Por Camilo Parra

En un artículo anterior exploré la idea de la “realidad alterada” de los candidatos: esa habilidad casi chamánica para convencer a las audiencias de que, sin importar las cifras, todos terminan siendo ganadores. Sin embargo, existe un fenómeno aún más inquietante que la simple distorsión de los resultados: la distorsión de las ideas, el manejo calculado de las expectativas y la vieja táctica política de vender gato por liebre. El caso de Juan Daniel Oviedo en las pasadas elecciones ilustra con claridad este problema. Su éxito electoral se apoyó en un discurso aparentemente progresista y de centro —una franja que él mismo defiende como legítima—, lo que le permitió atraer a votantes que anteriormente se identificaban con opciones de izquierda.

¿Cómo evidenciar esa migración de electores? Más allá de los análisis técnicos, un episodio aparentemente trivial lo dejó al descubierto. Durante el show Fucks News, el humorista Camilo Sánchez confesó haber votado por Oviedo. Entre risas, emergió una sensación compartida por muchos: la idea de que ese voto se perdió. La razón es contundente: Oviedo terminó contradiciendo su propia narrativa al aceptar ser fórmula vicepresidencial de Paloma Valencia, una figura asociada a posturas abiertamente anti-derechos.

Esa contradicción se hizo aún más evidente en una reciente entrevista concedida a la revista Cambio. Al verlos juntos por primera vez, hablando de “lo que los une y lo que los separa”, surge la necesidad de examinar este movimiento con mayor rigor.

La ciudadanía necesita una advertencia clara: no caer nuevamente en esa narrativa. El discurso ahora llega “recargado”, revestido con una nueva premisa: la posibilidad de construir desde diferencias que, en la práctica, parecen irreconciliables. Se pretende instalar la idea de que la derecha más radical y un tecnócrata de centro —abiertamente homosexual— pueden gobernar en armonía simplemente porque “se respetan”.
Suena bonito. Pero es, como veremos, una farsa.

Para desmontar esta operación de maquillaje político necesitamos una lupa teórica. Y pocas lentes son tan finas como las de Chantal Mouffe, filósofa política belga que lleva décadas pensando precisamente este problema: ¿cómo operan las diferencias en política? ¿Qué pasa cuando se niega el conflicto en lugar de asumirlo?

Mouffe distingue entre antagonismo y agonismo. El antagonismo es la lucha entre enemigos que se quieren destruir. El agonismo, en cambio, es la lucha entre adversarios que, aunque tienen proyectos opuestos, reconocen la legitimidad del otro y comparten un marco ético-político común. En una democracia, dice Mouffe, no se trata de eliminar el conflicto —eso es imposible— sino de transformar el antagonismo en agonismo. Pero hay una condición indispensable para que exista agonismo: tiene que haber un piso compartido. Unas reglas de juego. Una serie de acuerdos fundamentales sobre los cuales se pueda disputar.

Y eso, precisamente, es lo que no existe en la fórmula Valencia-Oviedo.

En la entrevista de la revista Cambio existen momentos inquietantes de la negación del conflicto. En particular, aproximadamente a los 24 minutos de entrevista, cuando el periodista les pregunta directamente por sus diferencias en materia de adopción homoparental. La pregunta es clara, directa, incómoda: «Paloma, ¿tú estás de acuerdo en que dos hombres adopten?». Es el tipo de pregunta que debería revelar si hay o no un proyecto político coherente detrás de la fórmula. Porque no se trata de opiniones: se trata de políticas públicas, de leyes, de decisiones de gobierno que afectan la vida de millones de personas.

La respuesta inicial de Paloma Valencia es la negación a lo que por jurisdicción constitucional se puede, pero en la profundización de esa respuesta existe un prodigio de evasión de la formula Paloma – Oviedo. No responde a la contradicción política. En lugar de eso, desvía el tema hacia lo personal y lo procedimental: dice que respeta a Juan Daniel, que son libres de pensar distinto, que ella nunca pondría una traba a su deseo personal. Pero nunca —en ningún momento— dice que, como gobernante, impulsaría o permitiría una política pública que facilite la adopción homoparental.

