Por Edwin Manuel García

«(…) Es posible que estas historias no se conozcan, hoy la hago a luz pública: cuando la Represa de Urrá no estaba construida, nuestra vereda sí era verdad que se hundía, pero si se hundía en la madrugada a medio día estábamos secos, quedaba un sedimiento a causa de las crecientes y eso era abono para nuestros cultivos. Desde que se conformó la Represa de Urrá, ha sido una perjudicación para esta vereda a causa del manejo que le hacen al río Sinú (…) Si a Urrá lo bían mantenido bajo un bajo nivel había sostenido las tres crecientes que se le vinieron de los tres ríos, río Manso, río Verde y río Sinú, que estos tres ríos desembocan al embalse de la represa de Urrá. Ellos tuvieron el río bajito durante el mes de noviembre, diciembre y parte de enero, que si ellos bían hecho evacuación de estas aguas, estas calamidades no bían pasado» (Sic).

Así lo dijo Don José, campesino de Cordoba damnificado por las inundaciones recientes. Expresa conceptos de agronomía, geografía e ingeniería hidráulica, avalados por la vivencia personal, la tradición familiar y comunitaria. Los plantea con naturalidad, en forma pura y honesta. No esconde argucias detrás de términos refinados ni viscosos.

Los “eruditos” de Montería, Barranquilla o Bogotá no tendrán en cuenta el contenido del mensaje sino su forma, seguramente para calificarla de ramplona. Afortunadamente los lingüistas y estudiosos del idioma han señalado, hace bastante tiempo, que no existe una forma correcta del lenguaje, sino que podrá haber tantas formas válidas como comunidades o formaciones sociales existan, lo cual constituye la riqueza idiomática. No sé si la prepotencia de la gente del centro (departamental, regional o nacional) sea la causa o sea el efecto del hábito de anteponer la forma al fondo, de aquello que se llama “vivir de la apariencia”, que no es más que falsedad pura, lo cual es característico de las sociedades plásticas, del estado y ordenamiento jurídico formalistas.

La entrevista ratifica algo importante: las comunidades son dueñas de una gran sabiduría, conocen profundamente su territorio. Esto ha sido despreciado en nuestro país y dicho desprecio es una de las causas del fracaso del estado colombiano. La falsa erudición que se encubre en el fingimiento de conocimiento técnico desplaza y humilla a la sabiduría natural, cuando lo acertado es que la técnica retroalimente el saber natural y tradicional. Pero en Colombia la farsa tecnocrática ha sido la fuente para (mal) gobernar.

De allí se nutre la supremacía centralista que desconoce al ser regional.

Para las comunidades indígenas de la Sierra Nevada de Santa Marta, organizar el territorio requiere organizar el pensamiento (Trujillo, 2007). Ambos aspectos confluyen en la necesidad de construir democracia desde lo local, dar la palabra a las comunidades y trasladar a ellas el poder de decisión. A partir de esta nueva lógica debe erigirse la organización territorial que redistribuya el poder del estado entre las regiones como entidades autónomas y emprenda la verdadera municipalización como dinámica fundamental y vibrante de la vida nacional (artículos 311 y 320 superiores). Esto constituiría una reconfiguración del territorio y el pensamiento.

El estado debe surgir en lo local, este ámbito es más proclive y funcional para la construcción democrática. Desde ese primer escenario, con la participación permanente de las comunidades, se forman instituciones legítimas. Esto es aplicar el mandato constitucional de 1991, el cual ha sido frustrado por un marco legislativo restrictivo y desarrollos jurisprudenciales temerosos, ambas anomalías sintonizadas con gobiernos sin vuelo moral ni intelectual.

Luis XIV habría expresado: “el estado soy yo”. En la actualidad debemos decir: “el estado surge desde abajo”. Dos sentencias distantes, la primera en el siglo XVII anunciaba la consolidación del estado-nación, la segunda en el siglo XXI sugiere su superación. La construcción democrática desde lo local fundamentada en la sabiduría comunitaria nos conducirá a superar la anacronía del estado unitario centralizado.

La idea de nación debe surgir fortalecida desde la perspectiva diversa de múltiples realidades, localidades y regiones que se encuentran para respetarse y reconocerse con autonomía. De este modo la forma regional autonómica nos hará recuperar la acción deliberativa propia de lo público frente a la intención monolítica y privatizadora de la vida impuesta por el fetiche del mercado. La superación del estado-nación como etapa ya agotada no implica per se la desaparición del estado, más bien nos ubica ante la tarea de crear un nuevo modelo de estado-región pensado, sentido y edificado de abajo hacia arriba, que emerja con el impulso popular para desempeñar su rol en la dinámica de integración continental y globalización. Queremos insertarnos en el mundo desde lo regional, con la sabiduría de sus gentes. Regiones cosmopolitas.

Foto: Agencia Prensa Rural


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