Por David Paredes

Volvemos la mirada hacia los discursos cuando los conflictos se agudizan. Nos preguntamos quién dijo qué o cuál ley rige para poner freno a lo que resulta excesivo. Esa es una de las funciones principales de la administración de justicia: volver sobre la ley escrita y determinar su aplicabilidad. Esto, con todos los problemas que pueda tener, funciona para un país, pero no es tan simple cuando se trata de asuntos internacionales. En ocasión de un conflicto entre países, volvemos la mirada hacia discursos (acuerdos, normas, convenios) que resultan demasiado leves como para poner límite a desafueros o injusticias. Quizás por esto, a falta de marcos legales aplicables, recurrimos a otros discursos. Revisamos con lupa el significado de las palabras. Aludimos al sentido común. En definitiva, buscamos un marco discursivo que restablezca el valor de lo instituido.

Hace poco más de un mes, Israel y Estados Unidos (o, concretamente, Benjamín Netanyahu y Donald Trump) dieron inicio a un nuevo capítulo de la guerra en medio oriente. Esta vez, en contra de Irán. Lo hicieron agitando la misma bandera de la “defensa legítima” que Netanyahu ha utilizado en otras ocasiones, con la particularidad de que esa defensa legítima, en este caso, también era “preventiva”. El periodista Peter Hille, como muchos otros comentaristas, revisó el artículo 51 de la Carta de las Naciones Unidas para reafirmar que “un Estado sólo puede recurrir a la fuerza en legítima defensa tras un ataque armado”.

Podríamos ver la contradicción entre el discurso institucional (resultado de la negociación multilateral) y el discurso proveniente de la prevención narcisista y paranoide. En un ensayo reciente, Thomas Friedman opinaba que Netanyahu sólo quiere saltar de un escenario bélico a otro para eludir el juicio que le depara la institucionalidad de su propio país por negligencia y corrupción.

La prevención narcisista -y el universo de discursos que la alimentan- puede ser explicada partiendo de aquello que Jacques Lacan llamaba “refugio imaginario”, un complejo de creencias y “verdades” que sirve para mantener intactas algunas imágenes idealizadas. Dentro de ese refugio, individuos como Trump o Netanyahu creen saber cómo “liberar” a un país en cuestión de dos o tres jornadas, y no creen que deban acogerse a ningún orden simbólico regido por acuerdos, leyes o convenios. Esto es lo que decía Trump en una entrevista que le hizo el NYTimes el 7 de enero de 2026, cuatro días después de la temeraria incursión militar en Venezuela:

Periodista: ¿Hay algo que pueda detenerle?
Trump: Sí, hay una cosa: mi propia moralidad, mi propio criterio. Es lo único que puede detenerme.
Periodista: ¿Y el derecho internacional?
Trump: No necesito el derecho internacional.

Tras el acuerdo de cese al fuego de dos semanas (propuesto el 7 de abril), Pete Hegseth dijo que lo de Estados Unidos fue una “victoria decisiva” y que Irán “suplicó” la tregua. Semejante esfuerzo para tergiversar los hechos y crear imágenes convenientes corresponde a la gran campaña que tantas personas adelantan para sostener el refugio imaginario de Trump, no sin repercusiones como la pérdida de contacto con lo real.

“La Armada iraní está en el fondo del mar”, reitera Hegseth ante las cámaras. Su entusiasmo se parece al de otras locuciones: los estadounidenses reportaron el año pasado la destrucción de los mismos depósitos de armas nucleares que hace un mes el ejército de Israel pretendía destruir (los iraníes sonreían, afirmaban que sí, que por supuesto, que no sólo les habían destruido el cien por ciento de su arsenal, sino el trescientos veinte por ciento). Netanyahu, por su parte, decía que su país no había sufrido –y no sufriría jamás– ningún daño; el propio Trump, como lo ha señalado Thomas Friedman, elaboraba imágenes contradictorias para explicar el motivo y el objetivo de la intervención militar: “Un día es un cambio de régimen, un día no; un día no le importa el futuro de Irán, al día siguiente tendrá voz en la elección del próximo líder del país; un día está abierto a las negociaciones, al día siguiente exige la ‘rendición incondicional’”.

¿Qué vendrá ahora, si el bloque yanqui-sionista parece verse en la necesidad de recular y aceptar las condiciones que pongan los iraníes? Dicho de otro modo, ahora que han fracasado, ¿qué van a hacer Trump y Netanyahu para sostener su popularidad y, al mismo tiempo, evitar que el mundo ponga la mirada en asuntos escabrosos como los llamados archivos Epstein? Más allá de cuál sea el balance de la guerra, que, por definición, siempre es desastroso, el acuerdo propuesto por Irán para reabrir el estrecho de Ormuz supone una derrota para Trump, pues ha debido acogerse a un acuerdo propuesto por el adversario. Y a Netanyahu no le ha quedado más que decir que apoya la decisión de Estados Unidos. Pero nada de esto nos asegura que hayan sido franqueadas las murallas del claustro mental de personajes como Trump.

Como es natural, la pérdida de contacto con lo real implica tergiversar los hechos y, en primer lugar, el lenguaje, el orden simbólico elemental. Según lo ha resaltado la periodista Erica L. Green en un breve estudio sobre las decisiones erráticas de Trump, este último, en el caso de la desafortunada campaña en Irán, “ha reconocido que le han aconsejado que no la llame guerra porque no buscó la aprobación del Congreso, así que prefiere llamarla excursión”.

