
Por Fernando Enríquez
En el 2021 la consigna del estallido social fue de las calles a las urnas, el 2022 esa consigna se hizo realidad logrando el primer gobierno de corte popular y una destacada presencia en el Congreso de la República. El pasado 8 de marzo se dio un segundo paso que consolida un crecimiento en la presencia del congreso y se viene el gran reto de ganar en primera vuelta la segunda presidencia de un gobierno progresista. Sin embargo, es necesario avanzar no solo en el terreno de lo cuantitativo, sino transitar la conducción política hacia la profundización del proyecto de nación.
Existen momentos en que la política se vuelve un ejercicio de confusión conceptual. Se sobreponderan victorias que apenas son episodios y se pierde de vista la batalla de fondo, que es la transformación de la sociedad. En Colombia, y en América Latina, el debate público se está atrapando en ese equívoco, se habla de estrategia cuando en realidad se está hablando de táctica. La diferencia no es minúscula. las elecciones se ganan en las urnas mientras que la hegemonía se construye en la sociedad.
Antonio Gramsci escribió desde la prisión fascista una de las reflexiones más profundas sobre la biosfera del poder. Para él, la dominación que ostenta una clase no se sostiene exclusivamente por la coerción del Estado, también se ve reflejada en su capacidad para dirigir intelectual y moralmente a la sociedad. En los Cuadernos de la cárcel explicó que, una clase dirigente se consolida cuando ejerce control del aparato estatal y consigue que su visión del mundo sea aceptada como sentido común. En sus palabras, “un grupo social puede, e incluso debe, ser dirigente antes de conquistar el poder gubernamental”. Es decir, la hegemonía se
constituye antes de la victoria institucional y debe mantenerse después de ella.
Esta distinción resulta fundamental para percibir el momento político actual del país. La experiencia reciente demuestra que haber ganado elecciones no equivale a transformar las estructuras de poder. Muchos proyectos políticos logran conquistar el gobierno, pero terminan gobernando dentro del mismo horizonte cultural impuesto por las élites. En esas condiciones, el triunfo electoral es una victoria táctica dentro de un campo estratégico que sigue dominado por el viejo bloque de poder.
Gramsci, observó que las clases dominantes sostienen su poder mediante la fuerza y mediante la organización de la sociedad civil (medios de comunicación, sistemas educativos, instituciones culturales, iglesias, redes económicas y formas cotidianas de pensar la realidad). Allí se produce lo que él llamó la “dirección intelectual y moral” de la sociedad. Es en ese terreno que se configura el sentido común dominante, que muchas veces lleva a los propios sectores populares a defender el orden que los subordina.
Es decir, la sociedad tiene establecido un consenso, y si ese consenso comienza a resquebrajarse aparece lo que Gramsci denominó una crisis orgánica, que significa un momento en el que las élites ya no logran presentar su dominación como algo natural, mientras las fuerzas emergentes todavía no han logrado construir una nueva dirección histórica, se genera, por así decirlo, un vacío hegemónico. En uno de sus pasajes más conocidos escribió: “La crisis consiste precisamente en el hecho de que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer”. Esa tregua es siempre un terreno inestable donde múltiples proyectos luchan por definir el rumbo de la sociedad.
Colombia atraviesa un momento que puede leerse bajo esa clave. Han sido décadas que el país fue gobernado por un bloque de poder que logró naturalizar la desigualdad, la concentración de la riqueza, exclusión política, la violencia para estatal y la narco-política. Ese orden empezó a mostrar fisuras profundas cuando amplios sectores sociales comenzaron a cuestionar la legitimidad del modelo de país, en eso tuvo mucho que ver el paro del año 2021 y el acumulado de luchas sociales de años atrás. Sin embargo, el desgaste del viejo consenso no implica
automáticamente la consolidación de un nuevo consenso. Entonces, lo que existe hoy es una disputa abierta por la hegemonía.
La figura del intelectual orgánico adquiere un papel central en ese escenario. Gramsci manejó este concepto para representar a quienes, desde el interior de una clase social, procesan y divulgan una concepción del mundo coherente con sus intereses históricos. No se trata únicamente de académicos, escritores o filósofos, también lo son dirigentes sociales, comunicadores, educadores, artistas o militantes capaces de convertir las experiencias fragmentadas de la sociedad en conciencia política organizada. Cada clase social, decía Gramsci, produce sus propios intelectuales que le permiten comprender su papel histórico y proyectarlo hacia el futuro, esa es, precisamente, la tarea del movimiento social en Colombia.
Lastimosamente el ala progresista en la actualidad está subestimando este terreno. Se invierten enormes esfuerzos en la mecánica electoral mientras se abandona la disputa cultural. Se plantean campañas sofisticadas, pero se descuida la construcción de una narrativa histórica capaz de reorganizar el sentido común. La comunicación política termina reducida a propaganda coyuntural cuando, en realidad, debería ser una herramienta pedagógica para construir conciencia colectiva. Esto último es lo que Gramsci describió como el príncipe moderno, quien ya no es un individuo, sino una organización política capaz de articular las fuerzas dispersas en un bloque histórico. Su función no consiste en competir por mayorías electorales, sino en construir una dirección cultural y política que permita a las clases subalternas convertirse en fuerza dirigente.
En ese sentido, el desafío real de las fuerzas populares no consiste únicamente en conquistar el gobierno, sino en disputar la hegemonía cultural que sostiene el orden existente. Por un lado, hay presencia de una movilización popular que irrumpió en el escenario político-electoral después de décadas de exclusión. Por otro, se sostienen fuertemente estructuras culturales con arraigo profundo, reproduciendo las lógicas del viejo orden. Entonces, la disputa no se limita a quién gana una elección municipal, departamental o nacional. La disputa va mucho más allá que ese horizonte inmediato:
Qué idea de país logra convertirse en sentido común. Si el horizonte político se reduce a administrar la coyuntura electoral, el viejo bloque dominante puede perder gobiernos sin perder el poder.
La hegemonía, por ende, no se gana en una jornada electoral, no nos dejemos engañar por la ceguera del triunfalismo emocional; se construye en la larga batalla por el sentido común, en la formación de una voluntad colectiva y en la capacidad de convertir las demandas dispersas de la sociedad en un proyecto histórico. Las urnas pueden abrir una puerta, pero la historia solo cambia cuando una sociedad logra imaginarse a sí misma de otra manera.
Referencias
Gramsci, A. (1999). Cuadernos de la cárcel (Vols. 1–6). México: Ediciones Era.
Foto: cuenta de Flickr de Globovisión
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