
Por Camilo Parra
Permítanme confesarles algo: llevo años inmerso en la política latinoamericana, he escuchado discursos de toda clase, desde los más sublimes hasta los más esperpénticos. Pero lo que ocurrió este 8 de marzo en Colombia supera cualquier ficción. Me pregunto qué se sentirá, qué clase de viaje tremendo atravesará la mente de nuestros analistas, de esos que construyen realidades paralelas tan sólidas que harían palidecer al mismísimo Borges.
Observen el paisaje, contemplen este teatro de sombras. Ahí tienen a Roy Barreras, el hombre que auguraba, con esa seguridad que da la experiencia, que sacaría 3 millones de votos. 3 millones. La misma seguridad con la que luego aparece llorando y arrojando dardos a Petro por no apoyarle, como si el problema fuera que no le quisieron lo suficiente y no que su proyecto político obtuvo 257.000 votos, apenas un 3,63%. El Frente por la Vida, que se suponía iba a ser un vendaval, se quedó en un suspiro: 595.978 votos en total, menos de lo que algunos candidatos sacan para alardear. Pero no se preocupen, estoy seguro de que encontrarán la manera de explicar que, en realidad, fue un éxito rotundo.
Y qué decir de Vicky Dávila, afirmando con esa vehemencia tan característica que no perdió, que ganaron la consulta. Los datos, esos incómodos invitados a la fiesta, dicen que obtuvo 238.045 votos, un 3,36%. Pero da igual. En su relato, la realidad es una cuestión de voluntad, esa que la hace poner orgullosa al cantar en una iglesia y vestirse de indígena para bailar en La Guajira. O de Jennifer Pedraza, creyéndose revolucionaria, con los pies en la tierra y el discurso de la nueva política, cuando su umbral, su propia existencia parlamentaria, se lo puso un partido que en otros contextos no dudaría en recortar derechos fundamentales a las mujeres. O que minimiza el trato patriarcal con el que Fajardo la “felicita”. Esa es la paradoja: la pureza ideológica necesita a veces apoyos impuros para sobrevivir.
Pero el premio a la creatividad interpretativa se lo llevan, sin duda, los fajardistas. Son, permítanme decirlo, los más delirantes. Los que no participaron en la consulta, los que decidieron mirar desde la barrera, salen ahora diciendo que han salido victoriosos. Victoriosos de unas votaciones en las que ni siquiera estaban. Y ahí llega la conclusión mágica: “Ahora sí, ahora Fajardo es el único que le gana a cualquiera”. ¿Sobre qué base? ¿Sobre la base de la nada? Es el triunfo de la ontología aplicada a la política: existo, luego gano.
El Partido Verde, mientras tanto, insiste en que sigue siendo el centro, ese centro pulcro, moderado y razonable, justo cuando su mayor votación individual ha sido Jota P. Hernández, y cuando han perdido a figuras como Angélica Lozano o Katherine Miranda. Ese centro que dice representar la sensatez mientras su bancada se desplaza hacia donde sopla el viento.
Pero bueno, el capítulo de Claudia López es igual de delirante: ella dice que en primera multiplicará sus 500.000 votos y quién sabe qué más para ganar la presidencia. Dios mío. Al menos le quedará la reposición de votos para vivir tranquila, hacer sus doctorados e irse a carnavalear otros cuatro años. Al final, fieles a esa “nauseabunda pulcritud” que tanto les caracteriza, sectores del Verde y ese centro de “acción poética” de Fajardo, en segunda vuelta votarán en blanco. Siempre en blanco. La conciencia tranquila de quien no se mancha porque no actúa.
Y luego está lo de Oviedo, que merece capítulo aparte. Gente que se dice de izquierda votó por él. ¿El argumento? “Habla bien de Petro”. Da igual que su proyecto político esté alineado con lo más rancio del conservadurismo económico, alineado a su vez con el apoyo a Paloma Valencia. Pero “es buena gente”. Esa es la política entendida como relación de amistad, como afinidad personal, como si estuviéramos eligiendo al presidente de la comunidad de vecinos.
Y ahora, los mismos minimizan la votación de Paloma. Y sí, objetivamente, Paloma Valencia obtuvo 3,2 millones de votos. Pero lean los datos con atención: estas votaciones legislativas tuvieron más de 120.000 mesas. No equiparen a las internas del Pacto, con solo 20.000. La arquitectura electoral no es neutral, amigos.
Por momentos envidio esa capacidad de construir realidades alternativas. Porque la política, al final, es también un ejercicio de narración. Pero cuidado: una cosa es construir relato, y otra muy distinta es creerse el cuento. La derecha, en su infinita capacidad de adaptación, sale con el letrero gigante de decir que son los más votados en Senado y Cámara con los 15 o 22 representantes en cada corporación. Pero esperen, ¿los más de 40 en Cámara y los casi 26 en Senado del Pacto son minoría? Eso ya no es realidad alterada, es directamente un ejercicio de exorcismo mediático. Quieren rasguñar votos de ingenuos (que los hay muchos, ustedes que votaron por Oviedo), y para ello están dispuestos a vestirse con sus ropajes. La pregunta es: ¿nosotros estamos dispuestos a dejar lo mediático a un impresentable ejercicio comunicativo como el de RTVC? ¿O seguiremos pensando que con la superioridad moral de nuestros argumentos basta?
