Por Edwin García

«Colombia vuelve a aterrizar de barriga». Con esa frase, Martín de Francisco resumió la reciente eliminación de la Selección Colombia. Desde entonces, han aparecido explicaciones de toda clase: que faltó actitud, que sobraron egos, que el técnico se equivocó o que simplemente la suerte decidió mirar hacia otro lado. Como buen colombiano, no pienso desperdiciar la oportunidad de convertirme, por unas cuantas líneas, en comentarista deportivo improvisado. Pero intentaré hacerlo sin renunciar al propósito de entender qué revela realmente esta derrota.

Porque sospecho que el problema de la Selección Colombia no comienza en una cancha ni termina con un marcador. El fútbol, al fin y al cabo, también es una expresión de la cultura de un pueblo. Y si eso es cierto, quizá convenga dejar de mirar únicamente el balón para empezar a observar el país que lo patea.

Hace poco escuché una entrevista de Lionel Scaloni, director técnico de la selección argentina y campeón del mundo. Contaba que una de las decisiones más importantes de su proceso fue comprender que Argentina no debía intentar jugar como Europa. Junto con Pablo Aimar, Walter Samuel y el resto del cuerpo técnico concluyeron que el camino consistía en preservar la esencia histórica del futbolista argentino, potenciándola con nuevos métodos de trabajo, no reemplazándola. En otras palabras, entendieron que la identidad también gana partidos.

Ese ejemplo debería provocar una pregunta incómoda: ¿a qué juega realmente Colombia?

Tengo la impresión de que nuestra selección padece el mismo problema que el país: carece de una identidad suficientemente definida. Durante décadas hemos querido parecernos a todo el mundo. En política hemos importado, con entusiasmo casi religioso, teorías francesas, inglesas o estadounidenses para gobernar un país que rara vez cabe en esos manuales. En el fútbol hacemos algo parecido: unas veces queremos jugar como Brasil, otras como Argentina y, cuando la moda cambia, soñamos con parecernos a España o a los Países Bajos. ¡Válgame Changó! Resulta difícil crear una identidad propia cuando el espejo siempre refleja el rostro de otro.

Naturalmente, beber de experiencias internacionales no tiene nada de malo. Sería absurdo despreciar lo que otros pueblos han aprendido. El problema comienza cuando confundimos aprender con imitar. Por eso sigue teniendo plena vigencia aquella advertencia de José Martí: «Injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas».

Aquí aparece una diferencia fundamental con el caso argentino. Ellos podían hablar de “recuperar” una identidad futbolística porque existía una tradición consolidada a la cual regresar. Colombia, en cambio, todavía enfrenta un desafío más complejo: crearla.

He elegido deliberadamente ese verbo. No digo «recuperar», porque no encuentro un pasado glorioso al que podamos volver. Hemos tenido generaciones interesantes, buenos futbolistas y momentos inolvidables, pero nunca una tradición ganadora sostenida que sirva como punto de referencia. Cada cierto tiempo la prensa anuncia que por fin llegó la selección destinada a conquistar el mundo; después llega el torneo y la realidad insiste en su desagradable costumbre de no leer los titulares.

Quizá sea hora de aceptar que la identidad futbolística no nace de las campañas publicitarias ni de las comparaciones apresuradas. Se construye lentamente, con procesos serios, con formación, con paciencia y, sobre todo, con la humildad suficiente para reconocer lo que todavía no somos. Pero la ausencia de una identidad futbolística no sería un problema tan grave si no existiera otro fenómeno que la disimula con notable eficacia: la construcción mediática de una selección que, con frecuencia, termina siendo mejor que la que realmente salta al campo. Y aquí aparece el segundo responsable de esta historia: la prensa. Sí, siempre la prensa.

No me refiero únicamente al periodismo deportivo colombiano. El fenómeno es más amplio. Existe toda una industria internacional que vive de alimentar expectativas, vender emociones y convertir cada torneo en un espectáculo de consumo masivo. El fútbol dejó hace mucho tiempo de ser solo un deporte; hoy es, sobre todo, un formidable negocio. Y como ocurre con cualquier negocio, necesita consumidores optimistas.

Por eso, cada vez que se aproxima una gran competición, comienza el mismo libreto. Se elaboran rankings, se comparan nóminas, se exaltan individualidades y, casi sin darnos cuenta, Colombia aparece entre los candidatos al título. Los programas deportivos descubren fortalezas inéditas, las redes sociales multiplican la euforia y los comerciales empiezan a vendernos, junto con gaseosas, cervezas y camisetas, la ilusión de que esta vez sí levantaremos la copa. En Colombia somos especialistas en ganar los campeonatos previos al primer partido. El problema es que esos torneos solo existen en las transmisiones de televisión.

Sospecho, quizá con exceso de malicia, que el negocio funciona precisamente así. Si convencen a cincuenta millones de colombianos de que somos aspirantes al título, habrá cincuenta millones de espectadores pendientes de cada partido, de cada programa de análisis y de cada nueva campaña publicitaria. La esperanza también cotiza en bolsa. ¡Yemayá nos proteja de semejante estrategia comercial!

