Por Gustavo Montenegro Cardona

Hay expresiones que, al instalarse en el debate público, modifican de inmediato los términos de la conversación. «Batalla cultural» es una de ellas. La denominación activa un marco simbólico donde las artes, la educación y la memoria dejan de ser territorios de encuentro y se convierten en frentes de guerra. El país necesita comprender que esa elección de lenguaje equivale a designar adversarios, trazar líneas y prometer una victoria que, por definición, exige la derrota de otro. Se trata de un encuadre estratégico y su propósito es reordenar la realidad desde sus cimientos simbólicos.

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