Porque también está la realidad alterada de los del Pacto Histórico. Por quienes yo voté orgulloso, por lo que representa mi orilla ideológica. Y aquí viene la autocrítica, porque sería mentira si dijera que no comparto esa tentación. 4,4 millones de votos al Senado, 25-26 curules, consolidarse como la primera fuerza política. Son datos objetivos, sí. Pero también es objetivo que, sin Petro, sin ese liderazgo incontestable, no tenemos candidatos de altura en estas legislativas. Y en especial, muy en especial en Nariño, donde el caudillismo sigue siendo la principal fuente de movilización electoral. La izquierda institucional sigue atada al liderazgo carismático del presidente. ¿Es eso sostenible?
Permítanme que me detenga en Nariño, porque ahí duele. Ahí el espejo no perdona. Porque uno mira la lista y encuentra a Erick, a Rosita, a otros que ni sabemos quiénes son, y uno se pregunta: ¿qué han hecho? ¿Qué proyectos han sacado adelante? ¿Qué debates han impulsado? ¿Qué acción legislativa, qué fiscalización, qué propuesta concreta pueden mostrar? La respuesta incómoda es que no tienen espalda. No tienen currículum. No tienen obras. Tienen solo una cosa: el nombre del Pacto. Ese nombre que Petro construyó con sudor, con riesgo, con años de resistencia. Y ellos llegan y lo ponen como un paraguas, como un salvoconducto, como si la militancia fuera un certificado de idoneidad automático. Como si haber estado ahí, haber gritado consignas, haber ido a marchas, les diera derecho a ocupar un escaño sin tener que demostrar nada más. Y sí, les hablo a ustedes, activistas incansables que no tienen descanso para pensar, sino solo órdenes del día.
El activista de izquierda confunde el activismo con el entreguismo crítico, cree que por estar en la calle ya está pensando, que por militar ya está transformando. Se escudan en el “nosotros hacemos, ustedes solo critican”, como si la crítica fuera un lujo pequeñoburgués y no la savia que alimenta cualquier proyecto político que aspire seriamente a cambiar algo. Y lo más grave: se creen intocables. Se creen puros. Se creen revolucionarios de manual. Mientras tanto, cambian de árbol cada elección, saltan de candidato en candidato, de corriente en corriente, y siempre encuentran una justificación: que si la unidad, que si el mal menor, que si hay que sumar. Y nunca, nunca, hacen autocrítica. Nunca se preguntan por qué, si son tan puros, tan consecuentes, tan auténticos, el proyecto político que construyen es tan frágil, tan dependiente del caudillo de turno, tan vacío de contenido propio.
Miren, yo también quisiera tener esa realidad tan alterada para no preocuparme tanto. Para sumergirme en ese optimismo desaforado que ve el vaso siempre lleno, incluso cuando la botella está medio vacía. Entre las hilachas de ese optimismo crítico, uno sabe que los índices de crecimiento entre consultas, las intenciones de voto para primera vuelta, crecerán casi a un 2x, como viene siendo común en cada elección presidencial. Y dentro de ese crecimiento, tendremos —auguro superficialmente— a una derecha y extrema derecha peleándose el puesto, al centro acomodado haciendo cálculos impíos (son los que se graban ante una injusticia mientras el grabado es ultrajado), y a una izquierda que, apoyada en los únicos ilustres de la política que le quedan —Petro, Cepeda—, crecerá con el mismo margen con el que ganaron el primer proyecto progresista en Colombia.
Pero hemos crecido. Y crecer, en esto de la política, significa aceptar que la duda es una forma de lucha más profunda que cualquier certeza. Significa entender que todos se dicen ganadores y ninguno se atreve a mirar hacia adentro. Por eso esta crónica no es solo una burla, es una invitación: a preguntarnos, a sospechar de nuestros propios triunfos, a no conformarnos con el relato que nos consuela. Porque si algo nos enseña este domingo electoral es que la realidad alterada no es solo un vicio de los otros, es una tentación permanente. Y reconocerlo, nombrarlo, dudar de ella, es también una manera de empezar a construir algo que no se desmorone cuando el caudillo se retire, cuando las cámaras se apaguen, cuando el nombre del Pacto ya no baste.
La política no se hace con los pies en la tierra por una cuestión de principios abstractos, ni porque sea más noble o más auténtica. Se hace con los pies en la tierra por una razón mucho más prosaica y urgente: porque la tierra es el único lugar donde crecen las cosas. Porque si no tienes raíces, si no tienes estructura, si no tienes pensamiento propio, si no tienes capacidad de generar cuadros con espalda y con proyectos, entonces no eres un movimiento político. Eres una corriente de opinión, un estado de ánimo, una hinchada. Y las hinchadas, cuando el ídolo se retira, cuando el caudillo ya no está, cuando el nombre del Pacto ya no es suficiente, se disuelven. Vuelven a sus casas. El Pacto no es militancia, es opinión, y eso, si no se cultiva, se pierde. Y al otro día, amanecen viendo ballenas o haciendo doctorados, mientras la derecha, que nunca confundió la militancia con el activismo, lleva gobernando doscientos años.
Quisiera esa realidad tan alterada. Pero no puedo. Porque la política, como enseñaba Gramsci, es también una batalla cultural. Y en esa batalla, no basta con estar. Hay que pensar. Hay que proponer. Hay que construir. Y sobre todo, hay que atreverse a mirarse al espejo y reconocer que, a veces, el enemigo también está en casa.
Adenda: Para nosotros es maravilloso que una mujer valiente y tenaz como Aida Quilcue sea la formula vicepresidencial de Cepeda. Gran reconocimiento a esa mujer incansable y tenaz. Pero más allá de los que ya estamos aquí convencidos, ¿aporta algo más de lo que ya somos? ¿Nos traerá más unidad hacia fuera? Una duda al aire.
[Foto: página web de la Universidad de Los Andes]
Síguenos en nuestras redes:
Facebook: columnaabiertaweb
Instagram: columnaabierta/