Lo diré sin rodeos: hoy Colombia no reúne las condiciones para ser candidata seria a un título mundial. Puede competir con dignidad, clasificar a las fases definitivas e incluso derrotar a cualquier selección en un buen día. Pero eso es muy distinto a pertenecer al reducido grupo de equipos que, por historia, profundidad de plantilla y regularidad competitiva, llegan a un Mundial pensando únicamente en ser campeones.

Basta observar nuestra nómina sin los lentes del entusiasmo patriótico. Contamos con un futbolista de verdadera élite internacional, Luis Díaz, cuyo torneo, además, estuvo por debajo de las expectativas. Alrededor suyo encontramos jugadores valiosos, varios de ellos actuando en Europa, pero todavía lejos de ese nivel extraordinario que con tanta facilidad les atribuyen algunos comentaristas. Resulta revelador que buena parte del peso futbolístico del equipo haya recaído sobre un joven con enorme proyección que milita en un club recién ascendido a la primera división española. Eso habla muy bien del muchacho; no necesariamente del momento colectivo de nuestra selección.

Como equipo tampoco terminamos de consolidar una idea de juego. Con demasiada frecuencia las individualidades intentan resolver lo que debería ser consecuencia de un proyecto colectivo. Cada futbolista parece disputar, al mismo tiempo, dos partidos: uno con la camiseta de Colombia y otro contra sus propios compañeros por el protagonismo. Ojo, no estoy hablando del Pacto Histórico; aunque, visto lo visto, más de un lector ya habrá sospechado que sí.

Quizá esa sea otra de nuestras costumbres nacionales: confiamos demasiado en los héroes individuales y demasiado poco en la fuerza de los procesos. Esperamos que aparezca el salvador de turno cuando, en realidad, los campeonatos suelen conquistarlos los equipos que aprendieron a jugar como una comunidad antes que como una colección de talentos.

Hay, sin embargo, un tercer elemento que ayuda a explicar por qué Colombia suele quedarse a mitad del camino. No basta con tener buenos futbolistas; también hace falta una estructura capaz de preparar personas para administrar el éxito. Y esa sigue siendo una de nuestras mayores deudas.

Con frecuencia observamos el mismo libreto. Cuando los partidos adquieren un carácter definitivo, cuando el triunfo parece al alcance de la mano, el equipo pierde claridad, se precipita o simplemente se desmorona. Algunos hablarán de presión; otros, de falta de jerarquía. Yo prefiero pensar que detrás de esos desenlaces existe un problema más profundo: no hemos aprendido a construir una cultura de la victoria.

No se trata de una falla moral de los jugadores. Muchos de ellos han recorrido trayectorias extraordinarias, pasando de la pobreza a escenarios donde ochenta mil personas los observan en un estadio y millones más los siguen desde una pantalla. Esa transformación exige una preparación emocional y mental tan rigurosa como la física. El talento abre la puerta; la fortaleza interior permite permanecer al otro lado.

Pero ese trabajo no depende exclusivamente del futbolista. Requiere procesos de formación desde las divisiones menores, acompañamiento profesional, dirigentes con visión de largo plazo y una federación que piense menos en el negocio inmediato y más en la construcción de una auténtica escuela futbolística. Confieso que, a juzgar por los resultados, todavía no encuentro razones suficientes para creer que ese sea el principal interés de nuestros ilustres administradores del balompié nacional.

Tampoco considero una tragedia reconocer que hoy Colombia no está entre las grandes potencias del fútbol mundial. Al contrario, aceptar la realidad suele ser el primer paso para transformarla. Lo verdaderamente preocupante es otra cosa: que cada cuatro años volvamos a confundir el deseo con el diagnóstico, la propaganda con el análisis y la expectativa con la evidencia. Ninguna selección mejora porque sus hinchas la crean favorita; mejora cuando trabaja durante años para llegar a serlo.

Tal vez la verdadera eliminación no ocurrió frente a Suiza. Ese partido apenas fue la última fotografía de una historia que comenzó mucho antes. Empezó cuando preferimos copiar antes que construir; cuando confundimos publicidad con proyecto; cuando aceptamos que el marketing fabricara una grandeza que el trabajo todavía no había conquistado; y cuando terminamos creyendo que la reputación podía reemplazar el esfuerzo paciente de construir una identidad propia.

Quizá por eso el problema de la Selección Colombia nunca ha sido exclusivamente futbolístico. Como ocurre con frecuencia, el fútbol solo nos devuelve la imagen de la sociedad que lo produce. Un país que todavía busca parecerse demasiado a otros, que suele enamorarse de los atajos, que se entusiasma con facilidad y que, no pocas veces, prefiere las promesas a los procesos.

Tal vez allí resida la lección más importante de esta eliminación. No necesitamos jugar como Argentina, Brasil o España. Necesitamos, de una vez por todas, aprender a jugar como Colombia. Porque el día en que consigamos construir una identidad propia —dentro y fuera de la cancha— quizá descubramos que las victorias más importantes nunca comenzaron en un estadio, sino mucho antes, en la forma como una sociedad decide mirarse a sí misma.


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