Lo que hace Valencia es lo que Mouffe llamaría despolitizar el asunto. Lo convierte en un tema de «opinión personal» o de «respeto individual» para evitar confrontar que se trata de una decisión de poder, de ley, de Estado. Es como si alguien dijera: «yo respeto que tú quieras respirar, pero voy a votar por una ley que prohíba el aire». Y Juan Daniel Oviedo, en lugar de exigir un acuerdo programático, minimiza su propia posición. Dice algo como «yo respeto sus convicciones» o se centra en que «hay temas más importantes». Con eso, legitima la evasión y contribuye a que el conflicto real —su derecho versus la negación de ese derecho por parte de su compañera— desaparezca de la discusión pública.

Lo que Mouffe nos enseñaría aquí es que no están transformando el antagonismo (visiones opuestas e irreconciliables sobre la familia) en un agonismo (un conflicto legítimo entre adversarios con reglas claras). Lo están negando, como si no existiera. Pero lo político —el conflicto— no desaparece porque no se nombre. Volverá con fuerza en el momento de legislar, de gobernar, de decidir.

Pero hay más.

Si uno ve la entrevista completa, encuentra un patrón: la unidad discursiva de esta fórmula se construye, no sobre lo que proponen, sino sobre lo que rechazan. El «ellos» que los une es mucho más claro que el «nosotros» que los aglutina. Y esto no es nada nuevo, enumero lo evidente: ese «ellos» tiene nombre propio: el gobierno actual, al que califican de «improvisado», «ideologizado» y que «divide al país». Y tiene un apellido recurrente: el «radicalismo», ese comodín retórico que durante décadas ha servido para cohesionar al uribismo.

Mouffe insiste en que la construcción de un «nosotros» requiere de un «ellos». Es inevitable. La política es, en ese sentido, una actividad de identificación y diferenciación. Pero el problema surge cuando el «ellos» es tan poderoso y movilizador que oculta la fragilidad del propio «nosotros». Es decir, ¿qué pasará cuando el enemigo común desaparezca? ¿Si pierden la elección y no tienen a Petro – Cepeda para seguir señalándolo? ¿O si ganan y pasan a gobernar, y ya no hay un «ellos» externo que los mantenga unidos? Ahí es donde las diferencias internas, negadas durante la campaña, emergerán con toda su fuerza.

La pregunta que la entrevista no responde —porque ellos se esfuerzan en no responderla— es: ¿qué proyecto de sociedad proponen? No se trata de tener todas las respuestas, pero sí de tener una dirección. Y aquí las direcciones apuntan a lugares opuestos. Cuando hablan de aquello en lo que están de acuerdo, los temas son de un nivel de abstracción tan alto que cualquier persona sensata podría suscribirlos. Seguridad, economía, formalización, reactivación. Suena bien. Pero ¿qué significan realmente?

Paloma Valencia viene del Centro Democrático, un partido que históricamente ha defendido la reducción del Estado, la empresa privada como motor de desarrollo y una mano dura sin matices en materia de orden público. Juan Daniel Oviedo viene del DANE, una entidad técnica donde seguramente aprendió que los problemas complejos requieren soluciones matizadas, que la política pública se construye con datos y que el Estado tiene un rol fundamental en la producción de información y bienestar. O lo contrario, como lo demostró una investigación de Acción Jurídica sobre la manera en que Oviedo invisibilizó a la población afrodescendiente en 2020.

¿Eso es lo mismo? Evidentemente no. Pero en la entrevista no se discuten las formas concretas: ¿aumento del pie de fuerza sí o no?; ¿estado de conmoción interior?; ¿política de drogas?; ¿relación con organismos internacionales de derechos humanos?; ¿qué hacer con los impuestos?; ¿qué rol debe tener el Estado en la economía?

Mouffe argumentaría que estos acuerdos son consensos superficiales que no tocan las verdaderas líneas de fractura. Son frases que suenan bien en una entrevista, pero que no implican un proyecto de sociedad coherente. Cualquiera puede estar de acuerdo en «mejorar la seguridad». La pregunta es: ¿a costa de qué? ¿con qué métodos? ¿priorizando qué cosas?

Tengan cuidado.

Al final de la entrevista, haciendo esfuerzos por la objetividad, uno no tiene claro cuál es la visión de sociedad que proponen. Es un híbrido imposible.