Entre tanto, cabe preguntar qué probabilidad hay de cuestionar o interrumpir ese relato alienante. Volvemos a la letra escrita para tener un referente que no sea el orden narcisista imaginario de un individuo. Sin embargo, es importante revisar qué tipo de discursos servirían para irrumpir en ese orden, toda vez que también los acuerdos multilaterales han sido el surco donde se cultiva la arbitrariedad. Irán, por ejemplo, puede bloquear el estrecho de Ormuz sin incumplir acuerdos firmados por las Naciones Unidas, pues tiene, como cualquier otro país, la potestad de controlar un área de hasta doce millas náuticas contando desde la costa. Y si la arbitrariedad no se justifica con discursos oficiales, lo hace con base en nociones diseñadas a la medida de las urgencias políticas de un sector.

Roman Ortiz, analista adscrito al Centro de Seguridad Internacional de la Universidad Francisco de Vitoria (España), afirmaba que el objetivo de Israel es “evitar que Irán mantenga el control del uranio que podría acercarlo a una bomba nuclear”. De modo que, en la lectura de este analista tan consultado al respecto de asuntos de seguridad y conflictos internacionales, Israel se defiende de lo que podría llegar a suceder. De otro lado, en cuanto a los motivos de Estados Unidos, la citada periodista Erica Green explica que Trump no aportó ninguna prueba que diera cuenta de que el régimen iraní suponía una amenaza inminente contra los Estados Unidos. Con ese panorama, en la búsqueda afanosa de un marco discursivo justificatorio, el ataque contra Irán sólo podía tener fundamento en suposiciones.

Prosiguiendo con la teoría de que Irán se apresta a terminar la construcción de una bomba atómica, Ortíz explica que “si eso ocurre, el riesgo global sería enorme y las consecuencias impredecibles”. Es una forma de verlo, una suposición más, un cálculo personal al servicio del trazado imaginario de Trump y Netanyahu. ¿O acaso podría decirse que el riesgo global no se ve acrecentado tanto por una bomba nuclear en Irán como por el intervencionismo militar yanqui? ¿Qué le hace pensar a Ortiz que los arrebatos de Trump –su amenaza de “desatar el infierno”– y los de Netanyahu han resultado menos peligrosos y han dejado menos muertos que la tan publicitada sevicia del régimen de los ayatolás? En la lectura de este académico, “el régimen de Irán está cada vez más radicalizado”. ¿No es radicalización lo de los presidentes de Estados Unidos, Israel, Argentina, El Salvador o Ecuador? Y ahora Chile, gobernado por un entusiasta de los muros antimigrantes.

Académicos como Ortiz colaboran en la construcción de un cuadro en el que los déspotas del siglo veintiuno figuran casi como humanistas. Lo propio hace, desde otro lugar de enunciación, y acaso con mayor legitimidad, la abogada iraní Shirin Ebadim, Premio Nobel de Paz, que consideró “indispensable” la intervención estadounidense para irrumpir en la barbarie del régimen de su país. Bien desde la academia o desde el activismo de una defensora de derechos humanos, la justificación de los bombardeos ratifica que los actos de guerra están guiados, antes que nada, por una construcción discursiva.

Otra es la interpretación que ha expresado el reconocido filósofo Slavoj Žižek. En días recientes, en una entrevista para el diario italiano La Repubblica, afirmó que Europa no se adapta al “brutal orden mundial”, pues sigue “representando lo que queda del mundo civilizado”. Además, consideró que la actitud de Pete Hegseth, secretario de defensa de Estados Unidos, “representa el fin de la civilización”. Tal vez lo dijo teniendo en cuenta la posición de algunos representantes europeos ante las solicitudes de Trump: la negativa de Pedro Sánchez, la inesperada falta de entusiasmo de Giorgia Meloni, las críticas de Emmanuel Macron y el portazo de Boris Pistorius. Sin embargo, Žižek deja de advertir que los mismos discursos de la Europa que hoy se posiciona al margen de una campaña imperialista podrían servir en el futuro –como han servido en el pasado– para avasallar a los pueblos que entren en conflicto con ese mismo proyecto civilizador. Porque la guerra, como bien ha dicho la sicoanalista Marie-Hélene Brousse, “no es lo contrario de la civilización, sino su consagración”.

Un despliegue militar no es resultado sólo de la impulsividad de quienes detentan el poder. No es un exabrupto contrario a los discursos y las negociaciones. Es el fenómeno derivado de una serie de reescrituras que las academias, las voces con poder de influencia o las empresas de comunicación hacen sobre el imaginario popular. La guerra toma el lugar dispuesto previamente por la palabra. Así que el análisis de Žižek se suma al de los académicos que se visten de antitrumpistas pero contribuyen a sostener el refugio imaginario en el que reinan la paranoia y los dramas justificatorios.

Es por esto que resulta importante revisar hacia cuál discurso volvemos la mirada. Tampoco deberíamos caer en el fatalismo. Hay gente que se limita a concluir que, hoy en día, las palabras carecen de valor, acaso porque las reuniones de organismos multilaterales parecen terminar en votaciones inanes. Afirmar esto equivale a renunciar a toda interrupción posible sobre la complacencia imaginaria de los narcisistas con poder. Si bien es preciso revisar el discurso que se toma por fundamento, eso no debería implicar la negación de todo orden simbólico ni de los acuerdos posibles.

Se necesita un orden simbólico fundado sobre otros principios, pues el preconizado por el pensamiento occidental es el mismo que ha gestado un mundo como el que tenemos hoy ante nuestros ojos. Necesitamos un lenguaje que insista en develar la falsedad, que deje de alimentar la semblanza ideal de los ídolos y deje en evidencia sus intereses, sus estrategias. Necesitamos una palabra que ofrezca otra relación con lo real.

Foto: Julian Stallabrass en Flickr


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