Guardian ha dejado en evidencia que algunos bancos y supermercados europeos estarían implicados como financiadores de estas prácticas.

Naranjo veía en ese hombre-domesticador las señales de que, en el proceso evolutivo, la humanidad aún está en su etapa adolescente. Y es en espectáculos como las corralejas que el hombre se nos presenta insaciable, iluso y acomodado en su miopía espiritual.

Pero no sólo en las corralejas. En general, es probable que la idea de progreso que hemos admitido durante toda la vida haya sido edificada sobre una ilusión de poder cuya base está dada por la dominación, el aprovechamiento o la aniquilación de la fuerza vital del otro, elementos que son comunes en las corralejas y en el modelo de desarrollo capitalista. El explotador, como el chalán, reclama vítores porque cree que lo suyo es una gesta épica que engrandece a la humanidad.


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