Por Edwin Manuel García Maldonado

«El que admite la revolución solo a condición de que se desarrolle lisa y llanamente (…) de que para vencer no haya necesidad (…) de permanecer en una fortaleza sitiada (…) ese no es revolucionario, ni se ha liberado de la pedantería intelectual burguesa».
Lenin

En medio de la angustia por el revés electoral, debemos erguirnos y reorganizarnos para proyectar nuevos triunfos: la política es el arte de convertir reveses en victorias. La tribulación actual debe transformarse en una herramienta para vencer, en una oportunidad para aprender y en una guía para forjar las victorias futuras. Pero esto exige revisar profundamente lo hecho hasta hoy y aplicar una máxima propia de los verdaderos revolucionarios: «cambiar todo lo que debe ser cambiado».

Es necesario abordar de inmediato algunas cuestiones fundamentales:

Superar los personalismos y el afán de figuración de cierta dirigencia

Para usar categorías clásicas, diremos que ese vicio burgués tiene responsabilidad en nuestra derrota momentánea. Ministerios, entidades públicas y espacios de dirección política dentro de las campañas han sido convertidos, en algunos casos, en fortines personales destinados a alimentar la vanidad y el ego de determinados dirigentes, antes que puestos al servicio del proyecto de transformación. No es posible servir a dos amos: se sirve a la vanagloria o se sirve a la revolución. O como dirían los creyentes: se sirve al diablo o se sirve a Dios.

Vencer las roscas de izquierda

No puede seguir ocurriendo que unos pocos monopolicen los escenarios y las decisiones dentro de las campañas y organizaciones progresistas. Esta práctica opaca y anacrónica continúa cerrando los espacios y excluyendo a quienes desean aportar a la construcción colectiva. Esa conducta debe ceder el paso a una práctica genuinamente democrática y revolucionaria: abrir los cauces de participación a la militancia, a las bases sociales y a las mayorías que, con lenguaje raso y sencillo, expresan el sentir del pueblo.

Vincular a las pobrerías

El proceso progresista ha venido siendo para los pobres; pues bien, desde ahora el proceso progresista debe ser de los pobres. Los resultados electorales revelan un problema serio: una parte importante de la población empobrecida continua al margen de la disputa política. El proyecto de cambio no ha logrado incorporarla plenamente ni convertirla en protagonista de la transformación histórica.

Esto obliga a formular algunas preguntas incómodas pero necesarias: ¿es posible movilizar a los pobres sin romper definitivamente con los límites del neoliberalismo? ¿Responde esta apatía a que buena parte de la dirigencia progresista continúa haciendo política dentro de marcos pequeñoburgueses y posmodernos que invisibilizan las contradicciones de clase? ¿Tiene el avance de la ultraderecha relación con el uso por parte del progresismo de lenguajes insulsos, propios de la ficción de las redes sociales, cada vez más alejados de las realidades territoriales y populares? ¿No habremos concentrado demasiados esfuerzos en sectores medios y medios-altos, descuidando a las grandes mayorías empobrecidas que constituyen el núcleo de la nación?

Estas preguntas no son meramente teóricas o producto de un romanticismo dogmático. Las respuestas que les demos tendrán consecuencias directas sobre la práctica política y electoral futura. Para quienes creemos que la revolución solo puede construirse con los pobres y desde los pobres, este debate resulta ineludible.

Construir partido democráticamente

Una parte sustancial de los esfuerzos venideros debe orientarse a la construcción del Pacto Histórico como partido. La manera en que se configure su vida interna determinará si logra convertirse en una verdadera herramienta de transformación del paradigma neoliberal y capitalista. Democratizar la práctica organizativa y política del progresismo ya no es una opción: es una necesidad estratégica.

Construir una nueva concepción de Estado y territorialidad

El partido y su dirigencia deben asumir la tarea de formular una nueva concepción de país y de Estado, acorde con nuestras realidades históricas, sociales y culturales. Esto exige reconocer las potencialidades de las regiones y avanzar hacia una profunda reorganización territorial que dignifique a las periferias, fortalezca los territorios históricamente excluidos y otorgue centralidad política a los «sures».

En conclusión, si no queremos limitarnos a la alternancia en el gobierno, debemos superar los personalismos, democratizar los escenarios y las decisiones, desconcentrar el poder estatal y, sobre todo, vincular activamente a las inmensas pobrerías y periferias de Colombia a la disputa política.

Corrijamos los errores si verdaderamente queremos impulsar un proceso de transformación profundo y revolucionario capaz de abrir el camino hacia una derrota definitiva de la oligarquía y el fascismo.

Los revolucionarios y revolucionarias estamos hechas para las circunstancias más difíciles. Nuestro Padre Libertador fue, precisamente, el hombre de las dificultades. Por eso debemos recordar hoy sus palabras en Pativilca cuando, enfermo y rodeado por la incertidumbre de una derrota temporal, fue interrogado acerca de lo que pensaba hacer: entonces se levantó de la banqueta con ímpetu inusual, con mirada fulgurante y voz de trueno, respondió: ¡¡TRIUNFAR!!


    Síguenos en nuestras redes:

    Facebook: columnaabiertaweb
    Instagram: columnaabierta/