Por Camilo Parra

En un artículo anterior exploré la idea de la “realidad alterada” de los candidatos: esa habilidad casi chamánica para convencer a las audiencias de que, sin importar las cifras, todos terminan siendo ganadores. Sin embargo, existe un fenómeno aún más inquietante que la simple distorsión de los resultados: la distorsión de las ideas, el manejo calculado de las expectativas y la vieja táctica política de vender gato por liebre. El caso de Juan Daniel Oviedo en las pasadas elecciones ilustra con claridad este problema. Su éxito electoral se apoyó en un discurso aparentemente progresista y de centro —una franja que él mismo defiende como legítima—, lo que le permitió atraer a votantes que anteriormente se identificaban con opciones de izquierda.

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