Por Wladimir Uscátegui

Es oficial. El 2024 no acaba de empezar del todo y ya Javier Milei ha protagonizado el episodio más cringe del año. O de la década. Según se vea. Lo ha hecho en su reciente visita, la primera como jefe de Estado, a Israel. Coronado con la tradicional kipá, que le cubre a duras penas la melena ridícula, el ínclito jefe de Estado argentino ha roto en llanto mientras abrazaba y besaba el Muro de las Lamentaciones, lugar sagrado por excelencia del judaísmo. Acto seguido, y bañado aún en lágrimas, ha abrazado al rabino Shmuel Rabinowitz, quien, aparte de acompañar a los dignatarios que visitan el muro, tiene entre sus funciones la de recolectar los papelitos con oraciones/peticiones (a razón de más de un millón por año) que los fieles incrustan por entre las fisuras del muro para posteriormente quemarlas, según establece la Ley judaica -de la que él funge, además, de intérprete- en el Cementerio judío del Monte de los Olivos.

Aunque penosa y ridícula, la escenificación de Milei no debe considerarse, empero, hipócrita o impertinente. El filojudaísmo del mandatario está plenamente justificado: primero, porque Argentina alberga, de hecho, la mayor comunidad judía de toda Latinoamérica; y segundo, porque el propio Milei ha confesado de antiguo su deseo de convertirse a la religión de Abraham, exhibiendo en época de campaña un más o menos abultado arsenal de referencias bíblicas que le servían para añadir un elemento fuertemente moral y mítico a su discurso: entre burrada y burrada, a cual más insólita y absurda, Milei colaba sendas alusiones a la figura del patriarca bíblico Moisés, quien, según su particular interpretación, vendría a ser una especie de precursor del credo libertario. “¿Sabes quién es mi mayor influencia?”, preguntaba él mismo a un entrevistador en plena campaña electoral, cuando era apenas el “gatito mimoso” que dijo Myriam Bregman. “¡Hayek!”, respondió triunfal el periodista, sabiendo que se jugaba una carta segura. “¡Moshé!”, arremetió Milei, pronunciando el nombre del patriarca según la regla hebrea. No obstante, al preguntársele si él mismo se consideraba un Moisés moderno, Milei acusó auténtica modestia y negó estar a la altura de tan alto magisterio.

Quien, al parecer, sí soportaba la comparación era su hermana, Karina, la persona que mayor influencia ejerce no solo en el mandatario sino en el gobierno. En un arrebato escasamente sutil, el hoy presidente no se conformó con compararla con Moisés sino que dijo directamente que la consideraba “el Mesías”. Nada mal para una mujer que hasta hace unos años regentaba un taller de reparación de neumáticos e incluso antes intentaba ganarse la vida vendiendo tortas… y leyendo el Tarot. Se sabe que ella es la primera en una muy corta lista de personas que tienen influencia directa sobre el presidente; el segundo vendría a ser Axel Wahnish, rabino que lo habría iniciado en los misterios de la Torá y quien funge actualmente como Embajador en Israel.

Jefe de la rebelión de los judíos ante el imperio egipcio, Moisés liberó a su pueblo de la esclavitud, guiándolo posteriormente por el desierto en un exilio penoso que duró 40 años y que cobró la vida de miles de los manumitidos. Aunque nunca lo dijo de manera explícita, las alusiones de Milei parecían indicar que él buscaba también liberar a su pueblo (se cuenta que en alguna ocasión un contradictor político lo increpó de mala manera, a lo que Milei le habría respondido: “ya te liberarás, esclavo”) y guiarlo hacia la libertad, aunque no sin antes atravesar una etapa de privaciones… y muertes por desnutrición.

Cuando apenas empezaban a insinuarse sus ambiciones políticas, Milei parecía poco más que un personaje estrafalario (un “outsider”, como les gusta decir a los periodistas vagos) que generaba buenas cuotas de audiencia (y gran cantidad de memes). Casi nadie tomaba en serio sus absurdos análisis económicos (insostenibles en los números) y menos sus desconcertantes alusiones al Antiguo Testamento (y solo al Antiguo; el Nuevo le habría parecido demasiado “comunista”). Tarde, muy tarde, cayeron en cuenta que nada había de gratuito en su incendiaria prédica; al contrario, de la chapa de cuero que recordaba su pasado rockero a cubrir su enorme cabeza con la kipá hay una bien calculada estrategia que buscaba catalizar la insatisfacción moral de la población.

Porque es en ese estadio, en el de la moral, donde se jugó la elección presidencial. Mientras Massa se enredaba en los números y hablaba de la inflación, Milei llevaba el discurso al terreno de la lucha entre el Bien y el Mal, entre la Esclavitud y la Libertad. Despotricar hasta del mismo Papa Francisco hubiera sido una jugada demasiado arriesgada para cualquier argentino, equivalente solo a negar la santidad de Maradona. Pero él lo hizo, pues más que disputarle la presidencia al kirchnerismo, disputaba su lugar como faro moral de la sociedad argentina. Hoy, ya plenamente asumido su rol de Moisés, sigue intentando colar la idea de que, luego de un largo y fatigoso periplo, el pueblo verá, al fin, la luz de la Libertad y la Gloria. ¡Teología política pura, camaradas!

Así las cosas, no sorprendería que ahora que decidió trasladar la sede de la Embajada argentina a Jerusalén (osadía que ya le granjeó el encomio de Netanyahu), Milei termine por cambiar los emblemas de la bandera nacional y en el lugar donde está el Sol de Mayo (que representa a Inti, la deidad mayor de los incas) ponga una estrella de David. Haga lo que haga, diga lo que diga, Milei seguirá construyendo su mito. Como suele suceder con tantos líderes “carismáticos” (entiéndase esta palabra en su acepción más espiritual), sus escasas virtudes como estadista se ven de sobra compensadas con sus extraordinarias dotes de profeta y guía espiritual. Lo que supone otra jugada audaz, pues los políticos van y vienen, pero los profetas son más escasos. Y su palabra, mucho más perdurable…

Foto: World Economic Forum


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