Por un lado, está la defensa de una familia tradicional, heteronormativa, con roles definidos, que Paloma Valencia representa y defiende —aunque en la entrevista lo matice con un «respeto personal» que no compromete su posición política—. Por otro lado, está la aspiración a una sociedad diversa, donde un hombre abiertamente homosexual pueda ser vicepresidente y, eventualmente, formar una familia mediante la adopción.

Un gobierno no puede tener dos políticas de familia. En el momento de diseñar un programa de educación sexual, una ley de adopción, una política de subsidios familiares o un currículo escolar, una de estas dos visiones tendrá que imponerse sobre la otra. Eso es lo que Mouffe llama el momento de la decisión política, que es siempre un acto de poder que crea un orden hegemónico.

Y ahí es donde la «unidad en la diferencia» se revela como lo que es: una estrategia electoral que no resiste el menor análisis. Porque gobernar no es solo «respetarse». Gobernar es tomar decisiones que siempre dejarán a un sector por fuera. Es elegir entre opciones que, muchas veces, son irreconciliables.

Hay un efecto adicional en esta operación política que vale la pena señalar. Al mostrarse juntos, al aparecer como una fórmula que «respeta las diferencias», ocurre algo sutil pero profundamente problemático: Paloma Valencia se humaniza y Juan Daniel Oviedo se deshumaniza.

Valencia, que viene de una tradición política dura, de discursos excluyentes, de posiciones abiertamente anti-derechos, aparece ahora como una persona razonable, capaz de dialogar con alguien que piensa distinto. Su imagen se suaviza. El hecho de tener un compañero de fórmula homosexual la hace ver menos radical, menos fundamentalista.

Oviedo, en cambio, se deshumaniza en el sentido de que su posición política se diluye. Él, que había construido un discurso de centro con aparentes sensibilidades progresistas, aparece ahora validando a una persona que niega derechos fundamentales a personas como él. Su presencia en esta fórmula legitima a Valencia, le presta su credibilidad, su imagen de tecnócrata moderado. Oviedo no es ingenuo: hay en su silencio un cálculo electoral de largo aliento, pensado para futuras aspiraciones políticas.

Oviedo se presta para ser el vicee de alguien que en otros escenarios le negaría sus derechos; no está «uniendo desde las diferencias»: está traicionando su propio discurso y prestando su cuerpo —su imagen de hombre homosexual “exitoso”— para humanizar a quien lo considera, en el fondo, un ciudadano de segunda categoría.

La fórmula Valencia-Oviedo no representa un pluralismo democrático auténtico. Es, en términos de Mouffe, una coalición negativa que niega el conflicto para ganar una elección. Su discurso de «unir desde las diferencias» es, en realidad, una forma de despolitización que esconde que, sobre temas fundamentales —la familia, los derechos, el rol del Estado— tienen posiciones antagónicas.

No hay allí un marco ético-político común que permita transformar el antagonismo en agonismo. Lo que hay es una estrategia para ganar votos, para presentarse como una opción «nueva» cuando en realidad son la misma derecha de siempre, ahora con un rostro diverso que le presta legitimidad.

La ironía final es que quienes votaron por Oviedo en el pasado creyendo en su discurso de centro, quienes vieron en él una opción diferente, son ahora utilizados para validar una fórmula que representa todo aquello que supuestamente rechazaban. Y cuando se den cuenta, el voto ya se habrá perdido. O peor: se habrá convertido en un cheque en blanco para que la derecha más dura gobierne con el rostro amable de la diversidad.

Por eso es importante decirlo, una y otra vez: no se gobierna desde las diferencias cuando esas diferencias son antagónicas. Se gobierna desde la imposición de una visión sobre otra. Y en esta fórmula, aunque la imagen sea de diálogo y respeto, la dirección es clara: es la visión de Paloma Valencia (Uribe) la que terminará imponiéndose. Porque para eso son las fórmulas presidenciales: para que uno mande y el otro acompañe. Y aquí la que manda, la que representa la tradición política del partido, la que tiene el poder real, es ella.

El centro, si es que existe, no es un lugar donde quepan todos. Es un comodín político con contenidos, límites, principios variables. Y cuando esos principios se negocian con quien los niega, ya no queda centro: queda una fachada para que la derecha gobierne sin complejos.

Que no nos vendan gato por liebre otra vez.

[Foto: Fotograma del video de la entrevista de la revista CAMBIO]


Síguenos en nuestras redes:

Facebook: columnaabiertaweb
Instagram: columnaabierta/