Por Wladimir Uscátegui

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Connected to the Google
Connected to the government

M.I.A., The message

A mediados de este año, en plena crisis pandémica mundial, la Nueva Guerra Fría -que por ahora se ha mantenido en los niveles comercial y diplomático- entre EEUU y China alcanzó sus mayores cotas de hostilidad: amenazas de sanciones, ofensiva y contraofensiva diplomática y exhibición de poderío militar, entre otras, han servido para medir fuerzas entre las dos superpotencias. En medio de todo ese despliegue, hace unas semanas sorprendió el anuncio del Gobierno de Trump de prohibir la aplicación de entretenimiento Tik Tok, propiedad de una compañía china. El argumento, previsible e hipócrita, era que dicha aplicación ponía en riesgo la “seguridad nacional” del país norteamericano al compartir datos personales de los usuarios norteamericanos al gobierno chino. En suma: una nueva versión de la paranoia gringa clásica.

Estrategias de censura y prohibición como esta (que ya se aplicó al cuerpo de marines norteamericano) tiene sus antecedentes: en 2018, la empresa tecnológica china Huawei, así como los usuarios de los equipos móviles de la marca, entraron en pánico al anunciarse que la Compañía Google dejaría de lanzar actualizaciones de sus productos y aplicaciones para dichos dispositivos, al tiempo que el Gobierno norteamericano prohibía la compra de los mismos, bajo el argumento de que (sí, adivinaron) la empresa china usaba sus equipos para espiar organismos de seguridad de los Estados Unidos y compartir datos de sus usuarios. Como resultado, las ventas de la compañía asiática, que en ese momento amenazaba con convertirse en líder del mercado de teléfonos celulares, sufrieron un desplome significativo, lo que sugiere que, más allá de la presunta preocupación por preservar la privacidad de los usuarios, el motivo real de la prohibición era parar el crecimiento exponencial de la compañía china en el mercado de los dispositivos móviles.

Lo llamativo en estos y otros casos similares, es que quienes imponen sanciones y advierten sobre las amenazas a la seguridad nacional y la privacidad personal son los mismos -gobierno y corporaciones- que desde que internet existe, se han dedicado a espiar, rastrear, reseñar y «perfilar» a sus propios ciudadanos y, en algunos casos, también a los de otros países. Hoy en día, nadie ignora que compañías como Google o Facebook (esta última dueña también de instagram y WhatsApp) ofrecen sus atractivos servicios y aplicaciones a cambio de un intangible invaluable: nuestros datos. Datos que alimentan ese nuevo dios omnisciente de la era digital: el algoritmo. «Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo», se cuenta que dijo Arquímedes hace más de 23 siglos. Hoy, los gurúes de la tecnocracia se conforman con replicar: dadnos los datos que nosotros nos encargaremos de mover el mundo.

Hoy en día, nadie ignora que compañías como Google o Facebook (esta última dueña también de instagram y WhatsApp) ofrecen sus atractivos servicios y aplicaciones a cambio de un intangible invaluable: nuestros datos. Datos que alimentan ese nuevo dios omnisciente de la era digital: el algoritmo

Tampoco a nadie sorprende ya el hecho, constatado por millones de usuarios/as en todo el mundo, de que en redes sociales como Facebook, instagram o Twitter el dichoso algoritmo haya logrado predecir nuestros gustos, medir nuestros miedos y, como si fuera poco, direccionar nuestras elecciones. En 2018, la compañía del señor Zuckerberg fue acusada de haber filtrado información a la hoy extinta consultora Cambridge Analytica, encargada de fabricar campañas psicológicas para favorecer la aspiración del entonces candidato Donald Trump. Más cerca de nosotros en el tiempo y el espacio, algunos expertos informáticos y juristas han manifestado su preocupación por el carácter invasivo y la posible vulneración de la privacidad de los usuarios de la fallida aplicación CoronApp, diseñada por el gobierno colombiano para monitorear los casos de contagio por Coronavirus. Una acusación que se suma a la reciente denuncia de «perfilamientos», una estrategia del gobierno Duque para identificar y «neutralizar» a líderes políticos y de opinión críticos del gobierno.

Necio es decir que, en suma, pagamos el privilegio de tener internet con ese intangible que, al decir de muchos, es el bien más valioso de nuestra era: la información. En un mundo en donde el capital manda, es bastante ingenuo pensar que todas las maravillas del ciberespacio (información, entretenimiento, pornografía, relaciones sociales…) estaban a nuestro alcance a cambio de nada. Quienes proveen esos servicios no son precisamente organizaciones filantrópicas o comunistas; no nos están regalando nada ni están democratizando el acceso al conocimiento. Al contrario, nos están despojando cada vez más de nuestra capacidad de autodeterminarnos. Más que un Gran Hermano, Google es un dios, el que todo lo sabe. Así lo invocan a diario millones y millones de personas que acuden al buscador como a un oráculo.

Más que un Gran Hermano, Google es un dios, el que todo lo sabe. Así lo invocan a diario millones y millones de personas que acuden al buscador como a un oráculo

Sin embargo, subsisten aún algunos personajes románticos (un Richard Stallman, un Lawrence Lessig, un Julian Assange) que siguen empeñados en dar la pelea y resistir el embate brutal de las corporaciones y liberar parte del misterioso código que define nuestra existencia actual. Así como existen (hasta hace poco aún habría podido decir «existimos») miles de usuarios que se resisten a ser meras subjetividades reducidas a un frío código binario que los/nos clasifica según nuestras apetencias, deseos y fobias. Usan sistemas operativos como Linux, navegadores como Tor y software de ofimática de código abierto, como LibreOffice; se comunican a través de aplicaciones de mensajería como Telegram o Signal. Algunos se atreven a traspasar los límites de lo «legal» y se dedican a la noble y nunca bien ponderada labor de sembrar torrents (casi tan valioso como sembrar árboles), ripear discos y películas, hackear los ordenadores de empresas y gobiernos y filtrar (leak) información incriminante de políticos y mandamases de todo el mundo.

Más vagos, pesimistas y derrotistas, los más nos hemos resignado a ser «replicantes» de esa Inteligencia Artificial que nos gobierna. Si me permiten una anécdota personal, hace unos meses decidí instalar el sistema operativo Ubuntu (basado en Linux) así como también el buscador Brave, cuya principal promesa es proteger la privacidad de los usuarios. A pesar de que mi experiencia con estos productos fue altamente satisfactoria, al final volví a Google. La dificultad de sincronizar mis «marcadores» o acceder a mi historial desde otros equipos resultó determinante a la hora de tomar la decisión. Hoy, puedo disponer de prácticamente toda mi información (correos, fotos, contactos, agenda…) en un solo lugar. Y todo a cambio de que Google, el gobierno y la mismísima madre que los reparió a todos tengan acceso a mis datos y sepan, con mayor certeza que mi pareja, mi madre o yo mismo, cuántos gatos tengo, cuáles son mis canciones favoritas de Bad Bunny o por qué mi crush nunca me va a hacer caso.

Así que están los luchadores y luchadoras románticas, los perdedores vocacionales como yo y, luego, están todas esas personas que aún creen que tienen algo de control sobre su vida. Cada cierto tiempo, estas últimas suelen publicar, con afectación por demás patética, sendas declaraciones de privacidad en sus muros de Facebook, invocando, ya no a Dios, sino a la Ley («bajo el amparo de los artículos L.111, 112 y 113 del código de la propiedad intelectual», reza el texto que copian y pegan los usuarios y que en otro lugar invoca ¡al mismísimo Estatuto de Roma!), creyendo que con eso previenen al señor Zuckerberg de hacer uso indebido de sus fotos, reflexiones filosóficas, frases célebres y cuanta basura digital hayan publicado para sentirse menos solos y solas en el mundo.

Pero lo cierto es que ya hay muy poco qué hacer. El precio por usar una herramienta tan poderosa como internet era justamente ese. Supongo que los dueños del mundo debieron en su momento hacer también su cálculo; sabían que existía el riesgo de que un arma tan poderosa pudiera ser usada en su contra, como sucede a veces cuando Anonymous hackea las páginas de organismos gubernamentales o Assange usa internet para exponer oscuras tramas políticas y corruptelas. Pero es de suponer también que, al final de la jornada, sean mucho más las ganancias que los riesgos. Y es que una «red» tiene justamente esa doble connotación: puede ser un tejido de solidaridades o puede ser una trampa. Mucho me temo que en la mayor parte de los casos, internet, esa red global, ha sido más lo segundo que lo primero.

Corolario:

Sí. El FBI tienes tus nudes.

Y es que una «red» tiene justamente esa doble connotación: puede ser un tejido de solidaridades o puede ser una trampa. Mucho me temo que en la mayor parte de los casos, internet, esa red global, ha sido más lo segundo que lo primero

Imagen de Kon Karampelas @ Pixabay


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